martes, 29 de septiembre de 2015

544: algunos sapos no son príncipes

--- Es que tienes razón. No estoy capacitada. Hay otra cosa de la que tengo que ocuparme antes de educar hijos: tengo que educarme a mí misma. Y tú no eres alguien capaz de ayudarme en eso. Lo tengo que hacer por mi cuenta, y necesito estar sola. Así que te dejo.
--- ¿¡Qué dijiste!?
--- Dije que necesito estar sola para entenderme a mí misma y entender lo que me rodea, por mi cuenta. Te dejo; me voy de tu casa. Y me voy ya mismo.
--- Es la falta de experiencia lo que te hace tan ciega.
--- Experiencia es lo que tengo que conseguir.
--- ¡No puedes abandonar tu casa, tu marido, y tus hijos! ¿Qué crees que va a decir la gente?
--- No puedo pensar en esos detalles. Sólo sé que es indispensable para mí.
--- ¡Pero qué perversa! ¿Cómo vas a traicionar así los deberes más sagrados?
--- ¿A qué llamas tú los deberes más sagrados?
--- ¿No tienes acaso deberes para con tu marido y tus hijos?
--- Ya no creo en eso. Ante todo soy un ser humano, igual que tú. O, al menos, debo intentar serlo. Sé que la mayoría de los hombres te van a dar la razón. Pero ahora no me puedo conformar con lo que dicen los hombres. Tengo que pensar por mi cuenta en todo esto y tratar de entenderlo.
---- ¡Pero es increíble en una mujer tan joven! A ver, si la religión no te puede guiar, déjame explorar tu conciencia. Porque supongo que todavía te queda algún sentido moral. ¿O tampoco lo tienes? ¡Contéstame!
-- No sé qué responder. No tengo idea. Estoy completamente desorientada en estas cosas. Lo único que sé es que tengo una opinión totalmente distinta a la tuya.
--- ¿Y con esa seguridad, con esa lucidez abandonas a tu marido y a tus hijos?
--- Sí.
--- Entonces hay una sola explicación posible.
--- ¿Cuál?
--- Que ya no me amas.
--- No, por supuesto.
--- ¿Y me lo dices así?
--- Lo lamento. Porque siempre fuiste bueno conmigo. Pero no lo puedo remediar. Ya no te amo.
--- Por lo que veo también de eso estás perfectamente convencida.
--- Sí, perfectamente, y por eso no quiero quedarme ni un instante más acá.
--- ¿Me puedes decir cómo perdí tu amor?
--- Esperé ocho años, ocho años. Sabía que los milagros no se realizan tan seguidos. Y por fin llegó el momento de la angustia y me dije con toda seguridad: acá llega el milagro. Cuando la carta estaba todavía en el buzón, no me pude ni imaginar que fueras capaz de doblegarte a sus exigencias. Estaba absolutamente convencida de que le ibas a decir vaya usted a contárselo a todo el mundo. Y cuando hubieras hecho eso.
--- ¡Cómo! ¿Cuándo hubiera entregado a mi propia esposa a la cárcel?
--- Cuando hubieras hecho eso, tenía la absoluta seguridad de que te ibas a presentar para hacerte responsable de todo, que ibas a decir que eras tú el culpable.
--- ¡Nora!
--- ¿Me vas a decir que yo nunca iba a aceptar semejante sacrificio? Claro que no. ¿Pero de qué valdría mi palabra frente a la tuya? Ése era el milagro que esperaba con tanta angustia. Y para evitarlo, me quería matar.
--- ¡Ah! ¿Ves? Piensas y hablas como una chiquilla.
--- Puede ser. Pero tú no piensas ni hablas como el hombre al que yo pueda unirme. Cuando te repusiste del susto, y no por el peligro que corría yo sino por el que corrías tú, cuando pasó todo, para ti era como si no hubiera ocurrido nada. Yo volví a ser tu muñeca, y ahora tenías que manipularla con más cuidado todavía, porque demostró ser tan frágil... En ese momento me di cuenta de que viví ocho años con un extraño. Y que tuve tres hijos con él.
--- Ya veo, ya veo. Parece que se abrió un abismo entre nosotros. ¿Pero no crees que lo podemos llenar?
--- Así como pienso ahora, no, no puedo ser una esposa para ti.

3 comentarios:

  1. Pues hombre, no sé muy bien lo que decirte, pero después de ocho años y de tener esos hijos, se lo podía haber pensado antes. Pero en fin, estas cosas, dan para mucho que hablar, y cada uno puede tener un punto de vista muy distinto.

    Abrazo Chaly

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  2. Casi ningún sapo es príncipe!!!

    =)))

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