sábado, 14 de febrero de 2026

0798: Amor en tiempos de ghosting, psicopatía y nexting

 Por estos tiempos, Cupido ya no lanza flechas; ahora lidia con algoritmos, manuales de diagnóstico y el peso de unas expectativas que nos impiden bajar la guardia y arriesgarse “por las dudas”. No es una exageración; es la radiografía del amor en 2026, donde los vínculos parecen haber perdido su brújula humana.


Se nota en el pulso de las redes. A la defensiva y casi con orgullo de su huida, Juan Carlos se descargó tras una primera cita: “Me habló de que quiere un hombre trabajador, resolutivo y con ganas de formar familia. Yo solo quería pasar un momento lindo y que fluya. Salí corriendo”. En la otra vereda, indignada en un video que no tardó en hacerse viral, Mariana sentenciaba: “Se hicieron todos ‘princesos’. Cualquier mención de futuro les parece intensidad”. Mientras tanto, Daniel procesa un duelo exprés: el chico que le aseguró que era “el hombre de su vida” desapareció tras una semana de promesas. “Me aplicó un ghosting de manual”, dice, con la mirada de quien ya no entiende las reglas del juego.


El laberinto de las etiquetas

A diferencia de la generación Baby Boomer, que gestionaba la incertidumbre con paciencia, hoy navegamos un campo minado técnico. Las palabras son nuestra coraza: nos protegemos tras las red flags para rendirnos a la primera. En lugar de buscar soluciones a problemas humanos, usamos el diagnóstico de las redes como salida de emergencia.


Al respecto, la Dra. Jenny Marques, especialista en conducta humana, advierte que este etiquetado es a menudo un mecanismo de defensa: “Utilizamos estas etiquetas para resguardar y esconder nuestro propio dolor ante realidades emocionales que no podemos controlar. Narcisistas y psicópatas han existido siempre, pero no es real la existencia de una epidemia; lo que sí existe son muchos seres heridos que se escudan en las redes sociales para evadir sus propios procesos”.


Mariana intentó aplicar el clear coding: honestidad radical para no estar con rodeos. A sus 37 años, sabe que el tiempo es su recurso más valioso y tener claridad la hace sentir segura y empoderada. Sin embargo, la sociedad actual penaliza esa seguridad y claridad llamándola “intensidad”. Por el contrario, Daniel, a sus 23, ya fue víctima de un love bombing que terminó en el vacío absoluto. Un silencio que lo obliga a preguntarse: “¿Qué hice mal?”, asumiendo la responsabilidad de una decisión que él no tomó.


Según Marques, esto ocurre porque la mayoría “de las personas no buscan una relación honesta, sino sexo, validación y gratificación instantánea. Si consigo honestidad o conversaciones incómodas, me voy a hacer el ofendido para que esto se acabe rápido y pueda seguir tras mi siguiente objetivo”.


La era del Nexting: Personas de un solo uso

El fenómeno que define este año es el nexting: trasladar el scroll infinito de los videos en redes sociales a las relaciones humanas. Ante la mínima grieta, simplemente hacemos “next” como quien pasa el dedo de abajo hacia arriba en la pantalla de su celular con la esperanza de que lo que venga sea algo mejor; aunque solo hayamos visto unos pocos segundos o una primera imagen, sin saber siquiera cómo termina. Si hay algo cruel que nos han dejado las redes, es la tonta idea de que siempre puede haber algo mejor después en un mundo sobrecargado de soledad.


Para legitimar este descarte, usamos a la psicología de internet como arma. Ya no decimos “no conectamos”; etiquetamos al otro como narcisista o psicópata para abandonar sin culpa. Es más fácil hacer ghosting a una etiqueta que a una persona de carne y hueso. ¿Para qué esforzarse si al abrir el celular siempre hay alguien más? Así nos convertimos en practicantes del breadcrumbing: goteos de atención para mantener al otro en reserva mientras exploramos más opciones, como quien recorre productos en una estantería.


Esta búsqueda incesante tiene una explicación neurológica. “La persona ha acostumbrado a sus químicos cerebrales a estar siempre en búsqueda del siguiente estímulo. El problema actual es la ansiedad que genera la estabilidad y la calma. Ante la posibilidad de construir un vínculo basado en la constancia y la presencia, la persona prefiere vínculos superficiales donde la profundización no le empuje a crecer, madurar y enfrentar sus heridas”, explica la especialista.


El triunfo de la soledad acompañada

El resultado de todas estas agotadoras e infinitas dinámicas sociales es el dating burnout: un agotamiento donde ya no se busca amar, sino dejar de sufrir el proceso de “selección”. El residuo de este sistema es una multitud de personas solas quejándose en redes. Es el triunfo de la soledad acompañada. Lo irónico es que quienes tienen claridad terminan señalados como “exigentes”. Se penaliza la transparencia en un mercado que premia la indiferencia, dejándonos con agendas llenas de nombres sin historias.


La anatomía de la excusa

¿Por qué reemplazamos la intuición por el diagnóstico? El etiquetado funciona como un analgésico. Decir “es un tóxico” duele menos que aceptar que no hubo química, que no supimos gestionar el rechazo o que no tuvimos las ganas de trabajar para que las cosas mejoraran. Preferimos tener la razón (diagnosticando a nuestro modo) que tener una relación conociendo al otro y a nosotros mismos.


Un acto de rebeldía

Este 14 de febrero, la verdadera odisea no es una reserva en un restaurante, sino bajar las defensas. En un mundo de nexting y diagnósticos exprés, el acto más revolucionario es la vulnerabilidad: permitirse ser visto, con virtudes y defectos, ante alguien que decida no hacer clic en la siguiente opción.

viernes, 13 de febrero de 2026

0797: “Me encanta la medicina occidental, solo que no quiero ser parte de ella”

 Contó entre risas, al recordar que necesitaba realizarse un test de tuberculosis cuando su hijo menor asistía a un jardín infantil cooperativo. En esa instancia, acudió al médico de su esposo, el diseñador de producción Bo Welch, quien decidió realizarle algunos exámenes básicos, entre ellos un electrocardiograma.


Durante el procedimiento, se dio cuenta que algo había llamado la atención de los profesionales.


O’Hara recordó que el médico intentó usar dos máquinas distintas de EKG y luego ordenó una radiografía de tórax. “Yo pensaba: ‘¿Qué está pasando?’” Poco después, el médico los llamó a su oficina con una revelación insólita: “‘¡Eres la primera persona que conozco [con situs inversus]!’”, le dijo.


Hasta ese momento, la actriz de Mi pobre angelito no tenía ninguna referencia familiar ni médica sobre la condición. “Tengo siete hermanos y mis padres ya habían muerto. Nunca había oído nada sobre esto”


O’Hara precisó que, en su caso, se trataba de dextrocardia, una forma específica de situs inversus en la que el corazón se encuentra ubicado en el lado derecho del pecho.


“Cuando el médico nos dijo que mi corazón estaba del lado derecho y que mis órganos estaban invertidos, mi esposo dijo de inmediato: ‘No, su cabeza es la que está al revés’”, recordó con humor. Cerró su anécdota levantando la copa: “¡Salud por la salud!”.


Qué es el situs inversus: datos médicos clave

El situs inversus es una condición genética poco frecuente en la que los órganos del tórax y del abdomen se desarrollan en una disposición especular, es decir, invertida con respecto a la anatomía estándar. Segun datos recuperados por People, afecta aproximadamente a una de cada 10.000 personas.


En la mayoría de los casos, las personas con situs inversus no presentan síntomas y llevan una vida completamente normal. Los órganos, aunque estén en una posición inusual, suelen funcionar con normalidad. Por ello, hay muchos que desconocen que tienen esta condición.


Las fuentes médicas consultadas coinciden en que esta anomalía no requiere tratamiento específico; pero sí es importante que los médicos estén informados del diagnóstico en caso de cirugías o procedimientos de emergencia. No es habitual que esté vinculado a complicaciones de salud.


martes, 10 de febrero de 2026

0796:FUNCIONA EL MUNDO… AUNQUE NO NOS GUSTE ACEPTARLO

 Es extraño.

Es incómodo.

Pero es real.

Al abogado le conviene que tengas problemas.

Al médico le conviene que te enfermes.

A la policía le conviene que existan criminales.

Al profesor le conviene que llegues sin educación.

Al arrendador le conviene que nunca tengas casa propia.

A la industria del sexo le conviene que no construyas familia.

Al dentista le conviene que tus dientes se dañen.

Al mecánico le conviene que tu carro falle.

Al fabricante de ataúdes le conviene que mueras.

Y al final…

solo el ladrón quiere que prosperes.

📌 LA VERDAD QUE CASI NADIE DICE

Muchos sistemas viven de:

✔️ Tus errores

✔️ Tus debilidades

✔️ Tus caídas

✔️ Tu ignorancia

✔️ Tu miedo

Tu dolor es negocio.

Tu fracaso es mercado.

Tu confusión es ganancia.

💥 SI QUIERES ROMPER LA CADENA…

No les des lo que esperan.

No te enfermes con lo que todos consumen.

No pienses como todos piensan.

No caigas en el juego que todos juegan.

Despierta.

Cuestiónalo todo.

Edúcate.

Cuídate.

Fortalécete.

🚀 EL VERDADERO DESAFÍO

Volverte tan fuerte,

tan sabio,

tan libre…

que nadie pueda lucrar con tu desgracia.

Ahí —y solo ahí— habrás ganado.

💎 RECUERDA ESTO:

La verdadera riqueza

no es dinero,

no es fama,

no es poder.

Es no ser esclavo

de un sistema

que se alimenta

de tu debilidad.

✨ Sé consciente. Sé libre. Sé dueño de tu vida. ✨


miércoles, 4 de febrero de 2026

0795: la minera y el pistolero

 "Una anciana se acercó y ató su vieja mula al poste de enganche.

Mientras ella estaba allí, sacándose un poco el polvo de la cara y la ropa, un joven pistolero salió del salón con una pistola en una mano y una botella de whisky en la otra.

Miró a la mujer y se rió.

Oye anciana, ¿alguna vez has bailado?

La mujer miró al pistolero y dijo: "No... nunca he bailado... Nunca quise hacerlo".

Una multitud se reunió mientras el joven pistolero sonreía y decía: "Bueno, vieja, ¡ahora vas a bailar!", y comenzó a disparar a los pies de la anciana.

La anciana buscadora de oro, para no perderse los dedos de los pies, empezó a dar saltitos. Muchos reían.

Cuando disparó su última bala, el pistolero, todavía riendo, enfundó su arma y se dio la vuelta para regresar al salón.

La anciana se volvió hacia su mula de carga, sacó una escopeta de dos cañones y amartilló ambos percutores. Los fuertes clics se oyeron con claridad en el aire del desierto, y la multitud dejó de reír al instante.

El pistolero también oyó los ruidos y se giró muy lentamente. El silencio era casi ensordecedor. La multitud observaba tensa mientras él observaba a la mujer y los enormes agujeros de esos dos cañones.

Los cañones de la escopeta no temblaron en sus manos mientras decía en voz baja: "Hijo, ¿alguna vez has besado el   *c* u*  l*   o**  de una mula?"

El pistolero tragó saliva con dificultad y dijo: "No, señora, pero siempre lo he querido".

HAY CINCO LECCIONES AQUÍ PARA TODOS NOSOTROS:

1- Nunca seas arrogante.

2 - No desperdicies munición.

3. El whisky te hace pensar que eres más inteligente de lo que eres.

4 - Asegúrate siempre de saber quién tiene el poder.

5 - No te metas con los viejos; ellos no envejecieron por ser estúpidos."


lunes, 2 de febrero de 2026

0794: No seas tan débil como para no saber poner a una mujer en su lugar cuando sea necesario.

Corregir una actitud negativa, establecer un límite firme, o incluso alejarte de una situación que no toleras no te convierte en un hombre malo. Te convierte en un hombre que se respeta. En uno que no permite que lo pasen por encima. Porque el respeto masculino no se obtiene a través de la sumisión, sino a través de la firmeza. A través de la capacidad de decir: “Hasta aquí. Esto no lo acepto”.

Los hombres débiles siempre terminan sufriendo. No porque el mundo sea injusto. Sino porque deciden callar cuando deberían hablar, tolerar lo que deberían rechazar, y seguir presentes donde ya han perdido el respeto. Especialmente en manos de mujeres, el hombre débil se convierte en un juguete emocional, un hombre que vive en función de no molestar, de no incomodar, de no perder lo poco que le dan. Pero el que vive para no perder, ya perdió.

No necesitas ser excesivamente comprensivo, ni andar caminando con cuidado para no “herir sentimientos”. No viniste al mundo para convertirte en una versión diluida de ti mismo. El hombre que dice “sí” a todo, que permite todo, que no corrige ni cuestiona nada, termina convertido en una sombra. Una figura sin liderazgo, sin presencia, sin esencia. Y lo peor es que después se pregunta por qué no lo respetan, por qué lo engañan, por qué lo abandonan. La respuesta es simple: no se respeta a sí mismo.

Las mujeres no admiran a los hombres que se arrastran detrás de ellas. Las mujeres respetan al hombre que se respeta, al que puede decir “no” sin miedo a perderla. Al que tiene la capacidad de irse si una línea se cruza. Al que no suplica, no ruega y no negocia con lo inaceptable. La admiración femenina no se gana con flores ni palabras bonitas, se gana con dirección, liderazgo y convicción.

Un verdadero hombre no necesita gritar, ni imponerse con fuerza bruta. Basta con que tenga claro quién es, qué tolera y qué no. Su energía habla por él. Su postura, su mirada, su silencio. Un hombre con principios no se deja mover por un par de emociones desordenadas. Él guía, él estructura, él protege. Pero jamás se traiciona a sí mismo por miedo a incomodar.

Ser amable sin límites, ser dócil por sistema, es una receta segura para perder tu identidad. Te volverás alguien fácilmente manipulable, fácilmente reemplazable y, eventualmente, despreciable. Porque lo que no se impone, se ignora. Y lo que se ignora, se destruye.

Así que lidera. Establece límites. Habla con claridad. No aceptes comportamientos que contradicen tus principios solo por mantener una relación. Porque si una relación exige que entierres tu dignidad, entonces no es una relación: es una sentencia.

Si estás listo para recuperar tu fuerza interna, tu voz, tu capacidad de liderazgo masculino, y dejar atrás la debilidad que este mundo intenta meterte en la mente… entonces tienes que leer esto.

Entra ahora a Dominio Total del Ser y empieza a convertirte en el tipo de hombre que ninguna mujer puede controlar, pero que muchas desean seguir.

 

miércoles, 28 de enero de 2026

0793: no sé si lo soñé o ..

 — Eso demasiado dinero para unas confituras.

— No importa, papá, compra todas las que quieras, así no tendremos que volver a detenernos.

— ¿Algo más, Señor? Son noventa y tres con noventa y cinco, Señor.

Pone todas las confituras en una bolsa y las cervezas en otra. El viejo le pide que se quede con el cambio.

— Gracias, señor.

Ambos sonríen y quizás hasta son felices: uno, porque desde ayer no vinieron clientes por ahí y ahora, de pronto, la suerte parece estar cambiando; el otro, el viejo llamado Eugenio, porque llevaba mucho tiempo sin salir de la ciudad y ahora recuerda que el mundo es un lugar agradable, lleno de vendedores correctos que saben hacerlo sentir importante.


La manija de la puerta está fría, tanto o más que el clima fuera de la tienda. Quizás debería ser interpretada como un aviso. La puerta parece gritar que se está mejor dentro de ese espacio diminuto lleno de olores dulces que hacen pensar en la niñez como si fuera asunto de hace un par de días. La puerta se resiste a ser abierta, es su último, desesperado e inútil intento por impedir que Eugenio entre a la fría realidad que le espera allá fuera. Este se vale de las fuerzas que aun conserva y consigue salir del espacio perfecto en el que se hallaba.


Fuera, el parqueo está vacío. La furgoneta del hijo es apenas una mancha blanca que, sobre la delgada línea de la autopista, corre veloz rumbo al horizonte. Se aleja por donde mismo vino, como si nada. Eugenio no sabe qué hacer, se queda paralizado, las bolsas se le caen de las manos y quizás el ruido de las botellas rompiéndose contra el suelo lo hacen reaccionar, como a esas atletas que esperan la señal de arrancada. Se apresura hasta la carretera, con toda la velocidad que le permite sus años y mueve los brazos para ser visto desde la distancia a través del espejo retrovisor. Grita el nombre del hijo, una y otra vez el nombre del hijo, y cuando el coche desaparece por completo en el paisaje, sigue gritando.


— Te vas a estropear la garganta, hombre de Dios — La voz viene desde la gasolinera. Pertenece a una mujer de edad indescifrable que está recogiendo los paquetes de confituras que se desparramaron por el suelo. Antes de guardarlos en la bolsa les sacude el polvo y sonríe mostrando el espacio vacío donde alguna vez hubo un colmillo superior y uno inferior. Su piel tiene ese brillo que aflora cuando no se ha recibido un baño caliente en mucho tiempo.


Las manos de Eugenio tiemblan, el pecho le duele, las orejas se le han puesto coloradas. Ha perdido las fuerzas. Se siente débil y en verdad lo está. ¿Cómo pudo?, piensa. Es consciente de que en cualquier momento puede desplomarse. El anciano se acerca a la mujer para pedirle ayuda, pero ahora el llanto no lo deja hablar.


— ¿Quieres un caramelo de menta? — le pregunta al viejo sin distraerse de su tarea de meter las golosinas en la bolsa. Este hace un gesto con la cabeza que significa que no. La mujer se encoge de hombros y se mete una gominola en la boca — . Están buenísimas — comenta mientras mastica y en su rostro hay una expresión alegre.


— ¿Cómo pudo? — balbucea el anciano y llega a su memoria el recuerdo de hace un par de noches.


El hijo se le quedo mirando y le pregunto:


— ¿Cuándo fue la última vez que fuimos juntos a la playa? — Entonces Eugenio no supo decir, porque los recuerdos se le confundían con los sueños. El hijo preguntaba otra vez, alzando la voz — . Vamos, papá, ¿cuándo fue?


Y el viejo no conseguía otra cosa que dejar la boca abierta y sonreír cuando le llegaba de golpe la imagen de su esposa, con aquel bañador a rayas rojas y blancas que resaltaba las virtudes de su cuerpo de muchacha, rayas rojas y blancas en contraste con la arena tan clara, con el cielo tan azul y con el agua tan azul. Entonces aún no era su esposa sino una vecina tres años mayor, que fumaba cigarrillos importados y nunca se fijaría en un niño como él. ¿Cuándo fue la última vez, papá?, parecían decir los ojos del hijo, como un ultimátum.


Recordaba al hijo haciendo castillos de arena, con el cabello mojado y los hombros tostados por el sol, pero no estaba seguro de si era su hijo, o su nieto, o un niño cualquiera que vio alguna vez. No podía recordar, y era extraño, porque la respuesta se le asomaba a la boca y se escondía con un absurdo que Eugenio no entendió hasta hoy.


— Fue hace mucho, papá — afirmó por fin el hijo y ya no hizo falta revolver ese pasado escurridizo — . Yo tampoco lo recuerdo, pero este fin de semana iremos. El aire del mar te hará bien, ya verás — esas fueron sus palabras.


lunes, 26 de enero de 2026

0792: Madame Queen.

 Llegó al puerto de Nueva York en 1912: una chica muy joven de las Antillas francesas, sin familia, sin dinero y con varios idiomas en la cabeza. A veces decía que venía de la Francia continental porque, en la América de 1912, ser “francesa” sonaba a sofisticación. Ser caribeña sonaba a servidumbre.

Limpió casas. Observó cómo se movía el poder por la ciudad, como electricidad en los cables. Ahorró cada centavo.

Para 1923, ya dirigía el mayor negocio de lotería clandestina de números en Harlem: una lotería simple donde la gente apostaba monedas a números de tres cifras. Era ilegal, sí, pero también funcionaba como el único “banco” al que muchas familias negras podían acceder cuando la banca legítima les cerraba la puerta.

Pagaba a los ganadores con justicia. Empleaba a cientos. Llevaba cuentas meticulosas. A finales de los años veinte, se decía que ganaba más de 200.000 dólares al año: millones en dinero de hoy.

Vivía en el 409 de Edgecombe Avenue, en un edificio donde también residieron W.E.B. Du Bois y el futuro juez del Tribunal Supremo Thurgood Marshall. Llevaba pieles. Harlem la llamó Madame Queen.

Luego la policía la arrestó en 1929 con pruebas dudosas. Tras ocho meses en prisión, no salió en silencio. Dio los nombres de los agentes que le exigían 6.000 dólares en sobornos. Su testimonio terminó con la suspensión de trece policías y un teniente.

Ahí empezó a comprar anuncios en los periódicos, no para vender nada, sino para enseñar. Explicó a su comunidad sus derechos legales. Cómo reconocer abusos policiales. Cómo defenderse sin violencia.

Una mujer negra usando la prensa dominada por blancos para desafiar a la autoridad blanca en 1930. “Revolucionario” se queda corto.

Y entonces llegó la amenaza real.

Cuando terminó la Prohibición en 1933, Dutch Schultz —un mafioso temido— miró hacia Harlem y su negocio de números. Su fama venía de lejos: historias de palizas, asesinatos y advertencias dejadas a la vista.

Su mensaje era simple: paga “protección” o muere. La mayoría pagó. Algunos huyeron. Otros acabaron fuera del juego.

Stephanie se negó.

Organizó a los operadores negros que quedaban en Harlem. Impulsó una campaña para apoyar a negocios y líderes negros. Atacó las operaciones de apuestas de Schultz. Y compró más anuncios en los periódicos, esta vez señalándolo por su nombre.

La mafia respondió. Orden de muerte. Hombres suyos secuestrados. Arrestos con cargos inventados. Se cuenta que una vez tuvo que esconderse en un sótano de carbón para escapar de sicarios.

La guerra duró cuatro años. Y, según ella misma, le costó 820 días en la cárcel y tres cuartos de millón de dólares.

Pero nunca pagó. Nunca huyó. Nunca se dobló.

Para 1935, las cuentas estaban claras: no podía derrotar sola a todo un sistema criminal. Tomó una decisión táctica: dar un paso atrás, no rendirse. Dejó el control operativo en manos de su lugarteniente, Bumpy Johnson, y se enfocó en inversiones y bienes raíces.

Y el 23 de octubre de 1935, Dutch Schultz fue acribillado en Newark. La Comisión, el órgano que mandaba en el crimen organizado, había ordenado el golpe: su violencia estaba dañando el negocio.

Mientras Schultz agonizaba en el hospital, llegó un telegrama: “Como siembres, así cosecharás.” Firmado: Madame Queen.

El mensaje salió en los periódicos. Al final, ella tuvo la última palabra.

Schultz murió al día siguiente. Stephanie vivió más de tres décadas después, en el mismo entorno de Harlem al que había llegado sin nada siendo adolescente.

Fue dueña de edificios. Escribió columnas políticas. Defendió el derecho al voto. En 1960, un perfil la describía como una empresaria acomodada que llevaba una vida lujosa.

Murió en diciembre de 1969, a los setenta y dos años.

La historia casi la borró. Recordaron a Bumpy Johnson. Recordaron a Dutch Schultz.

Pero quienes lo vivieron nunca olvidaron a la mujer del abrigo de piel que se negó a correr. La que convirtió su resistencia en registro público. La que demostró que el poder no viene solo del dinero o de las armas.

Cuando alguien intenta silenciarte con miedo, ¿bajas la cabeza… o compras el anuncio en el periódico?