domingo, 8 de marzo de 2026

0893: sexo después de los 50

Naomi Watts tenía el parche pegado en el muslo y no sabía cómo sacárselo sin que él se diera cuenta. Era la primera noche con Billy Crudup y ella llevaba meses postergando ese momento, no por falta de deseo sino por lo que el parche significaba: menopausia, edad, cuerpo que se transforma, fin de algo. El adhesivo era muy fuerte y se había quedado demasiado tiempo en el baño. Cuando volvió, con la marca obvia en la piel, tuvo que decir la verdad. “Estoy en la menopausia y tengo este parche”. Y se encogió esperando lo peor. Él dijo: “Tenemos la misma edad. Esto es ciencia. ¿Cómo puedo ayudar?”. Esa noche, cuenta Watts en su libro Dare I Say It, fue muy buena.

La anécdota circuló en medios de todo el mundo porque tocó algo que millones de mujeres reconocen sin haberlo dicho en voz alta: la vergüenza de envejecer en la intimidad. No es una vergüenza de ahora. Es una vergüenza antigua, construida durante siglos, que le dice a las mujeres que su valor se agota con la fertilidad. Lo nuevo es que cada vez más mujeres la están nombrando. Y al nombrarla, la están desmontando.

Pero hay algo que todavía no se dice suficientemente. Algo que se esconde detrás de tanto relato de empoderamiento y liberación tardía: que no todas queremos lo mismo, que no todas envejecemos igual, y que el nuevo mandato de seguir siendo deseantes y sexualmente activas puede ser tan opresivo como el viejo silencio.


Lo que la biología dice y lo que no dice

La caída de estrógenos en la menopausia produce cambios reales en el cuerpo. La mucosa vaginal se adelgaza y puede secarse, la lubricación puede disminuir, y en algunos casos el deseo se modifica. Son datos clínicos verificables. Pero la ciencia de los últimos años también muestra otra cosa: que los factores biológicos no son los principales determinantes de la vida sexual de las mujeres maduras. Un estudio de la Universidad de Zúrich comprobó que el estado anímico, la autoimagen y la calidad del vínculo pesan mucho más que los niveles hormonales. El clítoris no pierde sensibilidad con la edad. El cerebro no deja de fantasear.

Esther Díaz lo vivió en carne propia. La filósofa que hoy tiene 85 años y sigue activa, pública y vitalmente encendida, cuenta que su vida sexual empezó verdaderamente a los 50. En la entrevista que le dio a Mil Horas no hay nostalgia ni resignación: hay una mujer que encontró su erotismo cuando dejó de cargarlo con las expectativas de los otros.

Flora Proverbio llegó a conclusiones parecidas desde otro lugar: la investigación. Para escribir Triángulos Plateados, entrevistó a más de setenta mujeres de América Latina, y realizó una encuesta con 1150 participantes. Lo que encontró fue un mapa diverso, contradictorio, lleno de matices. Hay mujeres que a los 60 están descubriendo el placer por primera vez. Hay otras que lo perdieron y no lo extrañan. Hay quienes redefinieron el erotismo alejándolo del coito y encontraron algo mejor. Y hay quienes están angustiadas no porque no tengan deseo sino porque sienten que deberían tenerlo. El título del libro —Triángulos plateados, los vellos púbicos poblados de canas— es una provocación: el cuerpo que envejece también puede ser el cuerpo del deseo.

En La Revolución de las Viejas, yo misma escribí sobre la menopausia desde adentro. Lo que aparece en ese capítulo no es un manual de instrucciones para seguir siendo sexy después de los 50. Es una pregunta más incómoda: ¿de quién es este cuerpo? ¿Quién decide qué se supone que tiene que sentir?

Así también es mi vida. En los chats de amigas, en las mesas y las fiestas, conviven las que están en Tinder, las que prueban conocer a alguien cada semana, y las que decimos: llegué por fin a una vida bonita, serena y armada, no necesito nada que venga a desordenarla. Y en ese “no necesito nada” hay también una biografía: la de quienes vivimos las relaciones con los hombres como fuente inagotable de intensidad, placer, diversión… y problemas. Y ahí aparece siempre la amiga que dice: “ya vas a volver”, como si hubiera algún lugar seguro al que volver, como si el desorden fuera la única forma legítima de estar viva.


El armario de los óvulos

Mientras el parche de Naomi Watts generaba titulares y conversaciones, algo mucho más cotidiano seguía pasando en silencio en consultorios de todo el país: mujeres que no le preguntan a su ginecólogo sobre la sequedad vaginal porque les da vergüenza, y ginecólogos que no preguntan sobre la vida sexual de sus pacientes de 65 años porque asumen que ya no existe.

Existe tratamiento eficaz, seguro y económico: óvulos y geles de estrógenos de aplicación local que actúan sobre la mucosa vaginal sin efectos sistémicos. Están disponibles en farmacias. Y sin embargo, para una proporción enorme de mujeres son completamente desconocidos. El tabú opera en los dos lados del escritorio.

Ingrid Beck y Mariana Carbajal lo documentaron en Encendidas, el libro que escribieron juntas sobre menopausia y salud femenina, y que se volvió una referencia insoslayable del tema: muchos ginecólogos no se actualizaron sobre climaterio, y sus pacientes lo pagan con años de incomodidad innecesaria. La frase que resume la situación no es elegante pero es exacta: deberían poner un cartel en la puerta que diga que no son especialistas en climaterio.

La asimetría con el tratamiento de la disfunción sexual masculina es tan grande que ya casi no sorprende mencionarla, aunque siga siendo escandalosa. La FDA aprobó el Viagra en 1998. Desde entonces, se desarrollaron y aprobaron al menos seis medicamentos distintos para la disfunción eréctil masculina. El primer tratamiento farmacológico para el deseo sexual hipoactivo femenino fue rechazado dos veces antes de ser aprobado con controversia en 2015. La disfunción eréctil fue tratada desde el primer día como un problema técnico con solución técnica urgente. La sexualidad femenina fue clasificada como un asunto “complejo”, “emocional”, “difícil de medir”. La diferencia no es científica. Es política.


El doble estándar que no necesita explicación

Alberto Cormillot fue padre a los 83 años. Costantini lo fue a los 78. Ambos recibieron cobertura periodística festiva, preguntas sobre la emoción de la paternidad tardía, alguna broma afectuosa sobre el esfuerzo requerido. Nadie cuestionó seriamente su vitalidad ni su derecho a rehacer la vida con mujeres décadas más jóvenes. Es el orden natural de las cosas.

Madonna tiene 67 años y sale con Akeem Morris, que tiene 29. La relación generó debates interminables en redes, análisis de sus fotos en busca de signos de decadencia, especulaciones sobre quién se beneficia de qué, preguntas sobre si ella está bien de la cabeza. Cuando los medios la tratan con algo parecido a la misma benevolencia que a Cormillot o a Costantini, es noticia.

Brigitte Macron tiene 24 años más que el presidente de Francia. Ha sido objeto de teorías conspirativas sobre su cuerpo, su identidad, su historia. DiCaprio sale con mujeres que no superan los 25 y el tema apenas merece una nota de color. La asimetría no requiere análisis: se ve sola. Un hombre mayor con una mujer joven es amor, experiencia, poder bien usado. Una mujer mayor con un hombre joven es patología, ridículo, objeto de escrutinio. Esther Díaz lo formula sin rodeos: la sociedad acepta que los viejos tengan mujeres mucho más jóvenes. No acepta lo contrario.


La trampa que nadie ve

Pero hay algo más, y es lo que más le cuesta decirse en voz alta a las mujeres de 60 y 70 que forman parte de la generación que hizo la revolución sexual.

Las boomers y la Generación X llegaron a la madurez habiendo peleado por el derecho al placer. Vivieron los años setenta y noventa convencidas de que el deseo era político, que el cuerpo era propio, que el silencio era complicidad. Esa convicción fue y sigue siendo un logro histórico. Pero tuvo, como todos los movimientos, sus propias contradicciones. Porque la misma cultura que las empujó a liberarse también instaló un nuevo modelo: la mujer mayor que sigue siendo deseante, activa, sexualmente vigente, “encendida”. Cambió el mandato, no la obligación de cumplirlo.

Hoy muchas mujeres de esa generación sienten angustia no porque no tengan deseo sino porque sienten que deberían tenerlo. Porque la cultura sex positive de los noventa —que fue liberadora en muchos sentidos— construyó también una nueva norma. Y las que no encajan en esa norma, las que en algún momento de sus vidas eligieron la pausa, el silencio, la resignificación del erotismo lejos del coito y lejos de la performance, quedan sin relato.

Beck y Carbajal lo capturan con humor en Encendidas: llegamos a la menopausia sin que nadie nos hubiera preparado, y encima con la presión de atravesarla bien, de manera positiva, de seguir encendidas. Como si apagarse a veces no fuera también una forma legítima de estar.

La clave está en esa pequeña palabra: si. El deseo en la madurez puede ser una fuente enorme de bienestar, dice Proverbio en Triángulos Plateados. Si nos interesa. Esas dos palabras cambian todo. No como obligación. No como prueba de que el envejecimiento no nos venció. Como elección, cuando es elección.


Cada cuerpo es un mapa distinto

Una de las cosas más difíciles de instalar en la conversación pública sobre sexualidad y vejez es la diversidad real. No hay una experiencia de la menopausia. No hay un modo correcto de envejecer el deseo. Hay mujeres que a los 70 tienen más vida sexual que a los 30. Hay mujeres que eligieron el celibato como forma de libertad. Hay mujeres que redescubrieron el erotismo lejos de la heterosexualidad. Hay mujeres que están recuperando el placer de a poco, después de años de incomodidad física que tenía tratamiento y nadie les ofreció. Y hay mujeres que simplemente no quieren, y que tienen tanto derecho a ese no querer como las otras a su sí.

Lo que el movimiento que empezó con Naomi Watts y siguió con Oprah y Michelle Obama y llegó acá con las voces de Proverbio y Esther Díaz y Carbajal y Beck está haciendo no es convencer a nadie de que tiene que tener sexo. Es abrir el espacio para que cada mujer pueda elegir, sin vergüenza y sin mandato, qué hacer con su cuerpo y su deseo cuando la vida se alarga.

Eso incluye quitarse el parche antes de que él lo vea, si eso es lo que necesitás esa noche. O dejárselo puesto. O no estar con nadie y no explicarle a nadie por qué. Incluye la sequedad vaginal que tiene tratamiento y el ginecólogo que tendría que haberlo dicho hace diez años. Incluye la filosofía que descubrió el orgasmo a los 50 y la periodista que escribió sobre la menopausia porque era la única forma de entenderla. Incluye el deseo que cambia de forma, que se vuelve más lento, más profundo, menos urgente o simplemente distinto. Y también incluye el silencio que es paz, no derrota.

La revolución que falta no es convencer al mundo de que las viejas también tienen sexo. Es que cada mujer pueda decidir, sin pedirle permiso a nadie, qué hace con el tiempo y el cuerpo que la longevidad le regaló.

Por

Gabriela Cerruti

 

jueves, 5 de marzo de 2026

0892: El diablo y el campesino

Se encuentra un campesino caminando por la orilla de un arroyo, quejándose de lo pobre que es, diciendo que la plata no le alcanza y que quisiera que su poco dinero se multiplicara. De repente aparece el mismísmo diablo y le plantea un desafío, justamente, para hacer que su dinero se multiplique.

El diablo le dice que, para duplicar su dinero, simplemente debe cruzar un puente que atraviesa el arroyo. Cada vez que pase, el dinero que lleve el campesino se duplicará. Puede hacerlo en cualquier dirección, pasar una y otra vez, las veces que quiera, pero con una condición: cada vez que pase, luego de corroborar que su dinero se haya duplicado, debe arrojar al arroyo 24 pesos.

El campesino rápidamente acepta el trato. Va, cruza el arroyo por primera vez y al llegar al otro lado comprueba que el dinero que llevaba en su bolsillo se había duplicado. Cumple con la condición del trato y arroja al arroyo 24 pesos.

Nuevamente cruza el arroyo, y al llegar al otro lado comprueba que su dinero se había multiplicado. Fiel a su palabra con el diablo, respeta el trato y vuelve a arrojar 24 pesos al arroyo. 

Por tercera vez, va el campesino y cruza el arroyo. Cuenta su dinero y ve que, nuevamente, este se había duplicado. Toma 24 pesos y los arroja al arroyo, pero se da cuenta de que esos eran sus últimos 24 pesos.

El campesino se había quedado sin dinero, entonces...



¿Lo resolviste correctamente?



 Antes de aceptar la jugarreta del diablo, el campesino tenía 21 pesos.

Cruza la primera vez: 21 x 2 = 42 Arroja 24 pesos al arroyo:  42 - 24 = 18

Cruza por segunda vez: 18 x 2 = 36 Arroja 24 pesos al arroyo: 36 - 24 = 12

Cruza por tercera vez: 12 x 2 = 24 Arroja 24 pesos al arroyo: 24 - 24 = 0

Hay múltiples formas de arribar a la respuesta correcta. La forma más sencilla era plantear el problema como una ecuación, considerando al dinero inicial como la incógnita.




Momento inicial: X

Cruza la primera vez: 2X Arroja 24 pesos al arroyo: 2X - 24

Cruza la segunda vez: 2 (2X - 24) = 4X - 48 Arroja 24 pesos al arroyo: (4X - 48) - 24 = 4X - 72

Cruza la tercera vez: 2 (4X - 72) = 8X - 144 Arroja 24 pesos al arroyo: (8X - 144) - 24 = 8X - 168

Sabemos, por la letra del problema, que al final el campesino acaba sin dinero, por lo tanto la ecuación se resuelve fácilmente:


8X - 168 = 0

8X = 168

X = 21

¿Cómo arribaste tú a la solución?

 

sábado, 28 de febrero de 2026

0801: El premio mayor a la ignorancia

 Vivimos en el único siglo donde la humanidad tiene toda la información del planeta en el bolsillo…

y aun así piensa menos que nunca.  

Nunca el ser humano tuvo tanto acceso al conocimiento. Y nunca fue tan fácil manipularlo.

Bibliotecas enteras caben en un teléfono. Pero la mayoría lo usa para ver bailes de 15 segundos.

La historia arde, la economía se desmorona, los países se polarizan… y el trending topic es un meme.

Eso no es casualidad. Eso es diseño.

El nuevo orden mundial no necesita cadenas, Necesita distracciones,

No necesita censura. Necesita entretenimiento,

No necesita quemar libros, Le basta con que nadie quiera leerlos  Y entonces pasa lo impensable.

Un artista urbano, construido por la industria del ruido, gana el premio más importante del planeta musical

Bad Bunny. El símbolo perfecto de la época

Y no, esto no es odio personal, Es lectura cultural

Porque no estamos hablando de talento o no talento Estamos hablando de qué se premia… y por qué 

Cuando Grammy Awards coronan algo, están mandando un mensaje global:

“Esto es lo que queremos que consumas.” “Esto es lo que vale.” “Esto es el modelo a seguir.”

Y por primera vez en la historia, el premio mayor no fue para la complejidad, ni para la poesía, ni para la música elaborada

Fue para el estribillo fácil Para la repetición hipnótica Para la letra que no exige pensar

Casualidad… no parece.

La estrategia es simple Mientras menos piensas, más obedeces

Un pueblo que reflexiona cuestiona. Un pueblo que cuestiona incomoda. Un pueblo que incomoda es peligroso.

Pero un pueblo entretenido…es manejable.

Dales ritmo Dales luces Dales farándula Dales ídolos de plástico

Y no preguntarán por inflación Ni por guerras Ni por corrupción Ni por quién mueve realmente los hilos,

Es el circo romano versión WiFi

Antes eran gladiadores

Hoy son premios, escándalos y canciones virales.

El método cambió La intención es la misma

El nuevo analfabetismo

El analfabeto del siglo XXI no es el que no sabe leer Es el que puede leer… y no quiere

El que prefiere coreografías antes que ideas

El que sabe el último chisme de un cantante pero no sabe quién gobierna su país

El que memoriza letras vacías pero nunca ha memorizado una frase que lo haga mejor ser humano.

Eso sí es peligroso.

Porque la ignorancia antigua era inocente

La de ahora es elegida

Y ahí está el premio…

Cuando vi ese Grammy histórico, no pensé: “Qué grande la música latina.”

Pensé: “Qué perfecto el experimento.”

El mundo celebrando el ruido mientras la profundidad muere en silencio.

El aplauso global al entretenimiento superficial mientras los libros acumulan polvo.

Es como si el sistema dijera: Tomen su trofeo. Canten ,Bailen. Disfruten

Nosotros nos encargamos del poder

La ironía final

Lo triste no es el artista

Lo triste es la masa

Porque nadie te obliga a ser profundo

Pero tampoco nadie debería celebrar quedarse vacío

Y mientras el planeta premia lo más fácil, los que piensan parecen raros, incómodos, “intensos”

Leer se volvió raro Reflexionar se volvió pesado Estudiar se volvió anticuado

Pero gritar un coro sin sentido… eso sí es moderno 

Yo lo resumo así , No estamos viviendo la era de la información. Estamos viviendo la era de la distracción masiva.

Y cada premio al ruido es un diploma más para la estupidez colectiva.

El verdadero galardón de este siglo no es un Grammy.

Es el Premio Mundial a la Humanidad Más Fácil de Manipular Y lo estamos ganando… año tras año.


domingo, 22 de febrero de 2026

0800: El erotismo como lenguaje propio

 En 1939 emigró definitivamente a Estados Unidos. Durante la década de 1940, enfrentada a dificultades económicas, comenzó a escribir relatos eróticos por encargo junto a Henry Miller para un “coleccionista anónimo” que pagaba un dólar por página. Al principio consideró esos textos como caricaturas extremas, ejercicios casi clandestinos. Pero con el tiempo supo que allí había descubierto un territorio literario propio.

El erotismo escrito por una mujer tenía otra textura, otra respiración. Anaïs Nin describía el deseo desde una perspectiva interior, alejándose de estereotipos y miradas ajenas. Sus relatos no se limitaban a la descripción física: exploraban la subjetividad del deseo, sus ambigüedades, su potencia emocional, sus contradicciones y los matices de la intimidad. En sus textos, el erotismo se vinculaba con la imaginación, el juego, la memoria y la búsqueda de identidad, convirtiendo la experiencia sexual en un camino de autoconocimiento y libertad.

Décadas más tarde, esa mirada singular encontró público y forma en volúmenes como Delta de Venus (1977) y Pájaros de fuego (Little Birds, 1979), consolidándola como la primera mujer occidental contemporánea en alcanzar reconocimiento masivo por su literatura erótica. Su obra abrió puertas a nuevas formas de narrar el deseo y sentó un precedente para autoras que, años después, se animarían a explorar territorios similares.

En una época en que la sexualidad femenina era tabú, Nin la convirtió en materia narrativa legítima. Fue rechazada por algunos editores por “indecente” y por otros por “demasiado femenina”... Pero ella persistió. Sabía que estaba nombrando una experiencia históricamente silenciada.

Su vida afectiva también desafiaba las convenciones. En 1955 se casó con Rupert Pole sin haberse divorciado de Hugo, llevando durante años una doble vida entre Nueva York y California. Esa poliandria, mantenida en secreto durante largo tiempo, alimentó tanto su obra como el mito que la rodeaba. Para ella, escribir erotismo era una forma de autobiografía y, al mismo tiempo, un gesto de resistencia cultural.


El poder de los diarios: una vida narrada sin máscaras

Si hay una obra que define a Anaïs Nin, son sus diarios. Ese mismo que comenzó en la infancia, se extendió durante más de sesenta años y alcanzó unas 35000 páginas manuscritas, hoy conservadas en el Departamento de Colecciones Especiales de la Universidad de California en Los Ángeles. Constituyen una de las autobiografias más vastas del siglo XX.

En ellos registró encuentros con escritores, artistas y psicoanalistas; confesó dudas, amores múltiples, contradicciones, ambiciones y fracasos. La franqueza con que se expuso resultó inusual para su tiempo. No solo narró acontecimientos: examinó sus propias motivaciones, desmontó máscaras, interrogó su identidad como mujer y como creadora.

Cuando en 1966 se publicó el primer volumen de sus diarios, el éxito fue inmediato. De pronto, aquella autora de círculos vanguardistas se convertía en figura pública. Sin embargo, esas primeras ediciones estaban censuradas: muchos de esos personajes aún vivían, y algunos episodios fueron suprimidos o alterados... Con el paso de los años comenzaron a publicarse versiones sin censura, que revelaron aspectos aún más complejos de su vida y ampliaron la comprensión de su obra.

El impacto fue más profundo y lectores de todo el mundo la descubrieron como una mujer apasionada que hablaba desde un territorio casi inexplorado: el interior femenino sin filtros morales impuestos.

En los años setenta su salud se resintió a causa de un tumor de ovarios. En ese tiempo, también recibió importantes reconocimientos: en 1973 fue distinguida con un doctorado honoris causa por el Philadelphia College of Art y al año siguiente fue elegida miembro del Instituto Nacional de las Artes y las Letras. Había pasado de autora marginal a figura central en los debates sobre erotismo, autobiografía y liberación femenina.

Murió el 14 de enero de 1977 en Los Ángeles. Sus cenizas fueron esparcidas en la bahía de Santa Mónica. Dejaba tras de sí novelas, ensayos y, sobre todo, sus diarios convertidos en una obra que redefinió la escritura íntima. Su vida también inspiró adaptaciones cinematográficas y teatrales, como Henry and June (1990), dirigida por Philip Kaufman, y continúa siendo reinterpretada en nuevas formas, incluso en novelas gráficas recientes basadas en sus diarios.

Sin proponérselo, Anaïs transformó lo íntimo en mundial; lo prohibido en poético y lo personal en político. Escribió para encontrarse y terminó encontrándonos a todos.

miércoles, 18 de febrero de 2026

0799: —¿Por qué necesitamos otro libro sobre cómo vivir una vida larga y saludable?

 —En su mayoría, los libros que tenemos son los equivocados. Estamos en esta tierra apenas unos 75, 85, quizás 90 años. Deberíamos aprovechar al máximo esos años, y obsesionarse con ganar unos días extra no es una buena manera de gastar tu tiempo. Hay que enfocarse en lo esencial. No te enfoques en la última moda, porque casi siempre va a estar equivocada, o fue descubierta en sapos o ratones. Yo no hablo de lo que pasa en ratones. Hablo de resultados en personas. Todas esas personas que escriben libros me enfurecen: te están vendiendo algo. Yo no vendo nada. No tengo suplementos, no tengo pruebas, no ofrezco consultas, no tengo alguna poción mágica que vaya a darte.

—Tu libro tiene solo seis reglas, empezando con “No seas un imbécil”. ¿Qué significa eso?

—Hay muchas cosas en la vida que tienen un riesgo irracional y no deberías hacerlas. Evidentemente sabemos sobre fumar. Aunque vapear tal vez sea más seguro que fumar, eso no lo hace seguro. Debemos pensar en eso.

—Creo que lo que [el Secretario de Salud y Servicios Humanos] Robert F. Kennedy Jr. está haciendo con las vacunas es horrible. No reconoce lo terribles que eran esas enfermedades infecciosas, ni cuánto tus abuelos probablemente estaban ansiosos por vacunar a sus hijos contra la polio, luego el sarampión y todas las demás enfermedades para las que tenemos vacunas. Una de las consecuencias del éxito de las vacunas es que no vemos esas enfermedades. Cuando se trata de la tenencia de armas, es algo basado en datos. Si tienes un arma para protegerte, tienes el doble de probabilidades de morir por un arma que tu vecino. ¿Por qué? Porque la mayoría de las muertes por arma de fuego son a manos de alguien que conoces, un familiar o amigo. La principal causa de muerte infantil ahora son las armas, porque se guardan en casa. Están cargadas, no se almacenan en un lugar seguro, no tienen seguros. Creo que los datos respaldan las restricciones a las armas, lo que conduce a que la gente viva. Soy médico, y que las personas vivan es mi principal objetivo.

—¿Por qué tu capítulo sobre cultivar relaciones viene antes que los de dieta, ejercicio y sueño?

—Existen innumerables estudios que muestran que las personas con más y mejores interacciones sociales viven más tiempo. Mucha gente piensa: “Esto es psicológico, está en la cabeza”. Bueno, está en la cabeza, pero eso no lo hace psicológico. Interactuar con personas disminuye el colesterol y el cortisol (hormonas del estrés), y baja la frecuencia cardiaca y la presión arterial. Son efectos fisiológicos. No tener amigos, estar socialmente aislado, equivale a fumar 15 cigarrillos al día.

—Escribes que “el helado mejora la salud de las personas”. ¿Cómo es eso?

—Todavía me gusta el helado –los gelatos, los helados especiales– y son productos lácteos, que son bastante buenos. Aportan proteínas y otros nutrientes y vitaminas, y pueden reducir el riesgo de problemas cardíacos. Si comes helado una vez a la semana, dos veces por semana, puede ser fantástico. La abuela de mi esposa, que vivió hasta los 101 años, solía tomarse una bola de helado todos los días. Ella decía: “Siempre hay un huequito para el helado”. Suponiendo que comes de manera nutritiva, no consumes muchos ultraprocesados y no tienes muchas calorías vacías como las gaseosas, no hay problema.

—Háblame del capítulo titulado “Expande tu mente”.

—[Se trata de lo que] el infierno es para la mayoría de las personas: el cuerpo está bien, el corazón funciona, los riñones funcionan, pero el cerebro no. Podrías seguir así durante años, pero no es vivir como lo imaginamos. ¿Entonces, cómo mantener el cerebro funcionando, sabiendo que habrá declive cognitivo, que las conexiones neuronales van a disminuir? Hay dos elementos clave. Uno es la reserva cognitiva: ¿empiezas con un alto nivel de función cerebral? Estamos en un momento donde la gente se obsesiona con el valor económico de la educación universitaria. Esa es una forma de verla. Pero también hay un valor cognitivo en la educación. Leer realmente a Dostoievski, y no solo el resumen de inteligencia artificial, es importante para tu cerebro. Crea conexiones, y cuantas más tengas, mejor. Luego está mantener el cerebro activo. Sabemos que el declive cognitivo comienza a finales de los 30 años, inicios de los 40, y realmente empeora cuando las personas se jubilan. Y la mejor manera de contrarrestar eso, además de hacer ejercicio, comer bien y socializar, es mantenerse mentalmente activo. Participa en clubes de lectura o haz voluntariado en una biblioteca o en escuelas. Empieza nuevos pasatiempos, comprometiéndote realmente con ellos.

—¿Qué le dices a la gente que odia hacer ejercicio?

—No hacer ningún ejercicio es peligroso. Lo que puedes hacer es no verlo como ejercicio, no como “ir al gimnasio”, no como “voy a salir a correr 10 kilómetros”. Puedes salir a caminar con otra persona, así será una actividad social. En invierno, hacer yoga o bicicleta estática 20 minutos al día te hará bien.

—¿Y el alcohol? Las directrices actuales me parecen confusas.

—Desde el punto de vista físico, beber alcohol probablemente no sea bueno. Es malo para el hígado y está asociado a un aumento del riesgo de al menos siete tipos de cáncer. Puede que exista un grupo de hombres mayores de 55 años, con alto riesgo de cardiopatía, para quienes algo de alcohol puede proteger, pero ese es el límite. Por otro lado, el 65 por ciento de la población bebe. Entonces, ¿cómo hacerlo de la mejor manera? Probablemente deberías apuntar a tres o cuatro bebidas a la semana, no más. Eso aplica tanto a hombres como a mujeres: esa división se basa principalmente en el peso, y yo no gastaría ni una sola neurona en preocuparme por ello. Tres o cuatro bebidas a la semana. No deberías beber cinco bebidas en una noche. No deberías beber solo.

—Tienes buen sentido del humor, ¿debería ser esa la séptima regla?

—Cien por ciento. Divertirse en la vida, tener cosas que esperar: tienes que pensar en algo nuevo todo el tiempo. Creo que el entusiasmo es un secreto de la vida porque es agradable, intelectualmente desafiante. Puedes compartirlo con otros. ¿Y qué puede ser mejor que eso?

Fuente: The Washington Post


sábado, 14 de febrero de 2026

0798: Amor en tiempos de ghosting, psicopatía y nexting

 Por estos tiempos, Cupido ya no lanza flechas; ahora lidia con algoritmos, manuales de diagnóstico y el peso de unas expectativas que nos impiden bajar la guardia y arriesgarse “por las dudas”. No es una exageración; es la radiografía del amor en 2026, donde los vínculos parecen haber perdido su brújula humana.


Se nota en el pulso de las redes. A la defensiva y casi con orgullo de su huida, Juan Carlos se descargó tras una primera cita: “Me habló de que quiere un hombre trabajador, resolutivo y con ganas de formar familia. Yo solo quería pasar un momento lindo y que fluya. Salí corriendo”. En la otra vereda, indignada en un video que no tardó en hacerse viral, Mariana sentenciaba: “Se hicieron todos ‘princesos’. Cualquier mención de futuro les parece intensidad”. Mientras tanto, Daniel procesa un duelo exprés: el chico que le aseguró que era “el hombre de su vida” desapareció tras una semana de promesas. “Me aplicó un ghosting de manual”, dice, con la mirada de quien ya no entiende las reglas del juego.


El laberinto de las etiquetas

A diferencia de la generación Baby Boomer, que gestionaba la incertidumbre con paciencia, hoy navegamos un campo minado técnico. Las palabras son nuestra coraza: nos protegemos tras las red flags para rendirnos a la primera. En lugar de buscar soluciones a problemas humanos, usamos el diagnóstico de las redes como salida de emergencia.


Al respecto, la Dra. Jenny Marques, especialista en conducta humana, advierte que este etiquetado es a menudo un mecanismo de defensa: “Utilizamos estas etiquetas para resguardar y esconder nuestro propio dolor ante realidades emocionales que no podemos controlar. Narcisistas y psicópatas han existido siempre, pero no es real la existencia de una epidemia; lo que sí existe son muchos seres heridos que se escudan en las redes sociales para evadir sus propios procesos”.


Mariana intentó aplicar el clear coding: honestidad radical para no estar con rodeos. A sus 37 años, sabe que el tiempo es su recurso más valioso y tener claridad la hace sentir segura y empoderada. Sin embargo, la sociedad actual penaliza esa seguridad y claridad llamándola “intensidad”. Por el contrario, Daniel, a sus 23, ya fue víctima de un love bombing que terminó en el vacío absoluto. Un silencio que lo obliga a preguntarse: “¿Qué hice mal?”, asumiendo la responsabilidad de una decisión que él no tomó.


Según Marques, esto ocurre porque la mayoría “de las personas no buscan una relación honesta, sino sexo, validación y gratificación instantánea. Si consigo honestidad o conversaciones incómodas, me voy a hacer el ofendido para que esto se acabe rápido y pueda seguir tras mi siguiente objetivo”.


La era del Nexting: Personas de un solo uso

El fenómeno que define este año es el nexting: trasladar el scroll infinito de los videos en redes sociales a las relaciones humanas. Ante la mínima grieta, simplemente hacemos “next” como quien pasa el dedo de abajo hacia arriba en la pantalla de su celular con la esperanza de que lo que venga sea algo mejor; aunque solo hayamos visto unos pocos segundos o una primera imagen, sin saber siquiera cómo termina. Si hay algo cruel que nos han dejado las redes, es la tonta idea de que siempre puede haber algo mejor después en un mundo sobrecargado de soledad.


Para legitimar este descarte, usamos a la psicología de internet como arma. Ya no decimos “no conectamos”; etiquetamos al otro como narcisista o psicópata para abandonar sin culpa. Es más fácil hacer ghosting a una etiqueta que a una persona de carne y hueso. ¿Para qué esforzarse si al abrir el celular siempre hay alguien más? Así nos convertimos en practicantes del breadcrumbing: goteos de atención para mantener al otro en reserva mientras exploramos más opciones, como quien recorre productos en una estantería.


Esta búsqueda incesante tiene una explicación neurológica. “La persona ha acostumbrado a sus químicos cerebrales a estar siempre en búsqueda del siguiente estímulo. El problema actual es la ansiedad que genera la estabilidad y la calma. Ante la posibilidad de construir un vínculo basado en la constancia y la presencia, la persona prefiere vínculos superficiales donde la profundización no le empuje a crecer, madurar y enfrentar sus heridas”, explica la especialista.


El triunfo de la soledad acompañada

El resultado de todas estas agotadoras e infinitas dinámicas sociales es el dating burnout: un agotamiento donde ya no se busca amar, sino dejar de sufrir el proceso de “selección”. El residuo de este sistema es una multitud de personas solas quejándose en redes. Es el triunfo de la soledad acompañada. Lo irónico es que quienes tienen claridad terminan señalados como “exigentes”. Se penaliza la transparencia en un mercado que premia la indiferencia, dejándonos con agendas llenas de nombres sin historias.


La anatomía de la excusa

¿Por qué reemplazamos la intuición por el diagnóstico? El etiquetado funciona como un analgésico. Decir “es un tóxico” duele menos que aceptar que no hubo química, que no supimos gestionar el rechazo o que no tuvimos las ganas de trabajar para que las cosas mejoraran. Preferimos tener la razón (diagnosticando a nuestro modo) que tener una relación conociendo al otro y a nosotros mismos.


Un acto de rebeldía

Este 14 de febrero, la verdadera odisea no es una reserva en un restaurante, sino bajar las defensas. En un mundo de nexting y diagnósticos exprés, el acto más revolucionario es la vulnerabilidad: permitirse ser visto, con virtudes y defectos, ante alguien que decida no hacer clic en la siguiente opción.

viernes, 13 de febrero de 2026

0797: “Me encanta la medicina occidental, solo que no quiero ser parte de ella”

 Contó entre risas, al recordar que necesitaba realizarse un test de tuberculosis cuando su hijo menor asistía a un jardín infantil cooperativo. En esa instancia, acudió al médico de su esposo, el diseñador de producción Bo Welch, quien decidió realizarle algunos exámenes básicos, entre ellos un electrocardiograma.


Durante el procedimiento, se dio cuenta que algo había llamado la atención de los profesionales.


O’Hara recordó que el médico intentó usar dos máquinas distintas de EKG y luego ordenó una radiografía de tórax. “Yo pensaba: ‘¿Qué está pasando?’” Poco después, el médico los llamó a su oficina con una revelación insólita: “‘¡Eres la primera persona que conozco [con situs inversus]!’”, le dijo.


Hasta ese momento, la actriz de Mi pobre angelito no tenía ninguna referencia familiar ni médica sobre la condición. “Tengo siete hermanos y mis padres ya habían muerto. Nunca había oído nada sobre esto”


O’Hara precisó que, en su caso, se trataba de dextrocardia, una forma específica de situs inversus en la que el corazón se encuentra ubicado en el lado derecho del pecho.


“Cuando el médico nos dijo que mi corazón estaba del lado derecho y que mis órganos estaban invertidos, mi esposo dijo de inmediato: ‘No, su cabeza es la que está al revés’”, recordó con humor. Cerró su anécdota levantando la copa: “¡Salud por la salud!”.


Qué es el situs inversus: datos médicos clave

El situs inversus es una condición genética poco frecuente en la que los órganos del tórax y del abdomen se desarrollan en una disposición especular, es decir, invertida con respecto a la anatomía estándar. Segun datos recuperados por People, afecta aproximadamente a una de cada 10.000 personas.


En la mayoría de los casos, las personas con situs inversus no presentan síntomas y llevan una vida completamente normal. Los órganos, aunque estén en una posición inusual, suelen funcionar con normalidad. Por ello, hay muchos que desconocen que tienen esta condición.


Las fuentes médicas consultadas coinciden en que esta anomalía no requiere tratamiento específico; pero sí es importante que los médicos estén informados del diagnóstico en caso de cirugías o procedimientos de emergencia. No es habitual que esté vinculado a complicaciones de salud.