La anciana, que parecía estar completamente alelada, llevaba un niño de pocos meses atado a la espalda y dos niñas, de unos tres y cinco años, cogidas de la mano. De un sucio hatillo asomaba un cestito de arroz y unas cuantas ciruelas secas. Otros cinco o seis peones la rodeaban y trataban de animarla. Yo me hice cargo de ella sin vacilar.
—De acuerdo. Con mucho gusto.
—¡Oh, gracias! Debía acompañarla yo mismo, pero me es totalmente imposible.
Y, uno tras otro, los trabajadores fueron saludándome con una profunda reverencia.
La lancha se balanceaba violentamente. La bailarina, con los labios apretados, tenía los ojos fijos en un punto. Al extender la mano hacia la escala de cuerda, me volví ligeramente para decir adiós, pero sólo pude saludar con un movimiento de cabeza. Luego, la lancha nos llevó al barco y volvió al muelle. Eikichi agitaba incesantemente la gorra que yo le había regalado.
Entonces, a lo lejos, la pequeña bailarina empezó también a agitar algo blanco.
Hasta que el vapor salió de la bahía de Shimoda y dobló la punta sur de la península de Izu, permanecí apoyado en la borda, sin dejar de mirar la isla de Oshima, que se alzaba en el inmenso mar. De pronto, tuve la sensación de que hacía ya mucho tiempo que me había despedido de mi pequeña amiga. Luego, entré en el camarote, para atender a la anciana. La encontré rodeada de personas que le hablaban, en tono amistoso y consolador.
Tranquilizado, me fui al camarote contiguo. En el tempestuoso mar de Sagami había fuerte oleaje que nos zarandeaba violentamente a derecha e izquierda. Me tendí en la colchoneta, con la cabeza apoyada en la cartera. Sentía un extraño vacío en la cabeza. Lentamente, resbalaron por mis mejillas unas lágrimas, que cayeron en la cartera. Sentí un escalofrío, y di la vuelta a la cartera.
Cerca de mí viajaba un muchacho, hijo de un fabricante de Kawazu, que iba a Tokio para examinarse de ingreso. Mi gorra de la Primera Escuela Superior pareció infundirle respeto y me habló con gran cortesía:
—¿Ha sufrido alguna desgracia?
—No, no. Sólo fue una despedida —respondí con franqueza.
Me tenía sin cuidado que me vieran llorar.
No pensaba en nada. Pero sentía qué las lágrimas me devolvían la paz de espíritu
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