En la “Puerta del Cielo”, allá por los albores de la década del 60 del siglo pasado de Nuestro Señor, cuando en el pueblo se cenaba temprano y de forma sencilla, las gallinas dormían en los árboles, las calles eran de tierra y la campana de la iglesia sonada en la oración, como señal de irse a dormir. Empezaba a llegar el viento frio del sur, los Toborochis y Ramos vestían sus mejores galas, época en la que llegaba también la Semana Santa, tiempo de silencio, de rezos, devoción, arrepentimientos y de creencias y sustos antiguos.
Noches tranquilas donde no se silbaba, no se escuchaba música, no se reía fuerte, así lo había advertido el cura de la Iglesia por la Semana Santa, tampoco se andaba de curioso por las esquinas. Ya que era tiempo de El Penitente.
No era ánima ni aparecido. Era un cristiano vivo, de carne y hueso, pero más triste que un difunto. Hombre que había cometido un pecado muy grande y grave — de esos que ni la sombra quiere recordar — y que después de confesarse con el cura del pueblo, recibía una penitencia muy dura: salir una noche entera cargando su culpa por las calles polvorientas del Pueblo.
El cura lo mandaba llamar al caer la tarde. Nadie sabía quién era, porque todo se hacía en secreto. Lo llevaban al cementerio viejo, ese que queda por Los Motacuses, donde las cruces de madera rechinaban con el viento y los murciélagos daban vuelta sobre las covachas viejas y olvidadas. Allí, entre tumbas y velas apagadas, lo esperaba el traje de cotencio: áspero, rascador, hecho pa mortificar la piel. También la capucha larga, sin rostro, apenas dos huecos pa mirar el suelo.
Le amarraban la cintura con una soga de cabresto, gruesa como pa sujetar un potro chúcaro. En el tobillo le ajustaban una cadena pesada, de esas que al arrastrarse sonaban como lamento de fierro viejo.
¡Clanc… clanc… clanc…!
Ese ruido, era la señal.
Cuando la campana de la Iglesia daba las nueve, las puertas se cerraban con una mirada de reojo entre medio. Las viejas apagaban el mechero y todo quedaba en silencio.
Nadie salía a la calle – era la noche de El Penitente.
Se decía que si uno se topaba con él y lo miraba de frente, el penitente podía pasarle sus penas: dolores del cuerpo, pesares del alma, o esa tristeza seca que no se cura ni con baños de toco toco ni con santiguadas.
Cuentan, que una vez un pelau alzau y burlesco de la Beni, dijo que no creía en esas cosas. Queriendo verlo pasar, se escondió detrás de una tapera, por la calle que iba pa la Normal. A la medianoche oyó primero la cadena, después vio la figura oscura, doblada, caminando despacito, como si cada paso le costara una vida.
Cuando el muchacho salió de golpe para ver quién era y reírse de él; la figura se detuvo.
No levantó la cara. No habló. Solo quedó quieta.
El viento remolineó sobre la tierra de la calle.
Se hizo un silencio sepulcral.
Dicen que el pelau sintió en el pecho un peso tan grande que le temblaban las piernas y quedó sopadingo en sudor. Desde esa noche nunca más volvió a ser el mismo; alegre, burlesco. Se volvió un hombre callado, con mirada lejana, como quien escucha algo que los demás no oyen.
Según doña Altagracia Antelo, mujer devota ella, decía que El Penitente no caminaba solo, detrás suyo iban las culpas, como sombras pegadas al suelo. Por eso los perros gemían debajo de las camas y los gallos cantaban antes de hora.
Al amanecer, cuando empezaban a berrear los terneros y las gallinas bajaban del árbol, el penitente regresaba al cementerio. Allí lo esperaba el cura y el sacristán. Le quitaban la capucha, le soltaban la soga y le sacaban la cadena.
Nadie debía preguntar quién había sido.
Después de eso, el hombre podía volver a su casa, más liviano quizá, o tal vez no. Porque hay pecados que Dios perdona pronto… pero el corazón tarda años o quizás jamás.
Con el tiempo llegaron calles pavimentadas, luz eléctrica y ruido de motos y tractores. Ya casi nadie habla de esas cosas. Pero en Portachuelo, cuando cae Semana Santa y la noche se pone demasiado quieta, todavía hay viejitas que cierran temprano las puertas y murmuran:
— Por si acaso… mejor adentro nomás. Uno nunca sabe si todavía anda pagando sus penas El Penitente
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