jueves, 22 de junio de 2017

990: cuernos vienen, cuervos van

— ¿Y de todo eso a ti no te importa nada?
—Antes sí. ¿Te acuerdas? Hace mucho tiempo. Entonces, en los primeros años de nuestro matrimonio, cada una de tus infidelidades era como un puñal que alguien clavaba en el pecho de aquella pobre chica tan romántica y tan enamorada. Yo lloraba mucho, muchísimo. ¡Dios mío! ¡Cuánto he llorado!
¡Pobre de mí! Como lloran las mujeres engañadas en las telenovelas y en las malas comedias y en las películas estúpidas. Como lloran en la soledad los seres abandonados sin razón. ¡Desesperadamente! Algo de muy mal gusto. Ahora lo reconozco… Una vez incluso estuve a punto de abandonarte para siempre. No lo has olvidado, ¿verdad? Fue cuando te escapaste a Panduro con aquella putita que cantaba en una boîte. Pero no tuve valor. ¿Qué hubiera dicho la gente? ¡Figúrate! Nunca se sabe.  Después, ¿para qué te voy a contar, cariño? Han ido pasando los años. Tú salías de una aventura y entrabas en otra. Y yo un día descubrí dentro de mí misma algo realmente sorprendente: ¡que ya no me importaban tanto tus engaños! Por último el mismo día en que me presentaste a Rosalía, figúrate qué casualidad, descubrí que ya no me importaban nada… ¡Qué graciosa es Rosalía! ¿Verdad? Tan divertida y tan desvergonzada…
—Entonces, ¿es que ya no me quieres?
— ¡No! ¿Quién ha dicho eso? Te sigo queriendo mucho, amor mío. Pero de otra manera, claro está…
— ¿Eres muy desgraciada?
— ¿Cómo? ¿Que si soy desgraciada? ¿Yo? ¡Ah, no! Ni mucho menos, cariño. ¡Que se te quite esa idea de la cabeza! ¡Vamos! Pero si yo lo paso estupendamente…
— ¿Estás segura?

— ¡Pues claro que sí! ¡Dios mío! Vivo una vida tan brillante y tan maravillosa. Mira, soy nada menos que tu esposa. Un hombre importante, rico, influyente, poderoso. Naturalmente, eso quiere decir que yo, la excelentísima esposa soy rica, influyente y poderosa. Todo el mundo me adora. Aparezco retratada en los periódicos con el menor pretexto, y no pasa un día sin que mi nombre figure. Todos celebran mis fiestas. Hay personas que darían un año de vida por recibir una invitación mía… De vez en cuando aparece por ahí un fresco que, para caerte a ti en gracia, me hace un poquito la corte. ¿No lo sabías? ¡Amor mío! ¿Qué más puedo desear yo? ¿No crees tú que todo eso es más que suficiente para que cualquier mujer se sienta la mujer más dichosa del mundo? ¡Ah! Te aseguro que yo a estas alturas de mi vida no me cambiaría por ninguna…

miércoles, 21 de junio de 2017

989: la mercera

Carmen había hecho una buena boda. Raul la quería, y era el tipo más divertido de Cuevo, además dueño de una pequeña mercería que daba lo suficiente para vivir bien. Entusiasta y nervioso, se lanzaba a todas las aventuras que se le ponían por delante, incluidos negocios ruinosos, farras con los amigos, excursiones por comarcas remotas o amoríos con cuanta profesora o enfermera que llegase al pueblo a trabajar. Carmen, que lo trataba como a un niño, se lo perdonaba todo, hasta lo de los amoríos, porque sabía que la seguía queriendo, y para ella eso bastaba. Por lo demás, como solía decir sin ningún recato a sus amigas, prefería un marido infiel y feliz a un esposo devotísimo pero mustio.
El día que cumplió los cuarenta años, Carmen se lo encontró al llegar de la mercería justamente así como no se lo quería encontrar, mustio, cabizbajo, tristón. Acababa de darse cuenta de que lo mejor de su vida había pasado, le confesó. ¿Y qué había hecho? No había cumplido ninguno de sus sueños de infancia, no había cruzado el Orinoco, ni pescado un tiburón, ni avistado las cumbres nevadas de los Andes, lloriqueó. Así que Carmen, abrazándolo, se lo dijo muy clarito:
—Pues vete, hijo, vete, haz todo lo que puedas, yo me quedo aquí tan feliz.
Raul se marchó una mañana de primavera, para no volver nunca más. No llegó a avistar las cumbres de los Andes ni cruzó el Orinoco, pero sí que logró pescar algunos tiburones allá en el mar Caribe, donde se instaló al descubrir que Cuba le ofrecía muchas más aventuras que Cuevo y que una mulata de nombre Lolita reunía en sí la robustez y el descaro de todas las maestras y enfermeras posibles, además de la santa paciencia de su esposa.
Cuando supo que su marido no pensaba regresar a casa, Carmen no se lo tomó del todo mal, e incluso llegó a habituarse pronto a su rara situación y a cogerle cariño a la familia que Raul iba creando y de la que le daba puntual cuenta en sus frecuentes y tiernas cartas. Fue la madrina por poder de la primera hija, a la que pusieron su nombre y de la que ella se ocupó en la lejanía con toda la devoción de una madre postiza. A pesar del escándalo de muchas de sus amigas, las fotografías de las siete criaturas de su marido fueron alineándose con los años en la consola de su sala de estar, junto a otra más grande en la que posaba muy sonriente y moreno el propio Raul al lado de su mulata. A cambio, ella le envió un retrato de su boda que la pareja de concubinos colgó en la sala de estar. Poco a poco, la gente fue acostumbrándose a aquella situación, y llegó a ser normal que las clientas menos pacatas de la mercería le preguntasen por la salud de su marido, la otra mujer y los niños.
La única pena de Carmen durante aquellos años se la había provocado su cobardía: a pesar de la insistencia de Raul y hasta de Lolita y los críos, que siempre añadían unas letras en las cartas, nunca tuvo valor para coger un barco y plantarse allí. Estaba convencida, por alguna extraña razón que ni ella misma podía explicarse, de que en cuanto se alejase de Cuevo le sucedería algo malo, quizá la muerte. Y también el motivo por el cual se quedaba porque no podía imaginarse siendo peinada por manos distintas de las de su peinadora de toda la vida. ¿Cómo iba a arriesgarse ella a perder el poco pelo que aún le quedaba y a que se lo cambiasen de color? Hijas, añadió, a ver si me voy a morir por ahí hecha un adefesio. ¡Ni hablar!

martes, 20 de junio de 2017

988: La ciencia del amor

¿Por qué se dice “gozar como una puta” y “sufrir como una madre”?
¿Por qué no podría decirse “gozar como una madre“  y “sufrir como una puta”?
El segundo par de expresiones, después de todo, parecería mucho más adecuado cuando de sexo se trata.
Pero los hijos no están dispuestos a reconocer ese goce. Conscientemente, por lo menos.
La oposición entre la madre y la puta corresponde, a la diferencia entre las representaciones de la figura materna con y sin censura: la mujer excluida de la lista de los posibles partenaires sexuales es, en otra escena, el objeto sexual por excelencia

lunes, 19 de junio de 2017

987: transformación

«Se dirigió entonces hacia ellos, con la cabeza baja, para hacerles ver que estaba dispuesta a morir. Y entonces vio su reflejo en el agua: el potito feo se había transformado en un soberbio culo blanco... »


sábado, 17 de junio de 2017

986: tiempo al tiempo

Ni te busqué en otra mujer ni nada. Ni siquiera te molesté. Lo que hice fue meterme en mi mundo para poderte esperar siempre ahí y fingir que la vida cotidiana también me era posible. Encontré toda una vida de paliativos con mis amigos y me reía y los hice reír y canté y me emborraché y trabajé y empecé a eso que se dice triunfar. Y hubo bailongos y narices respingadas hubo, por decirlo de alguna manera, y algunas cruelmente mejor respingadas que las tuyas pero bastaba siempre con acercarme bien para que nadie fuera como tú eres. Y mi esperanza fue por dentro. Sigue yendo por dentro. Y a veces se ríe o se burla de mí cuando en la vida cotidiana hasta parece que fuera un canalla, unas veces; un cretino, otras, o aquel muchacho que te fue a invitar para que seas su pareja en  su  baile de promoción y era sagrado y cada uno debía asistir con la chica más maravillosa de su vida, y que ella le dijo que se había comprometido a ir, con uno de tus
condiscípulos.

viernes, 16 de junio de 2017

985: la que jamás me dijo que me amaba

—No te habrás olvidado lo que me gusta, niño bueno.
Me susurró al oído. Y, sin esperar mi respuesta, se puso de espaldas, abriendo las piernas para hacer sitio a mi cabeza, a la vez que se cubría los ojos con el brazo derecho. Sentí que comenzaba a concentrarse totalmente, con esa intensidad que yo no había visto nunca en ninguna mujer, en ese placer suyo, solitario, personal, egoísta, que mis labios habían aprendido a darle. Lamiendo, sorbiendo, besando, mordisqueando su sexo pequeñito, la sentí humedecerse y vibrar. Se demoró mucho en terminar. Pero qué delicioso y exaltante era sentirla ronroneando, meciéndose, sumida en el vértigo del deseo, hasta que, por fin, un largo gemido estremeció su cuerpecito de pies a cabeza.
«Ven, ven», susurró, ahogada. Entré en ella con facilidad y la apreté con tanta fuerza que salió de la inercia en que la había dejado el orgasmo. Se quejó, retorciéndose, tratando de zafarse de mi cuerpo, quejándose: «Me aplastas». Con mi boca pegada a la suya, le rogué.
—Por una vez en tu vida, dime que me quieres. Aunque no sea cierto, dímelo. Quiero saber cómo suena, siquiera una vez

jueves, 15 de junio de 2017

984: la potra

El grupo más alegre era el de las yeguas de dos a tres años.
Estas se paseaban todas juntas como las señoritas, y se mantenían apartadas de las demás.
Se agrupaban apoyando sus cabezas en el cuello de las otras, resoplando y saltando: de pronto empezaban a dar brincos con la cola levantada y rompían al galope unas en torno a las otras.
La más hermosa y la más traviesa del grupo era una alazana. Todas las demás imitaban sus juegos y la seguían a todas partes. Era la que daba el tono a la reunión. Estaba aquel día extraordinariamente alegre y predispuesta a la diversión.

Después de pastar, una vez satisfecha, se revolcó en la hierba, y, cansada de aquel juego, se dedicó tenazmente a molestar y a provocar a las yeguas viejas, corriendo por delante de ellas. Asustó a un potrillo que estaba mamando con gran seriedad y se divirtió persiguiéndole y haciendo como si quisiera morderle. La madre, asustada, dejó de pacer. El pequeño empezó a relinchar ñoñamente; pero la traviesa alazana no le hizo daño, y contenta por haber distraído a sus compañeras que la miraban con interés, se alejó como si no hubiese hecho nada.

El caballo tordo le lanzó un relincho dulce y apasionado. Aquel relincho tenía la expresión de la ternura y de la tristeza unida. En él se adivinaban promesas de amor y deseos no satisfechos. A la joven yegua le enterneció, y estuvo escuchando durante mucho tiempo. Pero la locuela no era amiga de preocuparse demasiado.

Cuando la voz del caballo se hubo extinguido, relinchó en tono burlón, escarbó la tierra con sus lindos cascos. La potra se sentía víctima de la juventud, que le hacía sufrir más aún que los hombres; y sin embargo, ni a aquélla ni a éstos les había hecho jamás daño alguno. Los hombres le necesitaban, pero ¿por qué los caballos no le dejaban en paz?

Eso fue algo que nunca pudo comprender.