Gonzalo Garcés dice que él no tenía mucho que ver con la Biblia ni con la religión. Pero que la literatura lo llevó a revisar algunas historias y, bueno, se entusiasmó con lo que leyó y terminó escribiendo Los relatos bíblicos, un libro que ya agotó la primera edición, donde un poco cuenta y un poco da contexto y analiza. Es valorativo: dirá que es un libro que abre la cerradura de nuestra mente y, también, que Dios es una idea de futuro. Pero, también, que es un texto duro, realista, a veces pragmático. Y que allí encontró personajes que podrían estar en Breaking bad o en Game of thrones.
—¿Por ejemplo?
—Jacob, que es uno de los patriarcas del Antiguo Testamento, del Génesis, el fundador de las doce tribus de Israel. Y el tipo es un sinvergüenza. Estafa a su hermano, le saca el derecho de primogenitura, estafa a su propio padre, que está ciego, y se tiene que escapar de su familia porque lo quieren matar -con toda razón, además. Y sin embargo, en el texto dice que Dios lo elige, cosa que te da que pensar. Es como si Dios pensara: “Bueno, en un sentido, si se trata de fundar una nación, si se trata de realizar un gran proyecto, más vale una persona que es un poco inmoral, pero que también es reflexiva, que también piensa en el largo plazo, que tiene garra, que tiene tanta hambre de vivir que está dispuesto a cometer crímenes. Y después, por el camino, ya va a aprender la ética. Pero lo primero es el hambre de vivir. Si la Biblia fuera el libro ñoño, edificante, que yo me imaginaba antes de leerlo, todo el tiempo nos encontraríamos con historias donde los justos son recompensados y los malos son castigados. Y eso no pasa. Todo el tiempo, Dios elige a estafadores como Jacob, a cobardes como Pedro el apóstol, a aventureros dudosos, políticos dudosos como David. Y tira abajo del colectivo a gente buena, indudablemente buena, como Esaú, como Urías, como Job.
—¿Por qué?
—Porque la Biblia es un mapa existencial de toda nuestra naturaleza, de todos nuestros impulsos contradictorios, de nuestro egoísmo en lucha con nuestra generosidad y de lo que podés esperar de la existencia como ser humano. Y lo interesante es que sigue siendo cierto exista Dios o no.
A partir de los rusos
Gonzalo Garcés nació en Buenos Aires, es escritor y anda por los 50 años. Colabora en medios, trabaja en la radio con Jorge Fernández Díaz, escribió, entre otros libros, Los impacientes -donde “los tres protagonistas de la novela luchan por superar la idea de adolescencia que su época les impone”- El futuro -un padre que llega a reencontrarse con su hijo, se encandila con una mujer y resulta que es... la mujer del hijo- y Hacete hombre, donde se pregunta qué es ser hombre hoy.
La religión, dijimos, no fue lo suyo. Su abuelo materno era judío y su madre se crio “en la cultura judía”. Por parte de padre, ateos españoles de origen católico. “Soy un tipo más bien individualista y entonces siempre me provocó mucho rechazo la idea de poner tu vida y tu voluntad en las manos de Dios, que es un concepto central en las religiones. Siempre me mantuve a mucha distancia y sigo siendo así. Lo que pasó es que me puse a leer la Biblia porque mis escritores rusos preferidos hablaban de la Biblia. Me dio curiosidad y, cuando entré, me encontré ontré con una de las sorpresas de lector de mi vida. Y es que había personajes que parecían sacados de la novela rusa o de Shakespeare, o de Breaking Bad, o de Game of Thrones, o de Taxi Driver".
El libro tiene como subtítulo “Las historias y los personajes que formaron a Occidente” y va desde el Génesis -dice que hay dos relatos de la Creación- hasta el Apocalipsis. En el medio, de todo: Adán y Eva; Caín y Abel, La Torre de Babel; Abraham y Sara, Jacob, Moisés, David y otros. Por supuesto, Jesús y pasión tienen varios capítulos. Los relatos de la Biblia, dice, “siempre refieren sucesos ocurridos siglos antes del momento en que se escribieron. Es decir que sus autores hablan del pasado lejano para responder preguntas de su presente”.
Y lee, por ejemplo, la salida de los judíos de Egipto y su camino a la Tierra Prometida en clave política: “En el relato del Éxodo vos tenés la primer Estado de Derecho de la Historia, cuando el gobernante también tiene que obedecer leyes. Y eso vos lo tenés con los diez mandamientos y con la ley que Moisés recibe en el monte Sinaí”.
O mira a Jesús como líder: “El modo de proceder políticamente de Jesús sigue siendo un modelo para cualquier movimiento que se proponga, eh, subvertir una sociedad. Es un modelo revolucionario".
Garcés no discute la veracidad de las historias sino que busca otra cosa. Lo del subtítulo: qué huellas de la formación de Occidente -la democracia, el Estado de derecho, la idea de individuo- despuntan en esos relato.
Una idea fuerte es que “Dios nos habla desde el futuro”. Eso, dice: que Dios es una idea que actúa como impulso.
—¿Cómo es eso de que Dios habla desde el futuro?
—En la Biblia, Dios es una voz que habla desde el futuro. Siempre es así. Siempre es una voz que te llama hacia lo desconocido, te llama a la aventura. Cuando Abraham, que es el primero que dialoga con Dios en la Biblia, escucha por primera vez esa voz, ¿qué le dice Él? Le dice (parafraseando): “Salí de tu casa, salí de tu confort y andate a esta tierra peligrosa y desconocida a correr aventuras”. Y no le dice nada más concreto. Le dice que va a tener una descendencia, justo a él, que no puede tener hijos. Esencialmente, es un Dios que te convoca a lo desconocido y a la aventura. Y si vos no creés en Dios _al menos de una manera ortodoxa- lo podés conceptualizar así: todos en algún momento sentimos que tenemos un potencial no realizado. Digamos que yo llego a un momento de mi vida en el cual me digo: “¿Esto es todo lo que hay?" Bueno, podemos ir un paso más allá y pensar que Dios es todos mis potenciales no realizados que me llaman hacia el futuro. Y después lo podés llevar al plano colectivo, es decir, Dios es todos los potenciales de mi comunidad, de mi tribu, de mi nación. Y cuando te querés dar cuenta, estás trabando relación con el futuro de una manera religiosa.
—Contame los de las dos creaciones del mundo.
—Eso no es interpretación mía. Si vos abrís la Biblia, tenés primero la famosa historia que empieza: “En el principio, Dios creó los cielos y la Tierra. pero la Tierra era oscura y caótica...” Después, Dios va creando todo con palabras. Dice: “Haya luz” y hubo luz, “Haya tierra” y hubo tierra. Las palabras crean la realidad. Y esa historia, en realidad, históricamente es varios siglos más reciente que la otra historia, que es más cortita y más primitiva.
—¿La del Edén?
—Sí, dice que Dios creó el Edén cuando todavía no había seres humanos para regar y cultivar la tierra. Y claro, es lindo, es encantador. Pero eso corresponde a ese momento que pasan las civilizaciones en su etapa primitiva, las culturas primitivas. Pero la historia, el génesis del caos, empieza en serio cuando los judíos pierden la tierra, pierden Jerusalén, pierden el templo, están exiliados en Babilonia, no tienen más nada y se dan cuenta de que aun así pueden existir como un pueblo fundado en dos cosas: en las palabras y en la esperanza de que aunque en el presente todo sea humillación y dolor, en elhorizonte espera algo bueno. Y eso yo en el libro lo llamo “Un arma secreta espiritual”, porque cuando vos pensás que algo bueno te espera, sos virtualmente indestructible.
—¿Encontraste patrones comunes a lo largo de la Biblia, siendo un texto de múltiples autores?
—Varias cosas. La primera es que el gran tema que atraviesa toda la Biblia es el sacrificio. Nosotros, en nuestra cultura del siglo XXI, cuando escuchamos “sacrificio”, visualizamos una persona que se golpea el pecho y dice: “Yo me sacrifico”, de un modo un poco feo, como sin razón. Pero en la Biblia tiene un sentido muy concreto. “Sacrificar” es hacer un esfuerzo a futuro. Y, claro, cuando vos querés algo del futuro, inevitablemente tenés que hacer una inversión, tenés que invertir tu energía, tu tiempo, tu amor, tus recursos materiales. En la Biblia eso es la constante.
—¿Dónde lo ves?
—Desde Caín y Abel, que hacen cada uno una ofrenda a Dios, solo que a Abel le va bien y a Caín le va mal. Y ahí la Biblia te plantea un nudo de la experiencia humana: si querés llegar a alguna parte, vas a tener que hacer un sacrificio. Pero ¿qué pasa si no te resulta? ¿Qué pasa si fracasás? Esa pregunta sirve para entender otros conflictos. Es la historia de Mozart y Salieri, es infinitas historias.
—Y Moisés...
—Moisés hace un sacrificio cuando deja su privilegio. Porque Moisé es un hombre de origen hebreo, supuestamente, pero criado en una familia noble egipcia, y deja ese privilegio para sacar a los hebreos de Egipto. A propósito de esto, hay una teoría que para mí es muy seductora y es que la palabra “hebreo” viene de “habiru”, que eran los trabajadores extranjeros, los jornaleros. En otras palabras, la clase baja de la clase baja, los que no tenían ningún derecho. Y a esos, medio desheredados, Moisés los saca para llevarlos a vivir en libertad.
—Un camino “sacrificado”, también.
—Tienen que pasar cuarenta años en el desierto sacrificando la comodidad, la seguridad, la certeza. Sacrifican todo para aprender a ser libres. Así que un tema es el sacrificio. El otro es que no hay un personaje en la Biblia que no tenga defectos gravísimos, pero gravísimos.
—Hablamos de...
—Ya te nombré alguno. Jacob: un chanta, un sinvergüenza, un estafador. Moisés es un líder, es el arquetipo del liberador, al punto que a Abraham Lincoln, que decretó la libertad de los esclavos en Estados Unidos, lo apodaban “Moisés”. Sin embargo, Moisés es lo menos perfecto que hay. Es un tipo iracundo que no sabe hablar, es tartamudo, está lleno de dudas, siente que no está para nada a la altura de la misión.
—¿Cuál más?
—Ni hablemos del fundador del reino de Israel, que es para mí es el personaje más fascinante de la Biblia por todas las aristas que tiene, que es David. Por un lado, David es un idealista que toca la lira, es un poeta, un tipo con una sensibilidad extraordinaria. Pero, al mismo tiempo, es el sujeto que tiene la sangre fría como para mandar a matar al rey que lo apadrinó, una de tantas historias donde el “pollo” del hombre fuerte lo termina reemplazando. Y que tiene esta historia extraordinaria con una mujer.
—Contala.
—Cuando David ya es rey, un día desde la terraza de su palacio ve a una mujer desnuda que se baña y se excita tanto con ella que la manda a llamar. Esta mujer es Betsabé... y está casada. Peor todavía, está casada con uno de los soldados más leales a David. Sin embargo, David está tan entusiasmado que se acuesta con ella, la embaraza y entonces manda a llamar a Urías, el marido de Betsabé, desde el frente de batalla, y trata de que se acueste con Betsabé para que parezca que el bebé es de él, del marido. Pero no funciona porque el tonto de Urías es tan leal que no quiere pasar la noche en la comodidad de su casa y durmiendo con su mujer mientras sus compañeros de armas están peleando. Y cuando David ve que ese truco no le va a funcionar, lo manda al frente con una carta sellada que tiene que entregarla a su general. Y la carta dice: “Pongan a este hombre, que trae la carta, a Urías, en lo más recio de la batalla para que sea muerto”. Y se queda con su mujer.
—Uf.
—Sin embargo, ese hombre que es desleal, que es inmoral y qie al mismo tiempo es capaz de esos arrebatos de poesía, ese es el fundador del reino, el que después, en el Nuevo Testamento, es el modelo de Jesucristo. En los Evangelios dice que Jesucristo “Ocupará el trono de David”. O sea la Biblia es un libro duro, no es un libro sentimental, no es un libro para almas sensibles, porque te muestra, todas las canalladas de las que sos capaz. Y no solo eso, las canalladas que a veces son necesarias para realizar grandes cosas
—¿Por qué funciona este texto? ¿Por qué es uno de los grandes relatos de la humanidad?
—Ningún libro puede seguir leyéndose después de veinte o treinta siglos si no contiene claves de la existencia que te sirven para vivir. Si fuera solo mandatos, lo habríamos desechado hace mucho. Si fuera solamente: “No hagas esto, hacé lo otro”, si estuviera en contradicción con nuestra naturaleza, lo habríamos descartado. Es una llave que sigue abriendo la cerradura de nuestra mente y de nuestro funcionamiento como seres humanos. Por eso perdura.
Por
Patricia Kolesnicov