miércoles, 14 de enero de 2026

0788: macondo

 José Arcadio Buendía no supo en qué momento se le subió a las manos la fuerza juvenil con que derribaba un caballo. Agarró a don Apolinar Moscote par la solapa y lo levantó a la altura de sus ojos.

-Esto lo hago -le dijo- porque prefiero cargarlo vivo y no tener que seguir cargándolo muerto por el resto de mi vida. 

Así la llevó por la mitad de la calle, suspendido por las solapas, hasta que lo puso sobre sus dos pies en el camino de la ciénaga. Una semana después estaba de regreso con seis soldados descalzos y harapientos, armados con escopetas, y una carreta de bueyes donde viajaban su mujer y sus siete hijas. Más tarde llegaran otras dos carretas con los muebles, los baúles y los utensilios domésticos. Instaló la familia en el Hotel de Jacob, mientras conseguía una casa, y volvió a abrir el despacho protegido por los soldados.

Los fundadores de Macondo, resueltos a expulsar a los invasores, fueron con sus hijos mayores a ponerse a disposición de José Arcadio Buendía. Pera él se opuso, según explicó, porque don Apolinar Moscote había vuelto con su mujer y sus 

hijas, y no era cosa de hombres abochornar a otros delante de su familia. Así que decidió arreglar la situación por las buenas. 

Aureliano lo acompañó. Ya para entonces había empezado a cultivar el bigote negro de puntas engomadas, y tenía la voz un poco estentórea 

que había de caracterizarlo en la guerra. Desarmados, sin hacer caso de la guardia, entraron al despacho del corregidor. Don Apolinar Moscote no perdió la serenidad. Les presentó a dos de sus hijas que se encontraban allí por casualidad: Amparo, de dieciséis años, morena como su madre, y Remedios, de apenas nueve años, una preciosa niña con piel de lirio y ojos verdes. Eran graciosas y bien educadas. Tan pronto como ellos entraron, antes de ser presentadas, les acercaron sillas para que se sentaran. Pero ambos permanecieron de pie.

-Muy bien, amigo -dijo José Arcadio Buendía-, usted se queda aquí, pero no porque tenga en la puerta esos bandoleros de trabuco, sino por consideración a su señora esposa y a sus hijas. 

Don Apolinar Moscote se desconcertó, pero José Arcadio Buendía no le dio tiempo de replicar. «Sólo le ponemos dos condiciones -agregó-. La primera: que cada quien pinta su casa del color que le dé la gana. La segunda: que los soldados se van en seguida. Nosotros le garantizamos el orden.» El corregidor levantó la mano derecha con todos los dedos extendidos. 

-¿Palabra de honor? 

-Palabra de enemigo -dijo José Arcadio Buendía. Y añadió en un tono amargo- Porque una cosa le quiero decir: usted y yo seguimos siendo enemigos. 

Esa misma tarde se fueran los soldados. Pocos días después José Arcadio Buendía le consiguió una casa a la familia del corregidor. Todo el mundo quedó en paz, menos Aureliano. La imagen de Remedios, la hija menor del corregidor, que por su edad hubiera podido ser hija suya, le quedó doliendo en alguna parte del cuerpo. Era una sensación física que casi le molestaba para caminar, como una piedrecita en el zapato.


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