lunes, 24 de agosto de 2026

0929: Cómo contar un chiste corto bueno para adultos: mis 10 mejores ideas de chistes

 Hay dos tipos de personas en el mundo: los que adoran los chistes verdes y los que dicen que no, pero mienten. Así que no te preocupes por tener cierta querencia al material erótico y subido de tono (si es así, te recomendamos las mejores películas eróticas para ver solo o en pareja) y no te avergüences de reírte de alguno de los mejores chistes cortos buenos para adultos que nos sabemos... y de compartirlo después con tus amigos.

"Pues la postura favorita de mi mujer en la cama es la del pez". "¿La del pez? Pues esa no la conozco". "Sí hombre. Se da la vuelta y... ¡nada!".

"Mamá, mamá, ¿cómo se explica que papá sea negro, tú blanca y yo amarillo?". "Mira chaval, si supieras la orgía que hubo ese día, lo que me extraña es que no ladres".

"Estoy saliendo con una chica que podría ser mi hija". "¿Sí? ¡Qué grande eres! ¡No sabes cómo me alegro! ¡Eres un verdadero tigre! Y dime: ¿quién es esa chica?". "Tu hija".

"Ahora tengo que tener mucho cuidado con quedarme embarazada". "Pero ¡si tu marido se ha hecho la vasectomía!". "Por eso, por eso...".

¿Te cuento un chiste verde rápido? Una lechuga en una moto

Una anciana le dice a otra: "Con los años, mi marido se ha convertido en una fiera en la cama". "¿Te hace el amor como un salvaje?". "No, se mea en las sábanas para marcar su territorio".

"Perdone señor, esto es para una encuesta, ¿su mujer grita cuando hacen el amor?". "Pues sí, bastante". "¿Y lo hace durante, después, antes...?". "No, lo hace después, cuando me limpio la polla con las cortinas".

Le dice un clítoris a otro: "Oye, que me han dicho que ya no te corres". "¡Bah eso son las malas lenguas!".

¿Cuál es el líquido más erótico? El agua caliente, porque pone los huevos duros y abre las almejas.

¿Qué le dice un mecánico a su mujer? "¡Mercedes, benz y ponte A4 patas que te voy a echar un Volvo y nacerá un Clío, porque en esto del Saxo no hay quién Megane!".


jueves, 13 de agosto de 2026

0928: El cerdito

 La señora estaba siempre vestida de negro y arrastraba sonriente el reumatismo del dormitorio a la sala. Otras habitaciones no había; pero sí una ventana que daba a un pequeño jardín pardusco. Miró el reloj que le colgaba del pecho y pensó que faltaba más de una hora para que llegaran los niños. No eran suyos. A veces dos, a veces tres que llegaban desde las casas en ruinas, más allá de la placita, atravesando el puente de madera sobre la zanja seca ahora, enfurecida de agua, en los temporales de invierno.

Aunque los niños empezaran a ir a la escuela, siempre lograban escapar de sus casas o de las aulas a la hora de pereza y calma de la siesta. Todos, los dos o tres; eran sucios, hambrientos y físicamente muy distintos. Pero la anciana siempre lograba reconocer en ellos algún rasgo del nieto perdido; a veces a Juan le correspondían los ojos o la franqueza de ojos y sonrisa; otras, ella los descubría en Emilio o Guido. Pero no transcurría ninguna tarde sin haber reproducido algún gesto, algún ademán del nieto.

Pasó sin prisa a la cocina para preparar los tres tazones de café con leche y los panqueques que envolvían el dulce de membrillo.

Aquella tarde los chicos no hicieron sonar la campanilla de la verja sino que golpearon con los nudillos el cristal de la puerta de entrada. La anciana demoró en oírlos pero los golpes continuaron insistentes y sin aumentar su fuerza. Por fin, porque había pasado a la sala para acomodar la mesa, la anciana percibió el ruido y divisó las tres siluetas que habían trepado los escalones.

Sentados alrededor de la mesa, con los carrillos hinchados por la dulzura de la golosina, los niños repitieron las habituales tonterías, se acusaron entre ellos de fracasos y traiciones. La anciana no los comprendía pero los miraba comer con una sonrisa inmóvil; para aquella tarde, después de observar mucho para no equivocarse, decidió que Emilio le estaba recordando al nieto mucho más que los otros dos. Sobre todo con el movimiento de las manos.

Mientras lavaba la loza en la cocina oyó el coro de risas, las apagadas voces del secreteo y luego el silencio. Alguno caminó furtivo y ella no pudo oír el ruido sordo del hierro en la cabeza. Ya no oyó nada más, bamboleó el cuerpo y luego quedó quieta en el suelo de la cocina.

Revolvieron en todos los muebles del dormitorio, buscaron debajo del colchón. Se repartieron billetes y monedas y Juan le propuso a Emilio:

—Dale otro golpe. Por las dudas.

Caminaron despacio bajo el sol y al llegar al tablón de la zanja cada uno regresó separado, al barrio miserable. Cada uno y su choza y Guido, cuando estuvo en la suya, vacía como siempre en la tarde, levantó ropas, chatarra, desperdicios del cajón que tenía junto al catre y extrajo la alcancía blanca y manchada para guardar su dinero; una alcancía de yeso en forma de cerdito con una ranura en el lomo.


Juan Carlos Onetti


jueves, 6 de agosto de 2026

0927:Garota de Ipanema

 A 64 años de “Garota de Ipanema”, la canción sigue siendo un ícono de la música brasileña y de la bossa nova. Aquí te cuento su origen y evolución:

 Origen de “Garota de Ipanema”

Autores: Antonio Carlos Jobim (compositor) y Vinicius de Moraes (letrista), dos gigantes de la música brasileña.

Inspiración: La musa fue Heloísa Eneida Menezes Paes Pinto, una adolescente de 15 años que vivía en la calle Montenegro del barrio Ipanema, en Río de Janeiro.

Lugar clave: El bar Veloso, donde Jobim y Vinicius se reunían a conversar y componer. Heloísa pasaba por allí a diario, y su forma de caminar cautivó a los músicos.

Título original: La canción se llamó primero “Menina que passa” (“La chica que pasa”), pero luego se cambió a “Garota de Ipanema”.

 Impacto mundial

La versión en inglés, interpretada por Astrud Gilberto, se convirtió en un éxito global.

Ganó el Grammy al Disco del Año en 1965.

Se convirtió en una de las canciones más versionadas de todos los tiempos.

 La verdadera “Garota”

En 1965, Vinicius confirmó públicamente que la chica era Heloísa.

La describió como “una mezcla de flores y sirenas, llena de luz y gracia, pero también de tristeza por la fugacidad de la juventud”.

Heloísa se convirtió en figura pública en Brasil, incluso posó para Playboy en 1987 y 2003.

 Controversia legal

Heloísa abrió una tienda de ropa llamada Garota de Ipanema.

Los herederos de Jobim y Vinicius intentaron demandarla por usar el nombre.

El juez falló a favor de Heloísa, quien expresó su decepción: “Nunca recibí dinero por la canción, pero ahora quieren prohibirme ser la chica de Ipanema. Eso es ir demasiado lejos”

“Garota de Ipanema” no solo es una canción, es un símbolo cultural de Brasil que ha dejado una huella profunda en la identidad nacional y en la percepción global del país. Aquí te explico cómo influyó:

🇧🇷 1. Icono de la bossa nova

La canción se convirtió en el estandarte del movimiento bossa nova, un género que fusiona samba con jazz y que emergió en los años 50 y 60.

Su ritmo suave, melancólico y sofisticado capturó la esencia de la vida carioca: relajada, sensual y poética.

🌍 2. Proyección internacional de Brasil

La versión en inglés, interpretada por Astrud Gilberto, llevó la música brasileña a los escenarios internacionales.

Fue la segunda canción más grabada de la historia, solo detrás de “Yesterday” de The Beatles.

Ayudó a posicionar a Brasil como un país de cultura vibrante y talento musical.

💃 3. La imagen de la mujer brasileña

La “Garota” se convirtió en un arquetipo: joven, bella, libre, caminando hacia el mar.

Representó una idealización de la mujer carioca, aunque también generó debates sobre la objetivación femenina y el rol de la musa en el arte.

🏖️ 4. Turismo y cultura popular

El barrio de Ipanema se volvió un destino turístico icónico.

El bar Veloso fue rebautizado como Garota de Ipanema, y la historia de Helô Pinheiro atrajo curiosos de todo el mundo.

⚖️ 5. Controversia y legado

La canción generó disputas legales cuando Helô Pinheiro usó el nombre para su tienda de ropa.

A pesar de no recibir regalías, ella fue reconocida como parte inseparable del mito cultural.

🎤 6. Influencia artística

Ha sido versionada por artistas como Frank Sinatra, Ella Fitzgerald, Amy Winehouse y Caetano Veloso.

Aparece en películas, comerciales y series, manteniendo su vigencia como símbolo de elegancia y nostalgia.


domingo, 2 de agosto de 2026

0926: el mes de la Pachamama

 Dulces, plantas medicinales, incienso y los sullus (fetos disecados de llama) son partes esenciales de las ofrendas entregadas en distintos lugares de Bolivia este sábado, al iniciar el mes dedicado a la Pachamama para agradecerle por los bienes logrados en el último año y pedir una renovada prosperidad.


Agosto es el mes elegido para presentar este agradecimiento porque concluye la primera temporada agrícola en el mundo andino y  en este momento del año la Madre Tierra abre la boca para alimentarse con ofrendas que retribuyan los frutos dados y los que dará en el futuro.


Algunas ofrendas se entregan en las áreas urbanas en viviendas y comercios, pero también hay quienes las ofrecen en los sitios considerados sagrados en la cultura andina, como La Cumbre, un paso entre las montañas a unos 4.200 metros de altitud que conecta a la ciudad de La Paz con la zona subtropical de Los Yungas.


La gente suele trasladarse allí desde la madrugada y algunos inician el ritual cuando aún está oscuro, para esperar con la ofrenda ya hecha la salida del sol para recargar las energías.


«Muy felices y contentos de estar dando el agradecimiento a la Pachamama, siempre con la fe y con mucho cariño. No simplemente es recibir, también es dar»


Lo primordial en una ofrenda es la llamada «mesa» con dulces de distintas formas y los «misterios», unas pequeñas tablas de azúcar con diversas imágenes en las que se cree que sale la suerte de quien hace el ofrecimiento.


También incluye la wira k’oa, una planta medicinal sagrada que crece en el Altiplano, resinas aromáticas vegetales y la grasa de llama, además del sullu, frutas, flores, canela y azúcar, entre otros.


Estos elementos se acomodan encima de una estructura de maderas.


Quienes presentan la ofrenda la deben ch’allar con alcoholes, para después prenderle fuego y esperar hasta que quede reducida a cenizas. Una vez enfriado, el residuo se entierra.


Además de La Cumbre, hay otros sitios a donde también acude la gente para entregar sus ofrendas al ser considerados sagrados en la cultura andina, como la Waraco Apacheta, situada en las afueras de El Alto, y los cerros Pajchiri y Lloco Lloco en el Altiplano boliviano.


miércoles, 29 de julio de 2026

0925: algo de William Faulkner

 O quizá no ese bebé, no el mío, porque, ya que yo misma destruí al mío cuando me deslicé por la puerta trasera de aquel tren aquel día hace ocho años, necesitaré todo el perdón y el olvido de que es capaz un bebé de seis meses. Pero sí el otro: el tuyo: del que me hablaste: el que habías llevado seis meses en tu vientre cuando fuiste al pícnic o al baile o convite o peleao lo que fuera y aquel hombre te dio una patada en el vientre y lo perdiste.

¿Cómo? ¿El padre le dio a usted una patada en el vientre cuando estaba embarazada?

No lo sé.

¿No sabe quién le dio la patada?

Eso sí lo sé. Creí que se refería a si era el padre.

¿Quiere decir que el hombre que le dio la patada no era el padre?

No lo sé. Cualquiera de ellos podía serlo.

¿Cualquiera de ellos? ¿No tiene usted idea de quién era el padre?

Si se sienta usted sobre una sierra, ¿podría decir qué diente lo hirió primero? ¿Qué pasa con él?

¿Podría también ese bebé estar allí, que nunca tuvo padre y que nunca nació, para perdonarte? ¿Hay un cielo al que pueda ese bebé ir para perdonarte? ¿Hay un cielo, Nancy?

No lo sé. Yo creo.

¿Crees en qué?

No lo sé. Pero yo creo.

Todos se interrumpen al ruido de pasos que se aproximan al otro lado de la puerta de entrada, todos miran la puerta cuando la llave golpea de nuevo el cerrojo y la puerta se abre y entra el Carcelero cerrando la puerta tras de sí.

Treinta minutos, Abogado. Usted lo dijo, ¿sabe?: no yo.

Volveré más tarde.

Con tal de que no venga demasiado tarde. Quiero decir, si se espera hasta la noche para volver, puede que tenga compañía; y, si lo deja para mañana, ya no tendrá clienta. (a Nancy) Encontré al predicador que querías. Dijo que estaría aquí hacia el atardecer. Su voz suena como si pudiera ser un buen barítono. Y nunca se tienen suficientes, especialmente porque después de esta noche ya no te hará falta uno, ¿eh? No me guardes rencor, Nancy. Cometiste el crimen más horrible que ha visto el condado, pero estás a punto de pagar por ley, y si la propia madre del niño... Ya estoy otra vez hablando de más. Vamos, si es que el Abogado ha terminado contigo. Podrás empezar a tomarte tu tiempo mañana al amanecer, porque puede que tengas un duro y largo viaje.

¿Y qué pasa conmigo? Aun en el caso de que haya uno y alguien esté esperándome en él para perdonarme, siempre queda el mañana y el mañana. E imagina mañana y mañana, y que después no haya nadie, nadie esperándome para perdonarme... Crea.

¿Creer en qué, Nancy? Dímelo.

Crea.


Sí, señor. Un duro y largo camino. Si alguna vez enloqueciese yo hasta el punto de cometer un asesinato que me llevase a meter la cabeza en un nudo corredizo, la última cosa que querría ver sería un predicador. Mil veces mejor creer que no hay nada después de la muerte que arriesgarse al puesto al que seguramente iría yo a parar. (espera, sujetando la puerta y mirando atrás hacia ellos. Temple permanece inmóvil hasta que Stevens le toca ligeramente el brazo. Entonces se mueve, tropieza ligera e infinitesimalmente; tan infinitesimal y rápidamente se recobra que el Carcelero apenas alcanza a reaccionar, aunque lo hace: con rápido interés, con ese modo casi gentil, casi articulado que hay en él, apartándose de la puerta, dejándola incluso abierta cuando comienza a dirigirse rápidamente hacia ella)

Aquí; siéntese en el banco; le traeré un vaso de agua.

Estoy bien. 

¿Está segura?

Sí. Segura.

Muy bien. Desde luego no la censuro. Maldito si entiendo cómo puede soportar este hedor ni siquiera una negra asesina.

Pasa por la puerta y sale, invisible pero aún sujetando la puerta y esperando para cerrarla. Temple, seguida por Stevens, se aproxima a la puerta.

Buenas. Gowan, aquí está su esposa.

Alguien que lo impida. Alguien que quiera hacerlo. Si no hay nadie, estoy hundida. Todos lo estamos. Condenados. Malditos.

Claro que lo estamos. ¿No nos lo ha estado diciendo Él desde hace dos mil años?

Temple.

Voy.

Salen. Se cierra la puerta con un estrépito metálico, el estrépito y el golpear de la llave, mientras el Carcelero echa de nuevo el cerrojo y luego los tres pares de pisadas suenan y van desapareciendo por el pasillo exterior.


domingo, 26 de julio de 2026

0924: un libro que se llama Islandia

 -¿Fuiste al psiquiatra, como te mandaron tantas veces?

-Sí, voy al psiquiatra y al psicólogo. Ahora tengo otros padecimientos: la vulnerabilidad de los seres humanos ha sido un tema tabú, sobre todo en los hombres. Pero estamos hechos de una fragilidad tremenda.

-Vos decís en la novela: “Estoy harto de ser un hombre y un hombre histórico”. Explicame.

-Creo que el hombre ha cumplido su ciclo, ya no da más de sí.

-¿Qué quiere decir eso?

-Quiere decir que el ciclo histórico de la masculinidad está concluido. Que hay otro orden en las relaciones entre hombres y mujeres. Hay muchos hombres que se han cansado de que la historia les dicete ese papel horrible de la masculinidad. Y el hombre que aparece en Islandia está cansado de ser hombre.

-Pero a los diez minutos ya tiene otras mujeres. Se porta como un “hombre histórico”. Dice: “Estoy destrozado, estoy destrozado y no puedo más” mientras le contesta el WhatsApp a otra.

-Sí, está determinado por su historicidad, que nos determina a todos. La literatura es la única posibilidad, a través de la imaginación, el deseo, incluso el erotismo, de salirnos de la determinación histórica. Somos lo que somos en función de los valores históricos con que vivimos. Dentro de cincuenta años habrá otros valores y la gente será de otra manera y nos mirarán a nosotros, probablemente, con cierto aire de pena, como nosotros podemos mirar la España de hace cincuenta años. La historia no ha terminado, la historia no ha muerto, eso es mentira.


miércoles, 22 de julio de 2026

0923: No tenía oído musical, desafinaba y pegaba alaridos

 El espectáculo que daba era tan bochornoso, que despertaba fascinación en el público, que no ocultaba sus risotadas detrás de la mano, una carpeta, acompañadas de miradas cómplices. Los espectadores acudieron esa noche al teatro luciendo sus mejores galas de la época: tapados de piel, collares con brillantes. Florence hizo lo propio y se inclinó por un atuendo extravagante. Su vestido, cargado de brillos, llevaba alas en la espalda, uno de sus modelos favoritos que ella misma diseñaba.

Con una confianza inquebrantable, digna de tutoriales de autoayuda, Florence estaba convencida de que cantaba bien, y disfrutaba de su interpretación con bailes, mientras lanzaba flores a su público. Si advertía alguna burla, creía que era por pura envidia o falta de buen gusto musical. Además, al final de sus conciertos, el público se acercaba a felicitarla calurosamente. No podía estar equivocada.

Una niña prodigio

Florence Foster Jenkins nació el 19 de julio de 1868 en Pensilvania. Era hija de un abogado y terrateniente de buena posición. Desde niña demostró aptitudes musicales al piano. Tenía tan solo siete años cuando tocó en la Casa Blanca ante el presidente Rutherford Hayes. Pero el futuro brillante se le escapó de las manos.

Cuando terminó el colegio, Florence tenía intenciones de estudiar música en Europa. Pero su padre se opuso: las jóvenes de la alta sociedad no viajaban solas por el continente, se casaban. Ella obedeció, pero no exactamente en los términos que él esperaba. A los 17 años se casó con el doctor Frank Thorton Jenkins, un médico de 33 que la contagió con sífilis. El matrimonio duró un año. Florence lo abandonó y nunca más le dirigió la palabra.

La enfermedad le dañó el brazo y con ello su soñada carrera como pianista. Junto con su madre quien también había dejado a su marido, se mudaron a Nueva York sin respaldo económico. Durante años, Florence se ganó la vida dando lecciones de piano, aunque muy lejos de los escenarios que había imaginado.

El verdadero giro llegó en 1909, con la muerte de su padre. Con el dinero heredado tomó la decisión de dedicarse al canto. Encaró el proyecto con absoluta seriedad, ya que tomó lecciones con algunos de los mejores maestros. Todos, tarde o temprano, se enfrentaban al mismo dilema ético: cobrar el dinero o decirle la verdad. La mayoría optó por ambas cosas en ese orden.

La mujer ya cerca de los 50 años intentaba cantar con la solemnidad de una gran soprano. El resultado, sin embargo, era pobre: no tenía voz, carecía de oído musical y no se ahorraba alaridos en sus interpretaciones. Uno de sus biógrafos atribuyó esa imposibilidad de afinar a los tinitus y los problemas auditivos provocados por la sífilis.

Nada fue un obstáculo en su vida para integrarse a los clubes musicales de moda, espacios exclusivos dedicados a la promoción de grandes intérpretes y compositores. Incluso, fundó su propio club, el Verdi, bautizado en homenaje al compositor italiano, y logró convertirlo en uno de los centros de la vida cultural neoyorquina. Florence oficiaba de anfitriona, mecenas y, llegado el momento, como estrella.

Una atracción de la alta sociedad

Sobre el escenario del Club Verdi hizo su debut como cantante y fue impactante: el público no sabía de qué se trataba el show, si lo hacía en serio o era una broma de mal gusto. Algunos debieron salir corriendo de la sala para largar la carcajada fuera y no ofender a la artista.

Una de sus anécdotas más increíbles se remontan a un accidente en taxi que tuvo en 1943. Fue cuando descubrió que podía cantar “un fa más alto que nunca”. En lugar de una demanda, le regaló una caja de puros caros al chofer.

Lady Florence, como le gustaba que la llamaran, siguió adelante y ofreció recitales anuales memorables en el hotel Ritz Carlton. Las entradas no eran fáciles de conseguir, ya que ella misma solía distribuirlas a un selecto club de mujeres y elegidos. Su repertorio incluía a Mozart y Bach, además de composiciones propias, y completaba el número con vestidos, siempre ostentosos y extravagantes, diseñados por ella misma, que iban cambiando durante el espectáculo como una verdadera diva.

Ella parecía no registrar nada de esto, o si lo hacía, no le importaba. Año tras año repitió sus presentaciones en hoteles exclusivos. También actuó como mecenas de jóvenes cantantes líricos con talento real. Ese rol convivía con el enigma central de su figura: si desconocía de verdad la magnitud de sus limitaciones o si toda su carrera había sido una parodia sostenida con convicción total.

El público se reía de ella y acudía a sus funciones como quien busca un espectáculo cómico, un placer culposo. Durante años recibió presiones para actuar en el Carnegie Hall, la sala más prestigiosa de la ciudad, y siempre respondía que todavía no estaba preparada. En 1944, con 76 años, finalmente aceptó.

La función tuvo un vestuario desbordado: apareció envuelta en tul, con alas, corona y flores en los brazos que arrojaba al público. Los asistentes levantaban esas flores y se las devolvían para que pudiera lanzarlas otra vez, en una secuencia que se prolongó durante varios minutos.

El recital de 1944 fijó su leyenda

Por primera vez no cantaba ante un círculo de admiradores elegidos por ella, sino frente a miles de desconocidos. Las carcajadas, los silbidos, los gritos y los aplausos terminaron por cubrir casi por completo su voz. Sin embargo, Florence parecía disfrutar que todas las miradas estuvieran puestas en ella. Era su noche.

The New York Times se negó a reseñar el recital. Otro diario de la ciudad lo definió como “la mayor broma masiva de la historia de Nueva York. La señora Florence puede cantar cualquier cosa. Menos notas musicales, claro”.

Circularon dos versiones sobre su reacción. Una sostenía que atribuyó los silbidos y las risas a infiltrados enviados por sus enemigos y que se disgustó con las críticas; la otra asegura que bajó del escenario feliz y dijo: “Dicen que no puedo cantar, puede ser. Pero está claro que he cantado toda mi vida”.

Su vida inspiró al menos dos películas, estrenadas en 2016. Una llamada Florence Foster Jenkins, protagonizada por Meryl Streep, acompañada por Hugh Grant y dirigida por Stephen Frears. Y otra versión fue una coproducción franco belga checa, Madame Margarite.

Un mes después de esa noche, Florence Foster Jenkins murió en el hospital donde había ingresado dos días después de la función con un problema coronario severo. Había conseguido exactamente lo que quería: ofrecer un concierto como las grandes estrellas de su género, las divas de su época, a las que consideraba pares.