miércoles, 18 de marzo de 2026

0896: la magia de Ray Bradbury

“Escribí el título, ‘El lago’, en la primera página de una historia que se terminó dos horas más tarde, sentado ante mi máquina en un porche, al sol, con lágrimas cayéndome de la nariz y el pelo de la nuca erizado”, confesó, por escrito, años más tarde. ¿Por qué el pelo erizado, y las lágrimas? Porque “por fin había escrito un cuento realmente bueno”. El primero en diez años. “Y no solo era un buen cuento sino una especie de híbrido, algo al borde de lo nuevo. No un cuento de fantasmas tradicional”, se dijo. Lo envió a su agente, Julie Schwartz, y le gustó pero no le mintió. Va a costar venderla, dijo. Es distinta, le dijo también. Y pienso en Ursula K. Le Guin y su pipa en conferencias de todo tipo, y en eso que nadie sabía cómo tratar –su propia literatura extraña–, y me digo que el género, o eso que se tiene como tal, se teme a sí mismo inexplicablemente, teniendo en cuenta de qué forma una y otra vez todo aquello que se tuvo por (RARO) o (NO CLASIFICABLE), acabó expandiendo un límite que no debería existir en un tipo de literatura que se jacta de (CREER) que todo, cualquier cosa, es (POSIBLE). Un tipo de literatura tan (ALTÍSIMA), en ocasiones, como el resto. ¿Que qué pasó con “El lago”? Oh, pasó que Weird Tales, la revista, consintió finalmente en publicarlo –después de, en palabras de Bradbury, dar “unas vueltas alrededor” y tocarlo “con una vara de tres metros”–, a cambio de que el escritor se comprometiese a enviar la próxima vez un cuento de fantasmas (TRADICIONAL), nada que resultase en absoluto ostentoso y único, algo aceptable, un animal dolorosamente domesticado.

Bradbury accedió. “Me dieron 20 dólares y todo el mundo feliz”, escribió al respecto, y añadió un: (YA SABEN CÓMO ACABA LA COSA). Fue precisamente aquel cuento el que llevó a editores de otras revistas a alzar la vista y preguntarse (¿QUIÉN ES ESE TAL BRADBURY?) y (¿QUÉ ES EXACTAMENTE LO QUE ACABO DE LEER?), y sin embargo, durante un tiempo, el propio Bradbury no se atrevió a escribir otra cosa que cuentos de fantasmas (TRADICIONALES).

Pero las palabras, los sustantivos, seguían ahí, acumulándose en ese pedazo de papel. (EL PRADO) (EL ARCÓN DE LOS JUGUETES) (EL MONSTRUO) (TIRANOUSARIO REX) (EL VIEJO) (EL TELÉFONO) (LAS ACERAS) (EL ATAÚD) (EL MAGO) (LA SILLA ELÉCTRICA). Eran, escribió, “provocaciones”. Les diré cómo funcionaba la cosa cada vez. Porque estamos aquí para explorar la mente de (RAY BRADBURY), y entender cómo se formó su otro mundo, ese otro mundo hecho de mundos, tan sólido –tan ficcionalmente real– que en breve llevará (UN SIGLO), (¡UN SIGLO!), recibiendo visitantes, y acogiendo habitantes, acogiendo lectores y lectoras que no seríamos los mismos si no hubiéramos pasado un tiempo en (MARTE), oh, y no solo en (MARTE), en cualquiera de esos (HUESOS DE DINOSAURIO), en el sentido de viejas y valiosas cosas, rastros de otras épocas, que, decía, se amontonaban en su cerebro. “Si no hubiera urdido esas recetas para el Descubrimiento, nunca me habría transformado en el picoteante arqueólogo o antropólogo que soy ahora. Ese grajo que busca objetos brillantes, extrañas carcasas y fémures deformes en los túmulos de basura que tengo en el cráneo, donde, junto con los restos de las colisiones con la vida, se esparcen Buck Rogers, Tarzán, Johan Carter, Quasimodo y todas las criaturas que me dieron ganas de vivir para siempre". Piénselo, cada uno de los relatos en los que están a punto de (DESAPARECER) contiene pedazos de cosas vividas, y sentidas. Porque el descubrimiento –esas “recetas para el Descubrimiento”– era el descubrimiento de sí mismo.

“Si alguno de ustedes es escritor, o espera serlo, listas similares, sacadas de las barracas del cerebro, le ayudarán a descubrirse a sí mismo, del mismo modo que yo anduve dando bandazos hasta que al fin me encontré”. La cita está extraída de Date prisa, no te muevas, o la cosa al final de la escalera, o nuevos fantasmas de mentes viejas, ese pequeño ensayo brújula de título maravillosamente interminable. Cuenta en él Bradbury cómo edificaba cada relato a partir de esas palabras. Empezaba tratando de escribir un “largo ensayo-poema en prosa”, lo que no deja de ser una manera de (CONECTAR) con todo aquello que la palabra le sugería –con ese buscador de tesoros mental–, y “en algún punto de la mitad de la primera página, o quizás en la segunda, el poema en prosa se convertía en relato. Lo cual quiere decir que pronto aparecía un personaje diciendo (ESE SOY YO) o quizás (¡ESA IDEA ME GUSTA!). Y luego el personaje acababa el cuento por mí“. Así de sencillo. Observen lo que ocurrió cuando se topó con (ESQUELETO). ”Recordé las primeras obras de arte de mi infancia. Dibujaba esqueletos para asustar a mis primitas", recuerda. Le fascinaban los esqueletos. Y estaba dándole vueltas a qué podía hacer con ellos, cuando entró en la consulta de su médico, porque le dolía la garganta. Después de examinarle, el médico le dijo:

–¿Sabes qué tienes?

–¿Qué?

–¡Descubrimiento de laringe! Tómate una aspirina. ¡Dos dólares, por favor!

“¡Descubrimiento de laringe! ¡Dios mío, qué hermoso!“, pensó el escritor, que volvió a casa, dice, ”trotando, palpándome la garganta, y después las rodillas, y la medulla oblongata y las rótulas. ¡Moisés santo! ¿Por qué no escribir un cuento de un hombre aterrorizado que descubre debajo de la piel, en la carne, escondido, un símbolo de todos los horrores góticos de la historia, un esqueleto?“. Eso es ”El esqueleto". Ray Bradbury es el señor Harris gritando “¡Todos estos años he ido por ahí con un…, esqueleto dentro!“. He aquí la realidad que descubre bajo la realidad aparente. Una que empieza a crecer tras la revelación –no literalmente, solo en su cabeza–, y devora por completo aquello que había sido su vida hasta el momento. Podría decirse que cada uno de estos cuentos es el retrato de una obsesión, o la forma en que esa obsesión devora cada vez la mente del escritor, y en ese sentido, cada cuento de Ray Bradbury es a la vez la exploración de una (IDEA) en marcha, y el hallazgo de la (IDEA) en cuestión, oculta a simple vista, sin otro filtro que el del (ENTUSIASMO), y el momento. Piensen en “La multitud”. El relato que trata de qué sospechosa manera cualquier accidente está siempre rodeado por una pequeña multitud. Incluso los accidentes más remotos. Cuando Ray Bradbury se topó con la palabra en su lista, (LA MULTITUD), se teletransportó automáticamente al momento en que vio su primer muerto. Ray tenía quince años. Estaba en casa de un amigo y había oído un estruendo. Salió corriendo a la calle, y vio que un coche se había llevado por delante una valla, y luego había chocado contra un poste de teléfono y se había partido por la mitad. Había dos hombres muertos en el asfalto, y una mujer murió justo cuando él llegó y otro hombre al poco. Pasó semanas sin poder quitárselo de la cabeza. Pero no cayó en la cuenta entonces en el asunto de la multitud. El accidente había ocurrido en una intersección flanqueada, por un lado, por fábricas vacías y un patio de escuela abandonado, y por el otro, por un cementerio. Y, sin embargo, se había formado una pequeña multitud alrededor del accidente. Pero ¿cómo lo había hecho? La casa de su amigo estaba casi delante y él había salido corriendo nada más oír el ruido. ¿No había sido aquello raro? “Después de escribir apenas unos minutos se me ocurrió que esa multitud era siempre la misma multitud, que se reunía en todos los accidentes", dijo Bradbury al respecto. ¿Que quién la forma? Uhm. Lean el cuento. Y pregúntense por qué la realidad a veces parece algo que no podría, de ninguna de las maneras, ser. Y, sin embargo, ¿no estamos aquí?

Si el mundo se abre para dar con otro en su interior en buena parte de las historias del genio de Waukegan (ILLINOIS), y esa, se diría, es la constante en su narrativa –la de ofrecer una (SALIDA)–, ocurre que, cuando esta no deriva hacia algún tipo de (HORROR) o (PESADILLA) –tal vez se pregunten a qué viene tanta obsesión con las ferias, y les diré que lo que pasó fue que el niño Bradbury visitó una en la que había todo tipo de tarros con cosas espeluznantes siendo aún demasiado sensible a aquello en que los niños creen firmemente, la fantasía, o el relato que en algún momento se construyó para hacer del mundo un lugar menos tangible, para permitirnos soñar, o pasar miedo, alejarnos de lo posible, y quedó para siempre atrapado en ella, a conciencia, no la dejó marchar porque sabía que dejarla marchar era dejar marchar la parte que más brillaba de sí mismo–, deriva a algún tipo de (SUEÑO). Porque la narrativa de Ray Bradbury, estos cuentos, ya verán, son también sueños. Si quieren saber exactamente de qué hablo, apresúrense a buscar en el índice de este volumen ”Usher II [Abril de 2005]", y échenle un vistazo. Ahora saben que el adolescente Bradbury –oh, Bradbury decidió que sería escritor a los 12 años, una Navidad, después de recibir como regalo una máquina de escribir; antes, a los 11, había decidido que sería mago y recorrería el mundo con sus hechizos, y “me guste o no, al fin y al cabo soy una especie de mago”, se dijo en otro de sus famosos ensayos brújula¹– era lector de Edgar Allan Poe. También es probable que sepan que “La caída de la Casa Usher” es un relato de Poe, y un clásico. Verán cómo nuestro relato da comienzo de la misma forma que aquel, y que en él, un tal William Stendhal –fíjense en ese apellido, y tendrán mil pistas, (STENDHAL)–, contempla la casa que ha encargado a hacer a un tal Bigelow –un arquitecto–, en Marte. Es, por supuesto, una réplica de la Casa Usher, y es un sueño. Es decir, no es que no esté ocurriendo, sino que para Stendhal, poseerla lo es. Pero en el mundo en el que ese Stendhal y ese Bigelow viven hay algo llamado Climas Morales, y algo llamado Desmontadores y Equipo de Quemas. Y hasta aquí pienso contar. Porque ese pequeño y portentoso cuento contiene una distopía –el mundo en el que vivimos entonces, el futuro, la (PESADILLA)–, y a la vez, un sueño cumplido. La historia está construida, como es habitual, a partir de unos diálogos inquietantes por lo que tienen de inesperados, la situación en la que el escritor acaba de arrojarnos es (NUEVA), está aún solo en su cabeza, y ahí está ese tipo, o ese otro, con el teléfono en la mano, llamando a alguien para contarle algo que ha visto, o ahí está esa voz, que sale del mismísimo (TECHO) de la cocina, diciendo que “hoy es cuatro de agosto de dos mil veintiséis, en la ciudad de Allendale, California”, diciendo que “hoy es el cumpleaños del señor Featherstone” y “el aniversario de bodas de Tilita” y diciendo también que “hay que pagar la factura del seguro y también las del agua, el gas y la luz”. ¿Y no es maravilloso? Esa voz ha creado un mundo incierto. Un mundo desconocido. Misterioso. Y ¿saben qué? Ya estamos dentro. Y no sabemos lo que va a pasar a continuación. Porque esto es lo que ocurre con las historias de Ray Bradbury. Como en ellas (TODO) es (POSIBLE), no podemos anticipar nada, porque aún no sabemos cómo funciona el (MUNDO) que describen, y ¿a qué les recuerda eso? Uhm, venga, piénsenlo. ¿No les recuerda a lo que ocurría cuando eran niños, y niñas? ¿No era cualquier cosa posible cuando abrían una de estas (PUERTAS)? Y con (PUERTAS) me refiero a las cubiertas de libros como (ESTE), pequeñas casas a las que mudarse durante mucho tiempo, a veces durante todo el tiempo. Yo, como Bradbury, considero que “uno tiene que mantenerse borracho de escritura para que la realidad no lo destruya”. Y esa escritura es, primero, y sobre todo, la escritura de los demás. Esos a los que buscas desesperadamente. Amigos a los que conoces demasiado bien porque, como diría Stephen King, has estado en su cabeza. ¿O no es la lectura un acto telepático? ¿No están ustedes a punto de reescribir, o revivir, escuchar en su cabeza, las palabras que el genio de Waukegan, (ILLINOIS), el tipo de las gafas de pasta negras y la sonrisa inmutable, el hombre que escribió una novela –¡y no cualquiera, Farenheit 451!– en tan solo dieciocho días, alquilando por horas una máquina de escribir en la biblioteca pública porque si se quedaba en casa no escribía porque sus hijas querían que jugara con ellas y no sabía cómo decirles que no, pronunció, por escrito, en ese pasado que, aquí dentro, será para siempre (PRESENTE)?

Oh, sí.

Eso es justo lo que van a hacer a continuación.

Pero antes les diré algo más.

Fue Elizabeth Charlier, luego Elizabeth Brown, quien dijo que Fredric Brown odiaba escribir, pero adoraba haber escrito. Fredric Brown es probablemente uno de los escritores de ciencia ficción más divertidos de la Historia, y sin embargo, según Elizabeth, su segunda mujer, odiaba escribir.

A Ray Bradbury nada le gustaba más que escribir. Todo en su escritura es lúdico. El proceso mismo de la búsqueda de una idea, el (ALGO) sobre el que escribir, lo es. Piensen en ese pedazo de papel. Sigue sobre la mesa. “Soy una rareza de feria, el hombre con un niño dentro que lo recuerda todo”, escribió Bradbury. “A mí, fíjense ustedes, las historias me han guiado por la vida. Ellas gritan, yo voy detrás. Ellas echan a correr y me muerden los tobillos, yo respondo escribiendo todo lo que pasa durante la mordida. Cuando termino, la idea me suelta y se va”, escribió. “Así es la vida que he tenido [...] ¿Y el viaje? Exactamente la mitad terror, la mitad júbilo", escribió.

Como, exactamente, cada uno de estos cuentos.

Conjuren sus palabras, alerten a su personalidad secreta, saboreen la oscuridad.

Déjenme meterme en la piel del señor Bigelow, el arquitecto que ha fabricado la Casa Usher II en Marte, y decirles, como le dijo al señor Stendhal:

–Está terminada. Aquí tiene la llave, señor.

Y quedémonos callados, ustedes y yo, en la tarde quieta de agosto, mientras los planos susurran a nuestros pies sobre la hierba azabache.

Ya estamos ahí.

——————

¹ En concreto, en Cómo alimentar a una musa y conservarla, siendo la musa tu propio inconsciente, es decir, tú mismo, oh, en realidad, eso que Bradbury llama “tu personalidad secreta”, a quien debes suministrar una dieta equilibrada, de todo y cualquier cosa, sin prejuicios. “Esto no significa que en distintos momentos uno tenga que reaccionar a todo de igual forma. Para empezar es imposible. A los diez uno acepta a Verne y rechaza a Huxley. A los dieciocho acepta a Thomas Wolfe y deja atrás a Buck Rogers. A los treinta descubre a Melville y pierde a Thomas Wolfe“, dice el escritor. Pero, y he aquí lo importante: algo permanece. ”Permanece la constante: la búsqueda, el encuentro, la admiración, el amor, la respuesta sincera a los materiales accesibles, por muy raídos que parezcan, cuando un día se vuelve a mirarlos", dice, y les diría que le hagan caso, y también, que los cuentos que están a punto de leer no existirían sin esa mirada por completo limpia, y encantadoramente apasionada.


 

lunes, 16 de marzo de 2026

0895: El 16 de marzo de 1984

-¿Por qué, Gary, por qué lo hiciste? – le preguntó el policía de Baton Rouge que lo redujo, cuando el hombre tenía todavía la pistola en la mano.

-Si alguien se lo hiciera a tu hijo, vos también lo harías – respondió Gary Plauché sin ofrecer resistencia. 

A sus pies yacía el cuerpo agonizante de Jeffrey Doucet con un balazo en la cabeza. Todo quedó registrado por las cámaras del canal local WBRZ-TV, uno de cuyos periodistas le había avisado a Plauché el vuelo y la hora de la llegada del secuestrador y violador de su hijo Jody, trasladado por la policía desde Anaheim, California, para juzgarlo.


El secuestrador Jeff Doucet no era un desconocido para los padres de Jody. Todo lo contrario, era una persona de su confianza, a la que querían y respetaban. El chico tenía diez años cuando lo inscribieron, junto con sus tres hermanos, en las clases de karate que daba ese exmarine afable en su dojo de la ciudad. Los padres de Jody estaban separados y esa actividad le hacía bien a su hijo, que llegó incluso a ganar un trofeo en el torneo Fort Worth Pro-Am. Entrevistado por un diario local, Gary Plauché dijo entonces de Doucet: “Él es nuestro mejor amigo”.


El padre y el hijo

Durante el juicio contra Gary Plauché por el asesinato de Jeffrey Doucet, la presión pública se hizo sentir. Eran muchos los que justificaban que hubiese matado al secuestrador y violador de su hijo; otros no aplaudían su venganza, pero opinaban que no debía ir a la cárcel aunque hubiera hecho justicia por mano propia.


El padre de Jody fue acusado inicialmente de asesinato en segundo grado, pero aceptó un acuerdo que le permitió declararse culpable de homicidio involuntario. Fue sentenciado a siete años, con cinco años de libertad condicional y 300 horas de servicio comunitario, que completó en 1989. El juez Frank Saia dictaminó que enviar a Plauché a prisión no ayudaría a nadie y que prácticamente no había riesgo de que cometiera otro delito.


En un primer momento, Jody culpó a su padre por la decisión de matar a su abusador. “Después de que ocurriera el tiroteo, estaba muy molesto con lo que hizo mi padre. No lo quería a Jeff muerto. Solo quería que se pudriera en la cárcel. Con el tiempo pude superarlo y finalmente acepté a mi padre de nuevo en mi vida, y volvimos a la normalidad”, recordó muchos años después, cuando ya era un adulto.


Pasarían muchos años hasta que padre e hijo pudieran mantener este diálogo:

-Entiendo por qué lo hiciste. Ya no estoy enojado con vos – le dijo Jody.

-Te quiero – le respondió emocionado su padre.


Cuando Gary murió en 2014, a los 69 años, como consecuencia de un derrame cerebral, Jody lo lloró sin reparos. Los abusos a los que lo sometió Doucet y el asesinato por venganza cometido por Gary marcaron para siempre la vida de Jody Plauché, que se convirtió en un notorio activista contra la violencia y comenzó a recorrer el país dando charlas para padres sobre las formas en que pueden proteger a sus hijos de los abusadores sexuales. Termina esas conferencias siempre con la misma frase: “Pase lo que pase, nunca tomen la justicia por mano propia.”

 

martes, 10 de marzo de 2026

0894: debes saber esto.

Hace ya un titipuchal de tiempo hice mi servicio social en una comunidad rural, un pueblito situado a 70 kilómetros de Torreón.

Fue mi primer contacto como médico con las creencias y costumbres de la gente, y fueron también mis primeros pleitos en contra de los remedios tradicionales que pretenden curar, pero que son inútiles y a veces peligrosos. Siempre perdí esos pleitos y los sigo perdiendo ahora. 

Las creencias de la gente están muy arraigadas y suele tener más credibilidad la tía Gertrudis que hace barridas con pirul y huevo que el mediquillo ese, que ni sabe nada. La superstición es imposible de desterrar si la ignorancia no se combate desde la raíz. Y aún así, quién sabe…

El “remedio” de levantar la mollera del bebé es una de esas prácticas peligrosas, en primer lugar porque no sirve para nada y retrasa el tratamiento que puede salvar al bebé, y en segundo lugar porque puede causar lesiones a un niño ya enfermo de por sí, o puede lastimar a un niño sano.

Hace 30 años, vi  morir de deshidratación a más de un bebé, porque se “le cayó la mollera” y alguna curandera local, poseedora de “conocimientos ancestrales”, quiso levantar esa mollera volteando al niño de cabeza y con golpes en los pies, jaladas de los pelos, succiones con la boca sobre la cabeza y presionando con los dedos sucios en el paladar.

Eso pasaba hace 30 años y pasa hoy, y no solo en las comunidades rurales, también en las ciudades. 

La mollera es esa parte blanda de arriba de la cabecita de un bebé. Su nombre es “fontanela” que en latín significa ventana pequeña, y sí, eso es.

Para mí, tocar esa mollera con mis dedos, tan suave y frágil, invariablemente me deja una sensación de ternura. No me explico cómo alguien se atreve a maltratarla y como una madre lo permite… pero sigue sucediendo.

Los huesitos del cráneo de un bebé no están unidos al momento de nacer y dejan huecos en la cabecita del pequeño, esas son las molleras. Ventanitas recubiertas de piel y tejido blando, que al tocarlas con los dedos se sienten muy suaves. 

Es común que la mollera esté un poco sumida o un poco levantada, según la postura del bebé y esto es normal, siempre que el niño se encuentre en buenas condiciones.

Pero cuando por diarrea y vómito el niño se deshidrata, esa ventanita se hunde. 

Se hunde porque el niño está seco, porque le falta agua. Está deshidratado y el tratamiento es hidratarlo. 

Trágicamente el desconocimiento de los papás los lleva a que un curandero le “levante la mollera”. Entonces el niño es sometido a un procedimiento traumático e inútil. Cuando por fin llega al hospital puede ser demasiado tarde. 

Otras veces esa mollera está tensa y abombada, si eso se acompaña de malestar general, en un niño que no come, que vomita, tiene fiebre, está tieso o se ve mal, entonces la cosa es más grave, pues puede tratarse de una neuroinfección que si no se atiende de inmediato será fatal.

Lo que he aprendido a lo largo de los años, es que la mamá por más joven que sea, sabe por instinto lo que debe hacer. Sabe que el hospital y el médico es el camino correcto, pero la comadre metiche, la vecina de enfrente, o la tía que viene del rancho tienen más “experiencia”. Ahí empieza la tragedia.

Pon atención a la mollera de tus hijos y dile a tu doctor que te explique EN TU PROPIO BEBÉ, cómo es una mollera normal y qué signos debes vigilar. No pierdas tiempo. Tu comadre del piso de arriba no sabe medicina, ni tu tía Gertrudis tampoco, por favor, haz caso al médico.

Estamos viendo diarreas con vómito, habrá deshidratación. Por eso debes saber esto.


Alberto Estrada 

 

domingo, 8 de marzo de 2026

0893: sexo después de los 50

Naomi Watts tenía el parche pegado en el muslo y no sabía cómo sacárselo sin que él se diera cuenta. Era la primera noche con Billy Crudup y ella llevaba meses postergando ese momento, no por falta de deseo sino por lo que el parche significaba: menopausia, edad, cuerpo que se transforma, fin de algo. El adhesivo era muy fuerte y se había quedado demasiado tiempo en el baño. Cuando volvió, con la marca obvia en la piel, tuvo que decir la verdad. “Estoy en la menopausia y tengo este parche”. Y se encogió esperando lo peor. Él dijo: “Tenemos la misma edad. Esto es ciencia. ¿Cómo puedo ayudar?”. Esa noche, cuenta Watts en su libro Dare I Say It, fue muy buena.

La anécdota circuló en medios de todo el mundo porque tocó algo que millones de mujeres reconocen sin haberlo dicho en voz alta: la vergüenza de envejecer en la intimidad. No es una vergüenza de ahora. Es una vergüenza antigua, construida durante siglos, que le dice a las mujeres que su valor se agota con la fertilidad. Lo nuevo es que cada vez más mujeres la están nombrando. Y al nombrarla, la están desmontando.

Pero hay algo que todavía no se dice suficientemente. Algo que se esconde detrás de tanto relato de empoderamiento y liberación tardía: que no todas queremos lo mismo, que no todas envejecemos igual, y que el nuevo mandato de seguir siendo deseantes y sexualmente activas puede ser tan opresivo como el viejo silencio.


Lo que la biología dice y lo que no dice

La caída de estrógenos en la menopausia produce cambios reales en el cuerpo. La mucosa vaginal se adelgaza y puede secarse, la lubricación puede disminuir, y en algunos casos el deseo se modifica. Son datos clínicos verificables. Pero la ciencia de los últimos años también muestra otra cosa: que los factores biológicos no son los principales determinantes de la vida sexual de las mujeres maduras. Un estudio de la Universidad de Zúrich comprobó que el estado anímico, la autoimagen y la calidad del vínculo pesan mucho más que los niveles hormonales. El clítoris no pierde sensibilidad con la edad. El cerebro no deja de fantasear.

Esther Díaz lo vivió en carne propia. La filósofa que hoy tiene 85 años y sigue activa, pública y vitalmente encendida, cuenta que su vida sexual empezó verdaderamente a los 50. En la entrevista que le dio a Mil Horas no hay nostalgia ni resignación: hay una mujer que encontró su erotismo cuando dejó de cargarlo con las expectativas de los otros.

Flora Proverbio llegó a conclusiones parecidas desde otro lugar: la investigación. Para escribir Triángulos Plateados, entrevistó a más de setenta mujeres de América Latina, y realizó una encuesta con 1150 participantes. Lo que encontró fue un mapa diverso, contradictorio, lleno de matices. Hay mujeres que a los 60 están descubriendo el placer por primera vez. Hay otras que lo perdieron y no lo extrañan. Hay quienes redefinieron el erotismo alejándolo del coito y encontraron algo mejor. Y hay quienes están angustiadas no porque no tengan deseo sino porque sienten que deberían tenerlo. El título del libro —Triángulos plateados, los vellos púbicos poblados de canas— es una provocación: el cuerpo que envejece también puede ser el cuerpo del deseo.

En La Revolución de las Viejas, yo misma escribí sobre la menopausia desde adentro. Lo que aparece en ese capítulo no es un manual de instrucciones para seguir siendo sexy después de los 50. Es una pregunta más incómoda: ¿de quién es este cuerpo? ¿Quién decide qué se supone que tiene que sentir?

Así también es mi vida. En los chats de amigas, en las mesas y las fiestas, conviven las que están en Tinder, las que prueban conocer a alguien cada semana, y las que decimos: llegué por fin a una vida bonita, serena y armada, no necesito nada que venga a desordenarla. Y en ese “no necesito nada” hay también una biografía: la de quienes vivimos las relaciones con los hombres como fuente inagotable de intensidad, placer, diversión… y problemas. Y ahí aparece siempre la amiga que dice: “ya vas a volver”, como si hubiera algún lugar seguro al que volver, como si el desorden fuera la única forma legítima de estar viva.


El armario de los óvulos

Mientras el parche de Naomi Watts generaba titulares y conversaciones, algo mucho más cotidiano seguía pasando en silencio en consultorios de todo el país: mujeres que no le preguntan a su ginecólogo sobre la sequedad vaginal porque les da vergüenza, y ginecólogos que no preguntan sobre la vida sexual de sus pacientes de 65 años porque asumen que ya no existe.

Existe tratamiento eficaz, seguro y económico: óvulos y geles de estrógenos de aplicación local que actúan sobre la mucosa vaginal sin efectos sistémicos. Están disponibles en farmacias. Y sin embargo, para una proporción enorme de mujeres son completamente desconocidos. El tabú opera en los dos lados del escritorio.

Ingrid Beck y Mariana Carbajal lo documentaron en Encendidas, el libro que escribieron juntas sobre menopausia y salud femenina, y que se volvió una referencia insoslayable del tema: muchos ginecólogos no se actualizaron sobre climaterio, y sus pacientes lo pagan con años de incomodidad innecesaria. La frase que resume la situación no es elegante pero es exacta: deberían poner un cartel en la puerta que diga que no son especialistas en climaterio.

La asimetría con el tratamiento de la disfunción sexual masculina es tan grande que ya casi no sorprende mencionarla, aunque siga siendo escandalosa. La FDA aprobó el Viagra en 1998. Desde entonces, se desarrollaron y aprobaron al menos seis medicamentos distintos para la disfunción eréctil masculina. El primer tratamiento farmacológico para el deseo sexual hipoactivo femenino fue rechazado dos veces antes de ser aprobado con controversia en 2015. La disfunción eréctil fue tratada desde el primer día como un problema técnico con solución técnica urgente. La sexualidad femenina fue clasificada como un asunto “complejo”, “emocional”, “difícil de medir”. La diferencia no es científica. Es política.


El doble estándar que no necesita explicación

Alberto Cormillot fue padre a los 83 años. Costantini lo fue a los 78. Ambos recibieron cobertura periodística festiva, preguntas sobre la emoción de la paternidad tardía, alguna broma afectuosa sobre el esfuerzo requerido. Nadie cuestionó seriamente su vitalidad ni su derecho a rehacer la vida con mujeres décadas más jóvenes. Es el orden natural de las cosas.

Madonna tiene 67 años y sale con Akeem Morris, que tiene 29. La relación generó debates interminables en redes, análisis de sus fotos en busca de signos de decadencia, especulaciones sobre quién se beneficia de qué, preguntas sobre si ella está bien de la cabeza. Cuando los medios la tratan con algo parecido a la misma benevolencia que a Cormillot o a Costantini, es noticia.

Brigitte Macron tiene 24 años más que el presidente de Francia. Ha sido objeto de teorías conspirativas sobre su cuerpo, su identidad, su historia. DiCaprio sale con mujeres que no superan los 25 y el tema apenas merece una nota de color. La asimetría no requiere análisis: se ve sola. Un hombre mayor con una mujer joven es amor, experiencia, poder bien usado. Una mujer mayor con un hombre joven es patología, ridículo, objeto de escrutinio. Esther Díaz lo formula sin rodeos: la sociedad acepta que los viejos tengan mujeres mucho más jóvenes. No acepta lo contrario.


La trampa que nadie ve

Pero hay algo más, y es lo que más le cuesta decirse en voz alta a las mujeres de 60 y 70 que forman parte de la generación que hizo la revolución sexual.

Las boomers y la Generación X llegaron a la madurez habiendo peleado por el derecho al placer. Vivieron los años setenta y noventa convencidas de que el deseo era político, que el cuerpo era propio, que el silencio era complicidad. Esa convicción fue y sigue siendo un logro histórico. Pero tuvo, como todos los movimientos, sus propias contradicciones. Porque la misma cultura que las empujó a liberarse también instaló un nuevo modelo: la mujer mayor que sigue siendo deseante, activa, sexualmente vigente, “encendida”. Cambió el mandato, no la obligación de cumplirlo.

Hoy muchas mujeres de esa generación sienten angustia no porque no tengan deseo sino porque sienten que deberían tenerlo. Porque la cultura sex positive de los noventa —que fue liberadora en muchos sentidos— construyó también una nueva norma. Y las que no encajan en esa norma, las que en algún momento de sus vidas eligieron la pausa, el silencio, la resignificación del erotismo lejos del coito y lejos de la performance, quedan sin relato.

Beck y Carbajal lo capturan con humor en Encendidas: llegamos a la menopausia sin que nadie nos hubiera preparado, y encima con la presión de atravesarla bien, de manera positiva, de seguir encendidas. Como si apagarse a veces no fuera también una forma legítima de estar.

La clave está en esa pequeña palabra: si. El deseo en la madurez puede ser una fuente enorme de bienestar, dice Proverbio en Triángulos Plateados. Si nos interesa. Esas dos palabras cambian todo. No como obligación. No como prueba de que el envejecimiento no nos venció. Como elección, cuando es elección.


Cada cuerpo es un mapa distinto

Una de las cosas más difíciles de instalar en la conversación pública sobre sexualidad y vejez es la diversidad real. No hay una experiencia de la menopausia. No hay un modo correcto de envejecer el deseo. Hay mujeres que a los 70 tienen más vida sexual que a los 30. Hay mujeres que eligieron el celibato como forma de libertad. Hay mujeres que redescubrieron el erotismo lejos de la heterosexualidad. Hay mujeres que están recuperando el placer de a poco, después de años de incomodidad física que tenía tratamiento y nadie les ofreció. Y hay mujeres que simplemente no quieren, y que tienen tanto derecho a ese no querer como las otras a su sí.

Lo que el movimiento que empezó con Naomi Watts y siguió con Oprah y Michelle Obama y llegó acá con las voces de Proverbio y Esther Díaz y Carbajal y Beck está haciendo no es convencer a nadie de que tiene que tener sexo. Es abrir el espacio para que cada mujer pueda elegir, sin vergüenza y sin mandato, qué hacer con su cuerpo y su deseo cuando la vida se alarga.

Eso incluye quitarse el parche antes de que él lo vea, si eso es lo que necesitás esa noche. O dejárselo puesto. O no estar con nadie y no explicarle a nadie por qué. Incluye la sequedad vaginal que tiene tratamiento y el ginecólogo que tendría que haberlo dicho hace diez años. Incluye la filosofía que descubrió el orgasmo a los 50 y la periodista que escribió sobre la menopausia porque era la única forma de entenderla. Incluye el deseo que cambia de forma, que se vuelve más lento, más profundo, menos urgente o simplemente distinto. Y también incluye el silencio que es paz, no derrota.

La revolución que falta no es convencer al mundo de que las viejas también tienen sexo. Es que cada mujer pueda decidir, sin pedirle permiso a nadie, qué hace con el tiempo y el cuerpo que la longevidad le regaló.

Por

Gabriela Cerruti

 

jueves, 5 de marzo de 2026

0892: El diablo y el campesino

Se encuentra un campesino caminando por la orilla de un arroyo, quejándose de lo pobre que es, diciendo que la plata no le alcanza y que quisiera que su poco dinero se multiplicara. De repente aparece el mismísmo diablo y le plantea un desafío, justamente, para hacer que su dinero se multiplique.

El diablo le dice que, para duplicar su dinero, simplemente debe cruzar un puente que atraviesa el arroyo. Cada vez que pase, el dinero que lleve el campesino se duplicará. Puede hacerlo en cualquier dirección, pasar una y otra vez, las veces que quiera, pero con una condición: cada vez que pase, luego de corroborar que su dinero se haya duplicado, debe arrojar al arroyo 24 pesos.

El campesino rápidamente acepta el trato. Va, cruza el arroyo por primera vez y al llegar al otro lado comprueba que el dinero que llevaba en su bolsillo se había duplicado. Cumple con la condición del trato y arroja al arroyo 24 pesos.

Nuevamente cruza el arroyo, y al llegar al otro lado comprueba que su dinero se había multiplicado. Fiel a su palabra con el diablo, respeta el trato y vuelve a arrojar 24 pesos al arroyo. 

Por tercera vez, va el campesino y cruza el arroyo. Cuenta su dinero y ve que, nuevamente, este se había duplicado. Toma 24 pesos y los arroja al arroyo, pero se da cuenta de que esos eran sus últimos 24 pesos.

El campesino se había quedado sin dinero, entonces...



¿Lo resolviste correctamente?



 Antes de aceptar la jugarreta del diablo, el campesino tenía 21 pesos.

Cruza la primera vez: 21 x 2 = 42 Arroja 24 pesos al arroyo:  42 - 24 = 18

Cruza por segunda vez: 18 x 2 = 36 Arroja 24 pesos al arroyo: 36 - 24 = 12

Cruza por tercera vez: 12 x 2 = 24 Arroja 24 pesos al arroyo: 24 - 24 = 0

Hay múltiples formas de arribar a la respuesta correcta. La forma más sencilla era plantear el problema como una ecuación, considerando al dinero inicial como la incógnita.




Momento inicial: X

Cruza la primera vez: 2X Arroja 24 pesos al arroyo: 2X - 24

Cruza la segunda vez: 2 (2X - 24) = 4X - 48 Arroja 24 pesos al arroyo: (4X - 48) - 24 = 4X - 72

Cruza la tercera vez: 2 (4X - 72) = 8X - 144 Arroja 24 pesos al arroyo: (8X - 144) - 24 = 8X - 168

Sabemos, por la letra del problema, que al final el campesino acaba sin dinero, por lo tanto la ecuación se resuelve fácilmente:


8X - 168 = 0

8X = 168

X = 21

¿Cómo arribaste tú a la solución?

 

sábado, 28 de febrero de 2026

0801: El premio mayor a la ignorancia

 Vivimos en el único siglo donde la humanidad tiene toda la información del planeta en el bolsillo…

y aun así piensa menos que nunca.  

Nunca el ser humano tuvo tanto acceso al conocimiento. Y nunca fue tan fácil manipularlo.

Bibliotecas enteras caben en un teléfono. Pero la mayoría lo usa para ver bailes de 15 segundos.

La historia arde, la economía se desmorona, los países se polarizan… y el trending topic es un meme.

Eso no es casualidad. Eso es diseño.

El nuevo orden mundial no necesita cadenas, Necesita distracciones,

No necesita censura. Necesita entretenimiento,

No necesita quemar libros, Le basta con que nadie quiera leerlos  Y entonces pasa lo impensable.

Un artista urbano, construido por la industria del ruido, gana el premio más importante del planeta musical

Bad Bunny. El símbolo perfecto de la época

Y no, esto no es odio personal, Es lectura cultural

Porque no estamos hablando de talento o no talento Estamos hablando de qué se premia… y por qué 

Cuando Grammy Awards coronan algo, están mandando un mensaje global:

“Esto es lo que queremos que consumas.” “Esto es lo que vale.” “Esto es el modelo a seguir.”

Y por primera vez en la historia, el premio mayor no fue para la complejidad, ni para la poesía, ni para la música elaborada

Fue para el estribillo fácil Para la repetición hipnótica Para la letra que no exige pensar

Casualidad… no parece.

La estrategia es simple Mientras menos piensas, más obedeces

Un pueblo que reflexiona cuestiona. Un pueblo que cuestiona incomoda. Un pueblo que incomoda es peligroso.

Pero un pueblo entretenido…es manejable.

Dales ritmo Dales luces Dales farándula Dales ídolos de plástico

Y no preguntarán por inflación Ni por guerras Ni por corrupción Ni por quién mueve realmente los hilos,

Es el circo romano versión WiFi

Antes eran gladiadores

Hoy son premios, escándalos y canciones virales.

El método cambió La intención es la misma

El nuevo analfabetismo

El analfabeto del siglo XXI no es el que no sabe leer Es el que puede leer… y no quiere

El que prefiere coreografías antes que ideas

El que sabe el último chisme de un cantante pero no sabe quién gobierna su país

El que memoriza letras vacías pero nunca ha memorizado una frase que lo haga mejor ser humano.

Eso sí es peligroso.

Porque la ignorancia antigua era inocente

La de ahora es elegida

Y ahí está el premio…

Cuando vi ese Grammy histórico, no pensé: “Qué grande la música latina.”

Pensé: “Qué perfecto el experimento.”

El mundo celebrando el ruido mientras la profundidad muere en silencio.

El aplauso global al entretenimiento superficial mientras los libros acumulan polvo.

Es como si el sistema dijera: Tomen su trofeo. Canten ,Bailen. Disfruten

Nosotros nos encargamos del poder

La ironía final

Lo triste no es el artista

Lo triste es la masa

Porque nadie te obliga a ser profundo

Pero tampoco nadie debería celebrar quedarse vacío

Y mientras el planeta premia lo más fácil, los que piensan parecen raros, incómodos, “intensos”

Leer se volvió raro Reflexionar se volvió pesado Estudiar se volvió anticuado

Pero gritar un coro sin sentido… eso sí es moderno 

Yo lo resumo así , No estamos viviendo la era de la información. Estamos viviendo la era de la distracción masiva.

Y cada premio al ruido es un diploma más para la estupidez colectiva.

El verdadero galardón de este siglo no es un Grammy.

Es el Premio Mundial a la Humanidad Más Fácil de Manipular Y lo estamos ganando… año tras año.


domingo, 22 de febrero de 2026

0800: El erotismo como lenguaje propio

 En 1939 emigró definitivamente a Estados Unidos. Durante la década de 1940, enfrentada a dificultades económicas, comenzó a escribir relatos eróticos por encargo junto a Henry Miller para un “coleccionista anónimo” que pagaba un dólar por página. Al principio consideró esos textos como caricaturas extremas, ejercicios casi clandestinos. Pero con el tiempo supo que allí había descubierto un territorio literario propio.

El erotismo escrito por una mujer tenía otra textura, otra respiración. Anaïs Nin describía el deseo desde una perspectiva interior, alejándose de estereotipos y miradas ajenas. Sus relatos no se limitaban a la descripción física: exploraban la subjetividad del deseo, sus ambigüedades, su potencia emocional, sus contradicciones y los matices de la intimidad. En sus textos, el erotismo se vinculaba con la imaginación, el juego, la memoria y la búsqueda de identidad, convirtiendo la experiencia sexual en un camino de autoconocimiento y libertad.

Décadas más tarde, esa mirada singular encontró público y forma en volúmenes como Delta de Venus (1977) y Pájaros de fuego (Little Birds, 1979), consolidándola como la primera mujer occidental contemporánea en alcanzar reconocimiento masivo por su literatura erótica. Su obra abrió puertas a nuevas formas de narrar el deseo y sentó un precedente para autoras que, años después, se animarían a explorar territorios similares.

En una época en que la sexualidad femenina era tabú, Nin la convirtió en materia narrativa legítima. Fue rechazada por algunos editores por “indecente” y por otros por “demasiado femenina”... Pero ella persistió. Sabía que estaba nombrando una experiencia históricamente silenciada.

Su vida afectiva también desafiaba las convenciones. En 1955 se casó con Rupert Pole sin haberse divorciado de Hugo, llevando durante años una doble vida entre Nueva York y California. Esa poliandria, mantenida en secreto durante largo tiempo, alimentó tanto su obra como el mito que la rodeaba. Para ella, escribir erotismo era una forma de autobiografía y, al mismo tiempo, un gesto de resistencia cultural.


El poder de los diarios: una vida narrada sin máscaras

Si hay una obra que define a Anaïs Nin, son sus diarios. Ese mismo que comenzó en la infancia, se extendió durante más de sesenta años y alcanzó unas 35000 páginas manuscritas, hoy conservadas en el Departamento de Colecciones Especiales de la Universidad de California en Los Ángeles. Constituyen una de las autobiografias más vastas del siglo XX.

En ellos registró encuentros con escritores, artistas y psicoanalistas; confesó dudas, amores múltiples, contradicciones, ambiciones y fracasos. La franqueza con que se expuso resultó inusual para su tiempo. No solo narró acontecimientos: examinó sus propias motivaciones, desmontó máscaras, interrogó su identidad como mujer y como creadora.

Cuando en 1966 se publicó el primer volumen de sus diarios, el éxito fue inmediato. De pronto, aquella autora de círculos vanguardistas se convertía en figura pública. Sin embargo, esas primeras ediciones estaban censuradas: muchos de esos personajes aún vivían, y algunos episodios fueron suprimidos o alterados... Con el paso de los años comenzaron a publicarse versiones sin censura, que revelaron aspectos aún más complejos de su vida y ampliaron la comprensión de su obra.

El impacto fue más profundo y lectores de todo el mundo la descubrieron como una mujer apasionada que hablaba desde un territorio casi inexplorado: el interior femenino sin filtros morales impuestos.

En los años setenta su salud se resintió a causa de un tumor de ovarios. En ese tiempo, también recibió importantes reconocimientos: en 1973 fue distinguida con un doctorado honoris causa por el Philadelphia College of Art y al año siguiente fue elegida miembro del Instituto Nacional de las Artes y las Letras. Había pasado de autora marginal a figura central en los debates sobre erotismo, autobiografía y liberación femenina.

Murió el 14 de enero de 1977 en Los Ángeles. Sus cenizas fueron esparcidas en la bahía de Santa Mónica. Dejaba tras de sí novelas, ensayos y, sobre todo, sus diarios convertidos en una obra que redefinió la escritura íntima. Su vida también inspiró adaptaciones cinematográficas y teatrales, como Henry and June (1990), dirigida por Philip Kaufman, y continúa siendo reinterpretada en nuevas formas, incluso en novelas gráficas recientes basadas en sus diarios.

Sin proponérselo, Anaïs transformó lo íntimo en mundial; lo prohibido en poético y lo personal en político. Escribió para encontrarse y terminó encontrándonos a todos.