lunes, 2 de febrero de 2026

0794: No seas tan débil como para no saber poner a una mujer en su lugar cuando sea necesario.

Corregir una actitud negativa, establecer un límite firme, o incluso alejarte de una situación que no toleras no te convierte en un hombre malo. Te convierte en un hombre que se respeta. En uno que no permite que lo pasen por encima. Porque el respeto masculino no se obtiene a través de la sumisión, sino a través de la firmeza. A través de la capacidad de decir: “Hasta aquí. Esto no lo acepto”.

Los hombres débiles siempre terminan sufriendo. No porque el mundo sea injusto. Sino porque deciden callar cuando deberían hablar, tolerar lo que deberían rechazar, y seguir presentes donde ya han perdido el respeto. Especialmente en manos de mujeres, el hombre débil se convierte en un juguete emocional, un hombre que vive en función de no molestar, de no incomodar, de no perder lo poco que le dan. Pero el que vive para no perder, ya perdió.

No necesitas ser excesivamente comprensivo, ni andar caminando con cuidado para no “herir sentimientos”. No viniste al mundo para convertirte en una versión diluida de ti mismo. El hombre que dice “sí” a todo, que permite todo, que no corrige ni cuestiona nada, termina convertido en una sombra. Una figura sin liderazgo, sin presencia, sin esencia. Y lo peor es que después se pregunta por qué no lo respetan, por qué lo engañan, por qué lo abandonan. La respuesta es simple: no se respeta a sí mismo.

Las mujeres no admiran a los hombres que se arrastran detrás de ellas. Las mujeres respetan al hombre que se respeta, al que puede decir “no” sin miedo a perderla. Al que tiene la capacidad de irse si una línea se cruza. Al que no suplica, no ruega y no negocia con lo inaceptable. La admiración femenina no se gana con flores ni palabras bonitas, se gana con dirección, liderazgo y convicción.

Un verdadero hombre no necesita gritar, ni imponerse con fuerza bruta. Basta con que tenga claro quién es, qué tolera y qué no. Su energía habla por él. Su postura, su mirada, su silencio. Un hombre con principios no se deja mover por un par de emociones desordenadas. Él guía, él estructura, él protege. Pero jamás se traiciona a sí mismo por miedo a incomodar.

Ser amable sin límites, ser dócil por sistema, es una receta segura para perder tu identidad. Te volverás alguien fácilmente manipulable, fácilmente reemplazable y, eventualmente, despreciable. Porque lo que no se impone, se ignora. Y lo que se ignora, se destruye.

Así que lidera. Establece límites. Habla con claridad. No aceptes comportamientos que contradicen tus principios solo por mantener una relación. Porque si una relación exige que entierres tu dignidad, entonces no es una relación: es una sentencia.

Si estás listo para recuperar tu fuerza interna, tu voz, tu capacidad de liderazgo masculino, y dejar atrás la debilidad que este mundo intenta meterte en la mente… entonces tienes que leer esto.

Entra ahora a Dominio Total del Ser y empieza a convertirte en el tipo de hombre que ninguna mujer puede controlar, pero que muchas desean seguir.

 

miércoles, 28 de enero de 2026

0793: no sé si lo soñé o ..

 — Eso demasiado dinero para unas confituras.

— No importa, papá, compra todas las que quieras, así no tendremos que volver a detenernos.

— ¿Algo más, Señor? Son noventa y tres con noventa y cinco, Señor.

Pone todas las confituras en una bolsa y las cervezas en otra. El viejo le pide que se quede con el cambio.

— Gracias, señor.

Ambos sonríen y quizás hasta son felices: uno, porque desde ayer no vinieron clientes por ahí y ahora, de pronto, la suerte parece estar cambiando; el otro, el viejo llamado Eugenio, porque llevaba mucho tiempo sin salir de la ciudad y ahora recuerda que el mundo es un lugar agradable, lleno de vendedores correctos que saben hacerlo sentir importante.


La manija de la puerta está fría, tanto o más que el clima fuera de la tienda. Quizás debería ser interpretada como un aviso. La puerta parece gritar que se está mejor dentro de ese espacio diminuto lleno de olores dulces que hacen pensar en la niñez como si fuera asunto de hace un par de días. La puerta se resiste a ser abierta, es su último, desesperado e inútil intento por impedir que Eugenio entre a la fría realidad que le espera allá fuera. Este se vale de las fuerzas que aun conserva y consigue salir del espacio perfecto en el que se hallaba.


Fuera, el parqueo está vacío. La furgoneta del hijo es apenas una mancha blanca que, sobre la delgada línea de la autopista, corre veloz rumbo al horizonte. Se aleja por donde mismo vino, como si nada. Eugenio no sabe qué hacer, se queda paralizado, las bolsas se le caen de las manos y quizás el ruido de las botellas rompiéndose contra el suelo lo hacen reaccionar, como a esas atletas que esperan la señal de arrancada. Se apresura hasta la carretera, con toda la velocidad que le permite sus años y mueve los brazos para ser visto desde la distancia a través del espejo retrovisor. Grita el nombre del hijo, una y otra vez el nombre del hijo, y cuando el coche desaparece por completo en el paisaje, sigue gritando.


— Te vas a estropear la garganta, hombre de Dios — La voz viene desde la gasolinera. Pertenece a una mujer de edad indescifrable que está recogiendo los paquetes de confituras que se desparramaron por el suelo. Antes de guardarlos en la bolsa les sacude el polvo y sonríe mostrando el espacio vacío donde alguna vez hubo un colmillo superior y uno inferior. Su piel tiene ese brillo que aflora cuando no se ha recibido un baño caliente en mucho tiempo.


Las manos de Eugenio tiemblan, el pecho le duele, las orejas se le han puesto coloradas. Ha perdido las fuerzas. Se siente débil y en verdad lo está. ¿Cómo pudo?, piensa. Es consciente de que en cualquier momento puede desplomarse. El anciano se acerca a la mujer para pedirle ayuda, pero ahora el llanto no lo deja hablar.


— ¿Quieres un caramelo de menta? — le pregunta al viejo sin distraerse de su tarea de meter las golosinas en la bolsa. Este hace un gesto con la cabeza que significa que no. La mujer se encoge de hombros y se mete una gominola en la boca — . Están buenísimas — comenta mientras mastica y en su rostro hay una expresión alegre.


— ¿Cómo pudo? — balbucea el anciano y llega a su memoria el recuerdo de hace un par de noches.


El hijo se le quedo mirando y le pregunto:


— ¿Cuándo fue la última vez que fuimos juntos a la playa? — Entonces Eugenio no supo decir, porque los recuerdos se le confundían con los sueños. El hijo preguntaba otra vez, alzando la voz — . Vamos, papá, ¿cuándo fue?


Y el viejo no conseguía otra cosa que dejar la boca abierta y sonreír cuando le llegaba de golpe la imagen de su esposa, con aquel bañador a rayas rojas y blancas que resaltaba las virtudes de su cuerpo de muchacha, rayas rojas y blancas en contraste con la arena tan clara, con el cielo tan azul y con el agua tan azul. Entonces aún no era su esposa sino una vecina tres años mayor, que fumaba cigarrillos importados y nunca se fijaría en un niño como él. ¿Cuándo fue la última vez, papá?, parecían decir los ojos del hijo, como un ultimátum.


Recordaba al hijo haciendo castillos de arena, con el cabello mojado y los hombros tostados por el sol, pero no estaba seguro de si era su hijo, o su nieto, o un niño cualquiera que vio alguna vez. No podía recordar, y era extraño, porque la respuesta se le asomaba a la boca y se escondía con un absurdo que Eugenio no entendió hasta hoy.


— Fue hace mucho, papá — afirmó por fin el hijo y ya no hizo falta revolver ese pasado escurridizo — . Yo tampoco lo recuerdo, pero este fin de semana iremos. El aire del mar te hará bien, ya verás — esas fueron sus palabras.


lunes, 26 de enero de 2026

0792: Madame Queen.

 Llegó al puerto de Nueva York en 1912: una chica muy joven de las Antillas francesas, sin familia, sin dinero y con varios idiomas en la cabeza. A veces decía que venía de la Francia continental porque, en la América de 1912, ser “francesa” sonaba a sofisticación. Ser caribeña sonaba a servidumbre.

Limpió casas. Observó cómo se movía el poder por la ciudad, como electricidad en los cables. Ahorró cada centavo.

Para 1923, ya dirigía el mayor negocio de lotería clandestina de números en Harlem: una lotería simple donde la gente apostaba monedas a números de tres cifras. Era ilegal, sí, pero también funcionaba como el único “banco” al que muchas familias negras podían acceder cuando la banca legítima les cerraba la puerta.

Pagaba a los ganadores con justicia. Empleaba a cientos. Llevaba cuentas meticulosas. A finales de los años veinte, se decía que ganaba más de 200.000 dólares al año: millones en dinero de hoy.

Vivía en el 409 de Edgecombe Avenue, en un edificio donde también residieron W.E.B. Du Bois y el futuro juez del Tribunal Supremo Thurgood Marshall. Llevaba pieles. Harlem la llamó Madame Queen.

Luego la policía la arrestó en 1929 con pruebas dudosas. Tras ocho meses en prisión, no salió en silencio. Dio los nombres de los agentes que le exigían 6.000 dólares en sobornos. Su testimonio terminó con la suspensión de trece policías y un teniente.

Ahí empezó a comprar anuncios en los periódicos, no para vender nada, sino para enseñar. Explicó a su comunidad sus derechos legales. Cómo reconocer abusos policiales. Cómo defenderse sin violencia.

Una mujer negra usando la prensa dominada por blancos para desafiar a la autoridad blanca en 1930. “Revolucionario” se queda corto.

Y entonces llegó la amenaza real.

Cuando terminó la Prohibición en 1933, Dutch Schultz —un mafioso temido— miró hacia Harlem y su negocio de números. Su fama venía de lejos: historias de palizas, asesinatos y advertencias dejadas a la vista.

Su mensaje era simple: paga “protección” o muere. La mayoría pagó. Algunos huyeron. Otros acabaron fuera del juego.

Stephanie se negó.

Organizó a los operadores negros que quedaban en Harlem. Impulsó una campaña para apoyar a negocios y líderes negros. Atacó las operaciones de apuestas de Schultz. Y compró más anuncios en los periódicos, esta vez señalándolo por su nombre.

La mafia respondió. Orden de muerte. Hombres suyos secuestrados. Arrestos con cargos inventados. Se cuenta que una vez tuvo que esconderse en un sótano de carbón para escapar de sicarios.

La guerra duró cuatro años. Y, según ella misma, le costó 820 días en la cárcel y tres cuartos de millón de dólares.

Pero nunca pagó. Nunca huyó. Nunca se dobló.

Para 1935, las cuentas estaban claras: no podía derrotar sola a todo un sistema criminal. Tomó una decisión táctica: dar un paso atrás, no rendirse. Dejó el control operativo en manos de su lugarteniente, Bumpy Johnson, y se enfocó en inversiones y bienes raíces.

Y el 23 de octubre de 1935, Dutch Schultz fue acribillado en Newark. La Comisión, el órgano que mandaba en el crimen organizado, había ordenado el golpe: su violencia estaba dañando el negocio.

Mientras Schultz agonizaba en el hospital, llegó un telegrama: “Como siembres, así cosecharás.” Firmado: Madame Queen.

El mensaje salió en los periódicos. Al final, ella tuvo la última palabra.

Schultz murió al día siguiente. Stephanie vivió más de tres décadas después, en el mismo entorno de Harlem al que había llegado sin nada siendo adolescente.

Fue dueña de edificios. Escribió columnas políticas. Defendió el derecho al voto. En 1960, un perfil la describía como una empresaria acomodada que llevaba una vida lujosa.

Murió en diciembre de 1969, a los setenta y dos años.

La historia casi la borró. Recordaron a Bumpy Johnson. Recordaron a Dutch Schultz.

Pero quienes lo vivieron nunca olvidaron a la mujer del abrigo de piel que se negó a correr. La que convirtió su resistencia en registro público. La que demostró que el poder no viene solo del dinero o de las armas.

Cuando alguien intenta silenciarte con miedo, ¿bajas la cabeza… o compras el anuncio en el periódico?


viernes, 23 de enero de 2026

0791: “Necesitaba que me quisieran para poder ganar, y no tener que ganar para que me quisieran”

Pasé toda mi carrera deportiva sola. ¿Dónde estaba escrito que mi familia no podía verme perder? No lo sé, pero lo concreto es que nunca vinieron a verme jugar. Bah, solo una vez, a una final que perdí.


Había algo en nuestra dinámica familiar que me impedía invitarlos. Yo sentía que exponerme a que me vieran perder era un mal trago para todos. Si ellos no venían, yo estaba más cómoda, menos presionada. Mejor jugar mis partidos tranquila: si ganaba, les contaba y ellos se alegraban, y si perdía les ahorraba el mal momento.


Así fue toda mi carrera. Yo les contaba poco, y ellos no preguntaban ni venían. 

Socios del silencio.


Hoy miro hacia atrás y me doy cuenta de que jugué cientos de partidos y aunque gané la mayoría, siempre estuve sola. Compartí mis alegrías con pocas amigas reales y con muchos oportunistas. Si mis padres hubieran venido a verme, habrían visto muchas más victorias que derrotas. Y no puedo evitar preguntarme: ¿tan intolerable hubiera sido que me vieran perder? ¿Lo era para mí?


Nunca tuve paz. Cuando me iba bien, estaba sola. Y cuando me iba mal, sentía que no valía nada. Como si fuera poco, cada triunfo aumentaba la angustia por tener que sostener esos logros. Así se desarrolló mi carrera deportiva y mi vida. En soledad y bajo presión. El hecho de que haya sido exitosa solo potencia el sinsentido.


En el fondo, siempre me sentí obligada a ganar. Quizás por eso me pasé la vida ofreciendo mis resultados a cambio de atención. Mis logros eran cartas de amor que escribía para quien pudiera leerlas. Por eso prefería acumular victorias en soledad con las que eventualmente podía comprar amor, antes que exponerme a compartir derrotas que expusieran mi vulnerabilidad.


Mis padres me dieron mucha libertad aunque escasa presencia, bajo nivel de acompañamiento. Podrían haberme preguntado cómo estaba, si podían ir a verme jugar, o simplemente enseñarme que un resultado no les cambiaba nada lo que sentían por mí, que lo único que querían era acompañarme, caminar juntos. No fue posible, se ve que ellos tenían sus propios fantasmas.


Calculo que no se desesperaban si yo no obtenía resultados, pero tenían temor de hacerme sentir más expuesta, y quizás también de sentirse expuestos ellos. Con su ausencia querían ahorrarme el mal trago y, sin saberlo, lo potenciaban. Todos fuimos un poco analfabetos emocionales.


El objetivo estaba puesto en el resultado, no en el camino. Mucho menos en compartir ese camino.


¿Realmente valía la pena vivir así, buscando logros, cargando constantemente con el miedo a perder y sentir que no valía nada? ¿Acaso no es mejor cuando las personas que queremos están con nosotros, con todas las limitaciones y las frustraciones que impone la realidad? Como le escuché decir una vez a Marcelo Bielsa: “Necesito que me quieran para poder ganar, no que me quieran porque gané”.


Ahora puedo ver que yo no necesitaba que me aplaudieran. Solo me hubiera gustado que estuvieran. Que compartiesen mi alegría si levantaba la copa del primer puesto, y también una pizza en un bar cualquiera si perdía. Que me hicieran saber que verme perder no cambiaba nada. Que me abrazaran igual, o más fuerte.


Hoy, después de un largo recorrido, entiendo que el amor que no soporta verme frágil no es amor. El amor que hay que comprar no es amor.


Quiero que me quieran aun si no logro nada. Quiero poder perder y que no pase nada, que sea solo una derrota. Quiero que puedan verme rota y no salgan corriendo.


Quiero vivir menos sola. Quiero poder sentirme amada incluso cuando no gano. Sobre todo cuando no gano.



Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”.

 

sábado, 17 de enero de 2026

0790: la historia es vulgar; lamentable, pero vulgar

 B entiende que no debe telefonear nunca más a X. Un día llaman a la puerta y aparecen A y Z. Son policías y desean interrogarlo. B inquiere el motivo. A es remiso a dárselo; Z, después de un torpe rodeo, se lo dice. Hace tres días, en el otro extremo de España, alguien ha asesinado a X. Al principio B se derrumba, después comprende que él es uno de los sospechosos y su instinto de supervivencia lo lleva a ponerse en guardia. Los policías preguntan por dos días en concreto. B no recuerda qué ha hecho, a quién ha visto en esos días. Sabe, cómo no lo va a saber, que no se ha movido de Barcelona, que de hecho no se ha movido de su barrio y de su casa, pero no puede probarlo. Los policías se lo llevan. B pasa la noche en la comisaría. En un momento del interrogatorio cree que lo trasladarán a la ciudad de X y la posibilidad, extrañamente, parece seducirlo, pero finalmente eso no sucede. Toman sus huellas dactilares y le piden autorización para hacerle un análisis de sangre. B acepta. A la mañana siguiente lo dejan irse a su casa. Oficialmente, B no ha estado detenido, sólo se ha prestado a colaborar con la policía en el esclarecimiento de un asesinato. Al llegar a su casa B se echa en la cama y se queda dormido de inmediato. Sueña con un desierto, sueña con el rostro de X, poco antes de despertar comprende que ambos son lo mismo. No le cuesta demasiado inferir que él se encuentra perdido en el desierto


Por la noche mete algo de ropa en un bolso y se dirige a la estación en donde toma un tren con destino a la ciudad de X. Durante el viaje, que dura toda la noche, de una punta a otra de España, no puede dormir y se dedica a pensar en todo lo que pudo haber hecho y no hizo, en todo lo que pudo darle a X y no le dio. También piensa: si yo fuera el muerto X no haría este viaje a la inversa. Y piensa: por eso, precisamente, soy yo el que está vivo. Durante el viaje, insomne, contempla a X por primera vez en su real estatura, vuelve a sentir amor por X y se desprecia a sí mismo, casi con desgana, por última vez. Al llegar, muy temprano, va directamente a casa del hermano de X. Éste queda sorprendido y confuso, sin embargo lo invita a pasar, le ofrece un café. El hermano de X está con la cara recién lavada y a medio vestir. No se ha duchado, constata B, sólo se ha lavado la cara y pasado algo de agua por el pelo. B acepta el café, luego le dice que se acaba de enterar del asesinato de X, que la policía lo ha interrogado, que le explique qué ha ocurrido. Ha sido algo muy triste, dice el hermano de X mientras prepara el café en la cocina, pero no veo qué tienes que ver tú con todo esto. La policía cree que puedo ser el asesino, dice B. El hermano de X se ríe. Tú siempre tuviste mala suerte, dice. Es extraño que me diga eso, piensa B, cuando yo soy precisamente el que está vivo. Pero también le agradece que no ponga en duda su inocencia. Luego el hermano de X se va a trabajar y B se queda en su casa. Al cabo de un rato, agotado, cae en un sueño profundo. X, como no podía ser menos, aparece en su sueño.


Al despertar cree saber quién es el asesino. Ha visto su rostro. Esa noche sale con el hermano de X, entran en bares y hablan de cosas banales y por más que procuran emborracharse no lo consiguen. Cuando vuelven a casa, caminando por calles vacías, B le dice que una vez llamó a X y que no habló. Qué putada, dice el hermano de X. Sólo lo hice una vez, dice B, pero entonces comprendí que X solía recibir ese tipo de llamadas. Y creía que era yo. ¿Lo entiendes?, dice B. ¿El asesino es el tipo de las llamadas anónimas?, pregunta el hermano de X. Exacto, dice B. Y X pensaba que era yo. El hermano de X arruga el entrecejo; yo creo, dice, que el asesino es uno de sus ex amantes, mi hermana tenía muchos pretendientes. B prefiere no contestar (el hermano de X, a su parecer, no ha entendido nada) y ambos permanecen en silencio hasta llegar a casa.


En el ascensor B siente deseos de vomitar. Lo dice: voy a vomitar. Aguántate, dice el hermano de X. Luego caminan aprisa por el pasillo, el hermano de X abre la puerta y B entra disparado buscando el cuarto de baño. Pero al llegar allí ya no tiene ganas de vomitar. Está sudando y le duele el estómago, pero no puede vomitar. El inodoro, con la tapa levantada, le parece una boca toda encías riéndose de él. O riéndose de alguien, en todo caso. Después de lavarse la cara se mira en el espejo: su rostro está blanco como una hoja de papel. Lo que resta de noche apenas puede dormir y se lo pasa intentando leer y escuchando los ronquidos del hermano de X. Al día siguiente se despiden y B vuelve a Barcelona. Nunca más visitaré esta ciudad, piensa, porque X ya no está aquí.


Una semana después el hermano de X lo llama por teléfono para decirle que la policía ha cogido al asesino. El tipo molestaba a X, dice el hermano, con llamadas anónimas. B no responde. Un antiguo enamorado, dice el hermano de X. Me alegra saberlo, dice B, gracias por llamarme. Luego el hermano de X cuelga y B se queda solo.


Llamadas telefónicas Roberto Bolaño 


jueves, 15 de enero de 2026

0789: Carta a Javier Bardem

 Elijo el nombre de Javier Bardem, y no es al azar. Podría haber dirigido esta carta simbólica a Angelina Jolie, o a Billie Eilish, o a esa encarnación del antisemitismo más ruin que es Roger Waters. Y más allá del mundo rutilante del famoseo, la lista de dirigentes políticos que podrían merecerla pululan por todos los rincones de la demagogia. Ahí están los Pedro Sánchez, los Petro, los Mélenchon, los Iglesias..., todos esos ruidosos justicieros que escupen su propaganda desde el atrio de su soberbia moral. Muchos..., tantos..., tan presentes y estridentes hace poco tiempo, y ahora tan ausentes y callados.


Pero de todos ellos, escojo a Javier Bardem porque nadie encarna con tanta precisión la indecencia de una izquierda caviar que solo alza el puño, con impostada indignación, cuando la causa cuadra con su obsesión ideológica. Ese Bardem enfundado en el Free Palestine que cumple con todos los requisitos del activismo sectario. “Un actor comprometido”, dicen los titulares rutilantes, pero se olvidan del verbo que lo acompaña: Comprometido, depende... Depende de si Israel tiene algo que ver, o los estadounidenses, o el colonialismo capitalista, o Trump, o las derechas pérfidas... Es el prototipo del “no jews, no news”, de manera que si no hay judíos o yankees de por medio, no hay causa, no hay pancarta y no hay indignación. Son los progresistas de nuestro tiempo, tipos de grito en la manifestación y verbo acusador que deciden qué causas son dignas, y quiénes son víctimas y quiénes verdugos. Nunca, en la historia de la lucha por los derechos humanos, hubo tanta hipocresía arrogante y rastrera como ahora.


¿Dónde están? ¿Dónde estuvieron? Nunca los oímos cuando Hamas convertía Gaza en una cárcel de dos millones de personas, a las que saqueaba, empobrecía, reprimía y condenaba a un ciclo permanente de violencia. Nunca los oímos cuando el Yemen languidecía en años de guerra atroz, sacudida por la locura chiíta. Nunca, cuando Irán fabricaba su círculo de fuego, aupando al dictador sirio, financiando las peores organizaciones yihadistas y destruyendo el Líbano, mientras amenazaba con destruir a Israel. Tampoco los oímos cuando miles de israelíes sufrieron el terror del 7 de octubre: bebés en sus cunas, familias enteras, ancianos, jóvenes cantando en un festival, muertos, heridos, secuestrados. Su silencio, cuando las mujeres nos explicaban el horror de sus cuerpos violados. Su silencio cuando los bebés eran ahogados... Nunca hubo flotillas para ellos.


Y otros, tantos silencios. Nunca los oímos cuando Afganistán se convertía en un terrible infierno para las mujeres, las niñas sin escuelas, las jóvenes sin rostro, el aliento detrás de una cárcel de tela. Nunca en el horror de Sudán, nunca en el dolor cristiano en Nigeria, nunca en ningún lugar, porque si los malos no son los que ellos homologan ideológicamente, no existen víctimas, ni existen causas.


Por eso nunca les oímos hablar del dolor de los iraníes. A pesar de que el terrible régimen de los ayatollahs hubiera convertido la libertad en un crimen penal, y sustentara su poder en la represión y la muerte, nunca oímos a los Bardem. Al contrario, fueron esas izquierdas moralistas y doctrinarias las que antaño iban a visitar al “libertador de los persas”, un tal Khomeini y aplaudieron su “revolución social”. Durante décadas, nunca les preocupó la represión contra los ciudadanos iraníes, directores de cine encarcelados, opositores condenados a muerte, estudiantes torturados, nunca, nada... Al contrario: algunos de esos gurús de la izquierda irredenta se convirtieron en periodistas de los canales iraníes que intentaban vender su veneno a través de Hispan TV. Ahí están los Pablo Iglesias.


Y por eso ahora, cuando Irán arde por todos sus costados, con un pueblo extraordinariamente valiente que se enfrenta directamente a la muerte, y con miles de ellos siendo asesinados, todos estos actores, periodistas, políticos “comprometidos” no están, no hablan, no gritan, no levantan pancartas, no montan excursiones en flotillas, nada. Quizás alguna Irene Montero se despista y dice algo pero solo para avisar que Trump es muy malo y que Israel tiene la culpa de lo que ocurre en Irán.


Esta es la miseria de una izquierda tuerta y dogmática que ha ideologizado tanto las causas universales, que acaba siendo cómplice de los verdugos. Su obsesión antioccidental y su paternalismo arrogante hacia el Islam los ha convertido en incapaces para la causa de la libertad. Hablan mucho de ella, pero retuercen su significado hasta dejarla hueca.


Ese es el activismo de los Bardem de turno: un grito vacío. Moralistas de doble moral y progresistas a tiempo parcial, no forman parte de la solución, pero sin ninguna duda, forman parte del problema.


Por Pilar Rahola


miércoles, 14 de enero de 2026

0788: macondo

 José Arcadio Buendía no supo en qué momento se le subió a las manos la fuerza juvenil con que derribaba un caballo. Agarró a don Apolinar Moscote par la solapa y lo levantó a la altura de sus ojos.

-Esto lo hago -le dijo- porque prefiero cargarlo vivo y no tener que seguir cargándolo muerto por el resto de mi vida. 

Así la llevó por la mitad de la calle, suspendido por las solapas, hasta que lo puso sobre sus dos pies en el camino de la ciénaga. Una semana después estaba de regreso con seis soldados descalzos y harapientos, armados con escopetas, y una carreta de bueyes donde viajaban su mujer y sus siete hijas. Más tarde llegaran otras dos carretas con los muebles, los baúles y los utensilios domésticos. Instaló la familia en el Hotel de Jacob, mientras conseguía una casa, y volvió a abrir el despacho protegido por los soldados.

Los fundadores de Macondo, resueltos a expulsar a los invasores, fueron con sus hijos mayores a ponerse a disposición de José Arcadio Buendía. Pera él se opuso, según explicó, porque don Apolinar Moscote había vuelto con su mujer y sus 

hijas, y no era cosa de hombres abochornar a otros delante de su familia. Así que decidió arreglar la situación por las buenas. 

Aureliano lo acompañó. Ya para entonces había empezado a cultivar el bigote negro de puntas engomadas, y tenía la voz un poco estentórea 

que había de caracterizarlo en la guerra. Desarmados, sin hacer caso de la guardia, entraron al despacho del corregidor. Don Apolinar Moscote no perdió la serenidad. Les presentó a dos de sus hijas que se encontraban allí por casualidad: Amparo, de dieciséis años, morena como su madre, y Remedios, de apenas nueve años, una preciosa niña con piel de lirio y ojos verdes. Eran graciosas y bien educadas. Tan pronto como ellos entraron, antes de ser presentadas, les acercaron sillas para que se sentaran. Pero ambos permanecieron de pie.

-Muy bien, amigo -dijo José Arcadio Buendía-, usted se queda aquí, pero no porque tenga en la puerta esos bandoleros de trabuco, sino por consideración a su señora esposa y a sus hijas. 

Don Apolinar Moscote se desconcertó, pero José Arcadio Buendía no le dio tiempo de replicar. «Sólo le ponemos dos condiciones -agregó-. La primera: que cada quien pinta su casa del color que le dé la gana. La segunda: que los soldados se van en seguida. Nosotros le garantizamos el orden.» El corregidor levantó la mano derecha con todos los dedos extendidos. 

-¿Palabra de honor? 

-Palabra de enemigo -dijo José Arcadio Buendía. Y añadió en un tono amargo- Porque una cosa le quiero decir: usted y yo seguimos siendo enemigos. 

Esa misma tarde se fueran los soldados. Pocos días después José Arcadio Buendía le consiguió una casa a la familia del corregidor. Todo el mundo quedó en paz, menos Aureliano. La imagen de Remedios, la hija menor del corregidor, que por su edad hubiera podido ser hija suya, le quedó doliendo en alguna parte del cuerpo. Era una sensación física que casi le molestaba para caminar, como una piedrecita en el zapato.