El espectáculo que daba era tan bochornoso, que despertaba fascinación en el público, que no ocultaba sus risotadas detrás de la mano, una carpeta, acompañadas de miradas cómplices. Los espectadores acudieron esa noche al teatro luciendo sus mejores galas de la época: tapados de piel, collares con brillantes. Florence hizo lo propio y se inclinó por un atuendo extravagante. Su vestido, cargado de brillos, llevaba alas en la espalda, uno de sus modelos favoritos que ella misma diseñaba.
Con una confianza inquebrantable, digna de tutoriales de autoayuda, Florence estaba convencida de que cantaba bien, y disfrutaba de su interpretación con bailes, mientras lanzaba flores a su público. Si advertía alguna burla, creía que era por pura envidia o falta de buen gusto musical. Además, al final de sus conciertos, el público se acercaba a felicitarla calurosamente. No podía estar equivocada.
Una niña prodigio
Florence Foster Jenkins nació el 19 de julio de 1868 en Pensilvania. Era hija de un abogado y terrateniente de buena posición. Desde niña demostró aptitudes musicales al piano. Tenía tan solo siete años cuando tocó en la Casa Blanca ante el presidente Rutherford Hayes. Pero el futuro brillante se le escapó de las manos.
Cuando terminó el colegio, Florence tenía intenciones de estudiar música en Europa. Pero su padre se opuso: las jóvenes de la alta sociedad no viajaban solas por el continente, se casaban. Ella obedeció, pero no exactamente en los términos que él esperaba. A los 17 años se casó con el doctor Frank Thorton Jenkins, un médico de 33 que la contagió con sífilis. El matrimonio duró un año. Florence lo abandonó y nunca más le dirigió la palabra.
La enfermedad le dañó el brazo y con ello su soñada carrera como pianista. Junto con su madre quien también había dejado a su marido, se mudaron a Nueva York sin respaldo económico. Durante años, Florence se ganó la vida dando lecciones de piano, aunque muy lejos de los escenarios que había imaginado.
El verdadero giro llegó en 1909, con la muerte de su padre. Con el dinero heredado tomó la decisión de dedicarse al canto. Encaró el proyecto con absoluta seriedad, ya que tomó lecciones con algunos de los mejores maestros. Todos, tarde o temprano, se enfrentaban al mismo dilema ético: cobrar el dinero o decirle la verdad. La mayoría optó por ambas cosas en ese orden.
La mujer ya cerca de los 50 años intentaba cantar con la solemnidad de una gran soprano. El resultado, sin embargo, era pobre: no tenía voz, carecía de oído musical y no se ahorraba alaridos en sus interpretaciones. Uno de sus biógrafos atribuyó esa imposibilidad de afinar a los tinitus y los problemas auditivos provocados por la sífilis.
Nada fue un obstáculo en su vida para integrarse a los clubes musicales de moda, espacios exclusivos dedicados a la promoción de grandes intérpretes y compositores. Incluso, fundó su propio club, el Verdi, bautizado en homenaje al compositor italiano, y logró convertirlo en uno de los centros de la vida cultural neoyorquina. Florence oficiaba de anfitriona, mecenas y, llegado el momento, como estrella.
Una atracción de la alta sociedad
Sobre el escenario del Club Verdi hizo su debut como cantante y fue impactante: el público no sabía de qué se trataba el show, si lo hacía en serio o era una broma de mal gusto. Algunos debieron salir corriendo de la sala para largar la carcajada fuera y no ofender a la artista.
Una de sus anécdotas más increíbles se remontan a un accidente en taxi que tuvo en 1943. Fue cuando descubrió que podía cantar “un fa más alto que nunca”. En lugar de una demanda, le regaló una caja de puros caros al chofer.
Lady Florence, como le gustaba que la llamaran, siguió adelante y ofreció recitales anuales memorables en el hotel Ritz Carlton. Las entradas no eran fáciles de conseguir, ya que ella misma solía distribuirlas a un selecto club de mujeres y elegidos. Su repertorio incluía a Mozart y Bach, además de composiciones propias, y completaba el número con vestidos, siempre ostentosos y extravagantes, diseñados por ella misma, que iban cambiando durante el espectáculo como una verdadera diva.
Ella parecía no registrar nada de esto, o si lo hacía, no le importaba. Año tras año repitió sus presentaciones en hoteles exclusivos. También actuó como mecenas de jóvenes cantantes líricos con talento real. Ese rol convivía con el enigma central de su figura: si desconocía de verdad la magnitud de sus limitaciones o si toda su carrera había sido una parodia sostenida con convicción total.
El público se reía de ella y acudía a sus funciones como quien busca un espectáculo cómico, un placer culposo. Durante años recibió presiones para actuar en el Carnegie Hall, la sala más prestigiosa de la ciudad, y siempre respondía que todavía no estaba preparada. En 1944, con 76 años, finalmente aceptó.
La función tuvo un vestuario desbordado: apareció envuelta en tul, con alas, corona y flores en los brazos que arrojaba al público. Los asistentes levantaban esas flores y se las devolvían para que pudiera lanzarlas otra vez, en una secuencia que se prolongó durante varios minutos.
El recital de 1944 fijó su leyenda
Por primera vez no cantaba ante un círculo de admiradores elegidos por ella, sino frente a miles de desconocidos. Las carcajadas, los silbidos, los gritos y los aplausos terminaron por cubrir casi por completo su voz. Sin embargo, Florence parecía disfrutar que todas las miradas estuvieran puestas en ella. Era su noche.
The New York Times se negó a reseñar el recital. Otro diario de la ciudad lo definió como “la mayor broma masiva de la historia de Nueva York. La señora Florence puede cantar cualquier cosa. Menos notas musicales, claro”.
Circularon dos versiones sobre su reacción. Una sostenía que atribuyó los silbidos y las risas a infiltrados enviados por sus enemigos y que se disgustó con las críticas; la otra asegura que bajó del escenario feliz y dijo: “Dicen que no puedo cantar, puede ser. Pero está claro que he cantado toda mi vida”.
Su vida inspiró al menos dos películas, estrenadas en 2016. Una llamada Florence Foster Jenkins, protagonizada por Meryl Streep, acompañada por Hugh Grant y dirigida por Stephen Frears. Y otra versión fue una coproducción franco belga checa, Madame Margarite.
Un mes después de esa noche, Florence Foster Jenkins murió en el hospital donde había ingresado dos días después de la función con un problema coronario severo. Había conseguido exactamente lo que quería: ofrecer un concierto como las grandes estrellas de su género, las divas de su época, a las que consideraba pares.
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