miércoles, 28 de enero de 2026

0793: no sé si lo soñé o ..

 — Eso demasiado dinero para unas confituras.

— No importa, papá, compra todas las que quieras, así no tendremos que volver a detenernos.

— ¿Algo más, Señor? Son noventa y tres con noventa y cinco, Señor.

Pone todas las confituras en una bolsa y las cervezas en otra. El viejo le pide que se quede con el cambio.

— Gracias, señor.

Ambos sonríen y quizás hasta son felices: uno, porque desde ayer no vinieron clientes por ahí y ahora, de pronto, la suerte parece estar cambiando; el otro, el viejo llamado Eugenio, porque llevaba mucho tiempo sin salir de la ciudad y ahora recuerda que el mundo es un lugar agradable, lleno de vendedores correctos que saben hacerlo sentir importante.


La manija de la puerta está fría, tanto o más que el clima fuera de la tienda. Quizás debería ser interpretada como un aviso. La puerta parece gritar que se está mejor dentro de ese espacio diminuto lleno de olores dulces que hacen pensar en la niñez como si fuera asunto de hace un par de días. La puerta se resiste a ser abierta, es su último, desesperado e inútil intento por impedir que Eugenio entre a la fría realidad que le espera allá fuera. Este se vale de las fuerzas que aun conserva y consigue salir del espacio perfecto en el que se hallaba.


Fuera, el parqueo está vacío. La furgoneta del hijo es apenas una mancha blanca que, sobre la delgada línea de la autopista, corre veloz rumbo al horizonte. Se aleja por donde mismo vino, como si nada. Eugenio no sabe qué hacer, se queda paralizado, las bolsas se le caen de las manos y quizás el ruido de las botellas rompiéndose contra el suelo lo hacen reaccionar, como a esas atletas que esperan la señal de arrancada. Se apresura hasta la carretera, con toda la velocidad que le permite sus años y mueve los brazos para ser visto desde la distancia a través del espejo retrovisor. Grita el nombre del hijo, una y otra vez el nombre del hijo, y cuando el coche desaparece por completo en el paisaje, sigue gritando.


— Te vas a estropear la garganta, hombre de Dios — La voz viene desde la gasolinera. Pertenece a una mujer de edad indescifrable que está recogiendo los paquetes de confituras que se desparramaron por el suelo. Antes de guardarlos en la bolsa les sacude el polvo y sonríe mostrando el espacio vacío donde alguna vez hubo un colmillo superior y uno inferior. Su piel tiene ese brillo que aflora cuando no se ha recibido un baño caliente en mucho tiempo.


Las manos de Eugenio tiemblan, el pecho le duele, las orejas se le han puesto coloradas. Ha perdido las fuerzas. Se siente débil y en verdad lo está. ¿Cómo pudo?, piensa. Es consciente de que en cualquier momento puede desplomarse. El anciano se acerca a la mujer para pedirle ayuda, pero ahora el llanto no lo deja hablar.


— ¿Quieres un caramelo de menta? — le pregunta al viejo sin distraerse de su tarea de meter las golosinas en la bolsa. Este hace un gesto con la cabeza que significa que no. La mujer se encoge de hombros y se mete una gominola en la boca — . Están buenísimas — comenta mientras mastica y en su rostro hay una expresión alegre.


— ¿Cómo pudo? — balbucea el anciano y llega a su memoria el recuerdo de hace un par de noches.


El hijo se le quedo mirando y le pregunto:


— ¿Cuándo fue la última vez que fuimos juntos a la playa? — Entonces Eugenio no supo decir, porque los recuerdos se le confundían con los sueños. El hijo preguntaba otra vez, alzando la voz — . Vamos, papá, ¿cuándo fue?


Y el viejo no conseguía otra cosa que dejar la boca abierta y sonreír cuando le llegaba de golpe la imagen de su esposa, con aquel bañador a rayas rojas y blancas que resaltaba las virtudes de su cuerpo de muchacha, rayas rojas y blancas en contraste con la arena tan clara, con el cielo tan azul y con el agua tan azul. Entonces aún no era su esposa sino una vecina tres años mayor, que fumaba cigarrillos importados y nunca se fijaría en un niño como él. ¿Cuándo fue la última vez, papá?, parecían decir los ojos del hijo, como un ultimátum.


Recordaba al hijo haciendo castillos de arena, con el cabello mojado y los hombros tostados por el sol, pero no estaba seguro de si era su hijo, o su nieto, o un niño cualquiera que vio alguna vez. No podía recordar, y era extraño, porque la respuesta se le asomaba a la boca y se escondía con un absurdo que Eugenio no entendió hasta hoy.


— Fue hace mucho, papá — afirmó por fin el hijo y ya no hizo falta revolver ese pasado escurridizo — . Yo tampoco lo recuerdo, pero este fin de semana iremos. El aire del mar te hará bien, ya verás — esas fueron sus palabras.


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