Un día el marido de la tía Magdalena le abrió la puerta a un cartero que llevaba una carta dirigida a ella. Nunca habían tenido secretos y era tal la simbiosis de aquel matrimonio que ahí las cartas las abría uno aunque fueran dirigidas al otro. Nadie consideraba eso violación de la intimidad, menos aún falta de educación. Así que al recibir aquel sobre tan blanco, tan planchado, con el nombre de su mujer escrito por una letra contundente, lo abrió. El mensaje decía:
Magdalena:
Como siempre que hablamos del tema terminas llorando y te confundes en la locura de que nos quieres a los dos con la misma intensidad, he decidido no volver a verte. No creo imposible deshacerme de mi deseo por ti, alguna vez hay que despertar de los sueños. Estoy seguro de que tú no tendrás grandes problemas olvidándome. Acabar con este desorden nos hará bien a los dos. Vuelve al deber que elegiste y no llames ni pretendas convencerme de nada.
Alejandro.
PD. Tienes razón, fue hermoso.
El marido de la tía Magdalena guardó la carta, le puso pegamento al sobre y lo dejó en la charola del correo junto con el recibo del teléfono y las cuentas del banco. Estaba furioso. La rabia le puso las orejas coloradas y los ojos húmedos. Entró a su despacho para que nadie lo viera, por más que no había nadie en la casa.
Sentado en la silla frente a su escritorio, el hombre respiraba con violencia por la boca. Tenía las manos sobre la frente y los brazos alrededor de la cara. Si algo en la vida él quería y respetaba por encima de todo, eran el cuerpo y la sabiduría de su mujer. ¿Cómo podía alguien atreverse a escribirle de aquel modo? Magdalena era una reina, un tesoro, una diosa. Magdalena era un pan, un árbol, una espada. Era generosa, íntegra, valiente, perfecta. y si ella alguna vez le había dicho a alguien te quiero, ese alguien debió postrarse a sus pies. ¿Cómo era posible que la hiciera llorar? Bebió un whisky y luego dos. Pegó contra el suelo con un palo de golf hasta desbaratarlo. Se metió veinte minutos bajo la regadera y al salir puso en el tocadiscos al Beethoven más desesperado y cuando su mujer y los niños entraron a la casa, dos horas después, estaba disimuladamente tranquilo.
Se habían asoleado, todos tenían las cabezas un poco desordenadas y las mejillas hirviendo. La tía Magdalena se quitó el sombrero y fue a sentarse junto a su marido.
-¿Te sirvo otro whisky? -dijo tras besarlo como a un hermano.
-Ya no, porque vamos a comer en casa de los Cobián y no me quiero emborrachar.
-¿Vamos a comer en casa de los Cobián? Nunca me dijiste.
-Te digo ahorita.
-"Te digo ahorita". Siempre me haces lo mismo.
-Y nunca te enojas, eres una esposa perfecta.
-Nunca me enojo, pero no soy una esposa perfecta.
-Sí eres una esposa perfecta. Y sí tráeme otro whisky.
La tía caminó hasta la botella y los hielos, sirvió el whisky, lo movió, quiso uno para ella. Cuando lo tuvo listo, volvió junto a su marido con un vaso en cada mano. De verdad era linda Magdalena. Era de esas mujeres bonitas que no necesitan nada para serlo más que levantarse en las mañanas y acostarse en las noches. De remate, la tía Magdalena se acostaba a otras horas llena de pasión y culpa, lo que en los últimos tiempos le había dado una firmeza de caminado y un temblor en los labios con los que su tipo de ángel ganó justo la pizca de maldad necesaria para parecer divina. Fue a sentarse a los pies de su marido y le contó los dires y devenires del desfile. Le dio la lista completa de quienes estaban en los palcos de la casa del círculo español. Después le dibujó en un papelito un nuevo diseño para vajilla de talavera que podría hacerse en la fábrica. Hablaron largo rato de los problemas que estaban dando los acaparadores de frijol en el mercado La Victoria. Durante todo ese tiempo, la tía Magdalena se sintió observada por su marido de una manera nueva. Mientras hablaba, muchas veces la interrumpió para acariciarle la frente o las mejillas, como si quisiera detenerle cada gesto de júbilo.
-Me estás mirando raro -le dijo ella una vez.
-Te estoy mirando -contestó él.
-Raro -volvió a decir la tía.
-Raro -asintió él y continuó la conversación.
¿Cómo había alguien en el mundo capaz de permitirse perder a esa mujer? Debía estar loco. Empezó a enfurecerse de nuevo contra quien mandó esa carta y de paso contra él, que no la había escondido siquiera hasta el día siguiente. Así su mujer la encontraría durante la mañana, cuando ni él ni los niños estorbaran su tristeza. Entonces se levantó del sillón alegando que ya era tarde y mientras la tía Magdalena iba a pintarse los labios, él caminó al recibidor y quitó la carta de la charola del correo. La mesa sobre la que estaba era una antigüedad que había pertenecido a la bisabuela de la tía Magdalena. Tenía un cajón en medio al que la polilla se colaba con frecuencia. Ahí metió la carta y respiró, feliz de postergarle el problema a su mujer. Gracias a eso pasaron una comida apacible y risueña.
El lunes, antes de irse a la fábrica, puso la carta encima de todas las demás. La tía Magdalena había amanecido radiante.
-Debe ser porque nos vamos -pensó el marido.
Y en efecto, a la tía Magdalena le gustaban los días hábiles. Quién sabe a qué horas ni cómo se encontraba con el torpe aquel, pero de seguro era en los días hábiles. Cuando se despidieron, él dijo como de costumbre: "Estoy en la fábrica por si algo necesitas" y la besó en la cabeza. Entonces ella dio el último trago a su café y mordió la rebanada de pan con mantequilla del que siempre dejaba un pedacito, atendiendo a quién sabe qué disciplina dietética. Luego se levantó y fue en busca del correo. Entonces dio con la carta. Se la llevó al baño de junto a su recámara que todavía era un caos de toallas húmedas y piyamas recién arrancadas. Sentada en el suelo la abrió. No le bastaron las toallas para secarse la cantidad de lágrimas que derramo. Se tuvo lástima durante tanto rato y con tal brío que si la cocinera no la saca del precipicio para preguntarle qué hacer de comida hubiera podido convertirse en charco.
Contestó que hicieran sopa de hongos, carne fría, ensalada, papas fritas y pastel de queso, sin dudar ni desdecirse y a una velocidad tal que la cocinera no le creyó. Siempre pasaban horas confeccionando el menú y ella había contagiado a la muchacha de sus manías:
-La sopa es café y la carne también -dijo la cocinera segura de que habría un cambio.
-No importa -le contestó la tía Magdalena, aún poseída por un dolor de velorio.
Su marido regresó temprano del trabajo, como cuando estaban recién casados y a ella le daba catarro. Llegó buscándola, seguro de que la pena la tendría postrada fingiendo algún mal. La encontró sentada en el jardín, esperando su turno para brincar la reata en un concurso al que sus dos hijas y una prima le concedían rango de olímpico. Estaba contando los brincos de su hija que iba en el ciento tres. Las otras dos niñas tenían la reata una de cada punta y la movían mientras contaban, perfectamente acopladas.
-Juego de mujeres -dijo el marido, que nunca le había encontrado chiste a brincar la reata.
La tía Magdalena se levantó a besarlo. Él puso el brazo sobre sus hombros y la oyó seguir contando los brincos de la niña:
-Ciento doce, ciento trece, ciento catorce, ciento quince, ciento dieciséis... ¡Pisaste! -gritó riéndose-. Me toca.
Se separó de su marido y voló al centro de la cuerda. Le brillaban los ojos, tenía los labios embravecidos y las mejillas más rojas que nunca. Empezó a brincar en silencio, con la boca apretada y los brazos en vilo, oyendo sólo la voz de las niñas que contaban en coro. Cuando llegó al cien, su voz empezó a salir como un murmullo en el que se apoyaba para seguir brincando. El marido se unió al coro cuando vio a la tía Magdalena llegar al ciento diecisiete sin haber pisado la cuerda. Acunada por aquel canto la tía brincó cada vez más rápido. Pasó por el doscientos como una exhalación y siguió brinca y brinca hasta llegar al setecientos cinco.
-¡Gané! -gritó entonces-. ¡Gané! -y se dejó caer al suelo alzándose un segundo después con el brío de una llama.
-¡Gané!¡Gané! -gritó corriendo hasta donde estaba su marido.
-Afortunada en el juego, desafortunada en el amor -dijo él.
-Afortunada en todo -contestó ella jadeante-. ¿O me vas a salir tú también con que ya no me quieres?
-¿Yo también? -dijo el marido.
-Esposo, eres un violador de correspondencia y usaste un pésimo pegamento para disimularlo -dijo la tía Magdalena.
-En cambio tú disimulas bien. ¿No estás muy triste?
-Algo -dijo la tía Magdalena.
-¿Si yo me fuera podrías brincar la reata? -preguntó él.
-Creo que no -dijo la tía Magdalena.
-Entonces me quedo -contestó el marido, recuperando su alma. Y se quedó.
miércoles, 9 de marzo de 2016
martes, 8 de marzo de 2016
567: Elogio a la mujer brava
Estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro machista que llevamos dentro, son las mejores parejas.
A los hombres machistas, que somos como el 96 por ciento de la población masculina, nos molestan las mujeres de carácter áspero, duro, decidido. Tenemos palabras denigrantes para designarlas: arpías, brujas, viejas, traumadas, solteronas, amargadas, marimachas, etc. En realidad, les tenemos miedo y no vemos la hora de hacerles pagar muy caro su desafío al poder masculino que hasta hace poco habíamos detentado sin cuestionamientos. A seres machistas incorregibles que somos, machistas ancestrales por cultura y por herencia, nos molestan instintivamente esas fieras que en vez de someterse a nuestra voluntad, atacan y se defienden.
La hembra con la que soñamos, un sueño moldeado por siglos de prepotencia y por genes de bestias, consiste en una pareja joven y mansa, dulce y sumisa, siempre con una sonrisa de condescendencia en la boca. Una mujer bonita que no discuta, que sea simpática y diga frases amables, que jamás reclame, que abra la boca solamente para ser correcta, elogiar nuestros actos y celebrarnos bobadas. Que use las manos para la caricia, para tener la casa impecable, hacer buenos platos, servir bien los tragos y acomodar las flores en floreros. Este ideal, que las revistas de moda nos confirman, puede identificarse con una especie de modelito de las que salen por televisión, al final de los noticieros, siempre a un milímetro de quedar en bola, con curvas increíbles (te mandan beeres y abrazos, aunque no te conozcan), siempre a tu entera disposición, en apariencia como si nos dijeran “no más usted me avisa y yo le abro las piernas”, siempre como dispuestas a un vertiginoso desahogo de líquidos semujerles, entre gritos ridículos del hombre (no de ellas, que requieren más tiempo y se quedan a medias).
A los machistas jóvenes y viejos nos ponen en jaque estas nuevas mujeres, las mujeres de verdad, las que no se someten y protestan y por eso seguimos soñando, más bien, con jovencitas perfectas que lo den fácil y no pongan problema. Porque estas mujeres nuevas exigen, piden, dan, se meten, regañan, contradicen, hablan y sólo se desnudan si les da la gana. Estas mujeres nuevas no se dejan dar órdenes, ni podemos dejarlas plantadas, o tiradas, o arrinconadas, en silencio y de ser posible en roles subordinados y en puestos subalternos. Las mujeres nuevas estudian más, saben más, tienen más disciplina, más iniciativa y quizá por eso mismo les queda más difícil conseguir pareja, pues todos los machistas les tememos.
Pero estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro machista que llevamos dentro, son las mejores parejas. Ni siquiera tenemos que mantenerlas, pues ellas no lo permitirían porque saben que ese fue siempre el origen de nuestro dominio. Ellas ya no se dejan mantener, que es otra manera de comprarlas, porque saben que ahí -y en la fuerza bruta- ha radicado el poder de nosotros los machos durante milenios. Si las llegamos a conocer, si logramos soportar que nos corrijan, que nos refuten las ideas, nos señalen los errores que no queremos ver y nos desinflen la vanidad a punta de alfileres, nos daremos cuenta de que esa nueva paridad es agradable, porque vuelve posible una relación entre iguales, en la que nadie manda ni es mandado. Como trabajan tanto como nosotros (o más) entonces ellas también se declaran hartas por la noche y de mal humor, y lo más grave, sin ganas de cocinar. Al principio nos dará rabia, ya no las veremos tan buenas y abnegadas como nuestras santas madres, pero son mejores, precisamente porque son menos santas (las santas santifican) y tienen todo el derecho de no serlo.
Envejecen, como nosotros, y ya no tienen piel ni senos de veinteañeras (mirémonos el pecho también nosotros y los pies, las mejillas, los poquísimos pelos), las hormonas les dan ciclos de euforia y mal genio, pero son sabias para vivir y para amar y si alguna vez en la vida se necesita un consejo sensato (se necesita siempre, a diario), o una estrategia útil en el marido, o una maniobra acertada para ser más felices, ellas te lo darán, no las peladitas de piel y tetas perfectas, aunque estas sean la delicia con la que soñamos, un sueño que cuando se realiza ya ni sabemos qué hacer con todo eso.
Los varones machistas, somos animalitos todavía y es inútil pedir que dejemos de mirar a las muchachitas perfectas. Los ojos se nos van tras ellas, tras las curvas, porque llevamos por dentro un programa tozudo que hacia allá nos impulsa, como autómatas. Pero si logramos usar también esa herencia reciente, el córtex cerebral, si somos más sensatos y racionales, si nos volvemos más humanos y menos primitivos, nos daremos cuenta de que esas mujeres nuevas, esas mujeres bravas que exigen, trabajan, producen, joden y protestan, son las más desafiantes y por eso mismo las más estimulantes, las más entretenidas, las únicas con quienes se puede establecer una relación duradera, porque está basada en algo más que en abracitos y beeres, o en coitos precipitados seguidos de tristeza. Esas mujeres nos dan ideas, amistad, pasiones y curiosidad por lo que vale la pena, sed de vida larga y de conocimiento.
¡Vamos hombres, por esas mujeres bravas!
¡¡¡Oro por que mis dos hijas sean de éste maravilloso grupo y encuentren hombres que sepan apreciar a esta clase de nuevas mujeres!!!
Por Héctor Abad
A los hombres machistas, que somos como el 96 por ciento de la población masculina, nos molestan las mujeres de carácter áspero, duro, decidido. Tenemos palabras denigrantes para designarlas: arpías, brujas, viejas, traumadas, solteronas, amargadas, marimachas, etc. En realidad, les tenemos miedo y no vemos la hora de hacerles pagar muy caro su desafío al poder masculino que hasta hace poco habíamos detentado sin cuestionamientos. A seres machistas incorregibles que somos, machistas ancestrales por cultura y por herencia, nos molestan instintivamente esas fieras que en vez de someterse a nuestra voluntad, atacan y se defienden.
La hembra con la que soñamos, un sueño moldeado por siglos de prepotencia y por genes de bestias, consiste en una pareja joven y mansa, dulce y sumisa, siempre con una sonrisa de condescendencia en la boca. Una mujer bonita que no discuta, que sea simpática y diga frases amables, que jamás reclame, que abra la boca solamente para ser correcta, elogiar nuestros actos y celebrarnos bobadas. Que use las manos para la caricia, para tener la casa impecable, hacer buenos platos, servir bien los tragos y acomodar las flores en floreros. Este ideal, que las revistas de moda nos confirman, puede identificarse con una especie de modelito de las que salen por televisión, al final de los noticieros, siempre a un milímetro de quedar en bola, con curvas increíbles (te mandan beeres y abrazos, aunque no te conozcan), siempre a tu entera disposición, en apariencia como si nos dijeran “no más usted me avisa y yo le abro las piernas”, siempre como dispuestas a un vertiginoso desahogo de líquidos semujerles, entre gritos ridículos del hombre (no de ellas, que requieren más tiempo y se quedan a medias).
A los machistas jóvenes y viejos nos ponen en jaque estas nuevas mujeres, las mujeres de verdad, las que no se someten y protestan y por eso seguimos soñando, más bien, con jovencitas perfectas que lo den fácil y no pongan problema. Porque estas mujeres nuevas exigen, piden, dan, se meten, regañan, contradicen, hablan y sólo se desnudan si les da la gana. Estas mujeres nuevas no se dejan dar órdenes, ni podemos dejarlas plantadas, o tiradas, o arrinconadas, en silencio y de ser posible en roles subordinados y en puestos subalternos. Las mujeres nuevas estudian más, saben más, tienen más disciplina, más iniciativa y quizá por eso mismo les queda más difícil conseguir pareja, pues todos los machistas les tememos.
Pero estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro machista que llevamos dentro, son las mejores parejas. Ni siquiera tenemos que mantenerlas, pues ellas no lo permitirían porque saben que ese fue siempre el origen de nuestro dominio. Ellas ya no se dejan mantener, que es otra manera de comprarlas, porque saben que ahí -y en la fuerza bruta- ha radicado el poder de nosotros los machos durante milenios. Si las llegamos a conocer, si logramos soportar que nos corrijan, que nos refuten las ideas, nos señalen los errores que no queremos ver y nos desinflen la vanidad a punta de alfileres, nos daremos cuenta de que esa nueva paridad es agradable, porque vuelve posible una relación entre iguales, en la que nadie manda ni es mandado. Como trabajan tanto como nosotros (o más) entonces ellas también se declaran hartas por la noche y de mal humor, y lo más grave, sin ganas de cocinar. Al principio nos dará rabia, ya no las veremos tan buenas y abnegadas como nuestras santas madres, pero son mejores, precisamente porque son menos santas (las santas santifican) y tienen todo el derecho de no serlo.
Envejecen, como nosotros, y ya no tienen piel ni senos de veinteañeras (mirémonos el pecho también nosotros y los pies, las mejillas, los poquísimos pelos), las hormonas les dan ciclos de euforia y mal genio, pero son sabias para vivir y para amar y si alguna vez en la vida se necesita un consejo sensato (se necesita siempre, a diario), o una estrategia útil en el marido, o una maniobra acertada para ser más felices, ellas te lo darán, no las peladitas de piel y tetas perfectas, aunque estas sean la delicia con la que soñamos, un sueño que cuando se realiza ya ni sabemos qué hacer con todo eso.
Los varones machistas, somos animalitos todavía y es inútil pedir que dejemos de mirar a las muchachitas perfectas. Los ojos se nos van tras ellas, tras las curvas, porque llevamos por dentro un programa tozudo que hacia allá nos impulsa, como autómatas. Pero si logramos usar también esa herencia reciente, el córtex cerebral, si somos más sensatos y racionales, si nos volvemos más humanos y menos primitivos, nos daremos cuenta de que esas mujeres nuevas, esas mujeres bravas que exigen, trabajan, producen, joden y protestan, son las más desafiantes y por eso mismo las más estimulantes, las más entretenidas, las únicas con quienes se puede establecer una relación duradera, porque está basada en algo más que en abracitos y beeres, o en coitos precipitados seguidos de tristeza. Esas mujeres nos dan ideas, amistad, pasiones y curiosidad por lo que vale la pena, sed de vida larga y de conocimiento.
¡Vamos hombres, por esas mujeres bravas!
¡¡¡Oro por que mis dos hijas sean de éste maravilloso grupo y encuentren hombres que sepan apreciar a esta clase de nuevas mujeres!!!
Por Héctor Abad
domingo, 6 de marzo de 2016
566: Los del REBAÑO
Todos buscan la aquiescencia de los demás.
Todos buscan la aprobación de los demás.
Todos buscan el asentimiento de los demás.
Todos buscan el beneplácito de los demás.
Todos buscan la anuencia de los demás.
Todos buscan la aceptación de los demás.
Cuando alguien dice una ocurrencia, la prójima estalla en carcajadas, pero, inmediatamente busca en los demás también la risa y si nadie está riendo ella calla su alegría
Cuando el equipo hace un gol, el hincha salta de gozo, pero inmediatamente mira alrededor para ver si los otros hinchas están manifestando su felicidad y al ver que todos los de la barra lo hacen él se llena de felicidad y grita como un loco.
Si una oveja corre hacia la izquierda, todas las otras la siguen y si se detiene, también lo hacen las otras.
El padre o la madre enseña a su hijo estas malas costumbres, pues le dice, ven quiero ver cómo estas vestido, y si le gusta cómo lo ve le sonríe y le da un beso, si le disgusta le ordena que debe ponerse o cambiarse.
Por esta razón los muchachos y las muchachas andan en manada, para recibir el asentimiento de los demás.
Y también así actúan los adultos y siguen la moda y hasta piensan igual, todos buscan la aceptación.
Solo los raros, los solitarios o libre pensadores no andan en manada, piara o rebaño
Todos buscan la aprobación de los demás.
Todos buscan el asentimiento de los demás.
Todos buscan el beneplácito de los demás.
Todos buscan la anuencia de los demás.
Todos buscan la aceptación de los demás.
Cuando alguien dice una ocurrencia, la prójima estalla en carcajadas, pero, inmediatamente busca en los demás también la risa y si nadie está riendo ella calla su alegría
Cuando el equipo hace un gol, el hincha salta de gozo, pero inmediatamente mira alrededor para ver si los otros hinchas están manifestando su felicidad y al ver que todos los de la barra lo hacen él se llena de felicidad y grita como un loco.
Si una oveja corre hacia la izquierda, todas las otras la siguen y si se detiene, también lo hacen las otras.
El padre o la madre enseña a su hijo estas malas costumbres, pues le dice, ven quiero ver cómo estas vestido, y si le gusta cómo lo ve le sonríe y le da un beso, si le disgusta le ordena que debe ponerse o cambiarse.
Por esta razón los muchachos y las muchachas andan en manada, para recibir el asentimiento de los demás.
Y también así actúan los adultos y siguen la moda y hasta piensan igual, todos buscan la aceptación.
Solo los raros, los solitarios o libre pensadores no andan en manada, piara o rebaño
sábado, 5 de marzo de 2016
565: LAS MUJERES TAMBIÉN MIRAN
Cierto. Miran todo lo que pasa, hombres y mujeres. Se comparan, fantasean y calculan. Pero lo hacen con más disimulo, tienen más elegancia para hacerlo.
TIPOS DE MIRONES
Hay veces en que las miradas de tu pareja a otras mujeres no te ofenden, te divierten o te parecen inofensivas. Depende de su actitud y de cómo tú lo tomes, para que esto se convierta en un problema.
1. La ojeada o el vistazo: estás cenando en un restaurant con tu pareja y, en cierto momento, ves que su vista se desvía por un momento y se centra en la mujer de la mesa de al lado, que, por cierto, es muy bonita y a la que tú ya has radiografiado, porque te encantan sus sandalias. Él mira rápido y vuelve a tus ojos para seguir charlando.
FUE UN VISTAZO. NO PASA NADA.
2. La mirada de análisis: en la misma situación, tu pareja, después del vistazo rápido, vuelve a concentrarse en tu vecina de mesa detenidamente, mientras mastica la ensalada. Tus palabras se pierden en la nada porque él está calculando la distancia del cuello al escote, y la tersura de sus piernas, sin perder un solo centímetro de piel y tela. Hasta la vecina se siente incómoda, porque ella también lo percibe. Te enojas y le tocas el brazo para despertarlo del trance.
3. El comentario: le ha echado un vistazo, la ha radiografiado con la mente y cuando lo sacas del trance, decide comentarte sus impresiones.
Quiere compartir contigo lo impresionante de sus pechos o la bellísima boca que tiene. No sabes si cruzarle la cara de un sopapo o sonreírte ante su comportamiento infantil, pero honesto. Admira algo deseable, pero lo comparte contigo, no lo esconde. En este caso, la más incómoda será la vecina de mesa que, a esta altura, tiene ganas de pedir la cuenta y marcharse.
4. El mirón rutinario: sabes que va a mirar a todas las mujeres que se le crucen por los ojos. Altas, bajas, flacas, gordas, jóvenes o viejas. “Ojea” mujeres como si fueran las revistas de consultorio odontológico, casi como un deporte. No tiene demasiada importancia, pero sí es irritante para ti.
EFECTOS EN LAS MUJERES
El problema no es tanto que ellos miren, porque la mayor parte de las veces lo hacen sin pensar si quiera, sino cómo eso las hace sentir a ellas. Si tienen autoestima baja o están inseguras de cómo se ven, o en una etapa sensible hormonalmente como la menopausia, o simplemente el SPM, esto puede afectarlas más de lo que debiera.
“Soy fea”, “¿Habré engordado?” “Ya no soy su tipo”, “No me quiere más”, “¿Por qué no me mira a mí como las mira a ellas? Es inevitable que ellas sientan un poco de inseguridad y celos cuando él mira a otra, sobre todo porque ella da mucha importancia a ese tipo de detalles.
Sin embargo, en el 90% de los casos, ellos miran por el placer visual de hacerlo, pero su corazón y su afecto no están en juego. Quizá por eso a ellos les asombra tanto que ellas pongan en duda su amor por este tipo de cosas.
TIPOS DE MIRONES
Hay veces en que las miradas de tu pareja a otras mujeres no te ofenden, te divierten o te parecen inofensivas. Depende de su actitud y de cómo tú lo tomes, para que esto se convierta en un problema.
1. La ojeada o el vistazo: estás cenando en un restaurant con tu pareja y, en cierto momento, ves que su vista se desvía por un momento y se centra en la mujer de la mesa de al lado, que, por cierto, es muy bonita y a la que tú ya has radiografiado, porque te encantan sus sandalias. Él mira rápido y vuelve a tus ojos para seguir charlando.
FUE UN VISTAZO. NO PASA NADA.
2. La mirada de análisis: en la misma situación, tu pareja, después del vistazo rápido, vuelve a concentrarse en tu vecina de mesa detenidamente, mientras mastica la ensalada. Tus palabras se pierden en la nada porque él está calculando la distancia del cuello al escote, y la tersura de sus piernas, sin perder un solo centímetro de piel y tela. Hasta la vecina se siente incómoda, porque ella también lo percibe. Te enojas y le tocas el brazo para despertarlo del trance.
3. El comentario: le ha echado un vistazo, la ha radiografiado con la mente y cuando lo sacas del trance, decide comentarte sus impresiones.
Quiere compartir contigo lo impresionante de sus pechos o la bellísima boca que tiene. No sabes si cruzarle la cara de un sopapo o sonreírte ante su comportamiento infantil, pero honesto. Admira algo deseable, pero lo comparte contigo, no lo esconde. En este caso, la más incómoda será la vecina de mesa que, a esta altura, tiene ganas de pedir la cuenta y marcharse.
4. El mirón rutinario: sabes que va a mirar a todas las mujeres que se le crucen por los ojos. Altas, bajas, flacas, gordas, jóvenes o viejas. “Ojea” mujeres como si fueran las revistas de consultorio odontológico, casi como un deporte. No tiene demasiada importancia, pero sí es irritante para ti.
EFECTOS EN LAS MUJERES
El problema no es tanto que ellos miren, porque la mayor parte de las veces lo hacen sin pensar si quiera, sino cómo eso las hace sentir a ellas. Si tienen autoestima baja o están inseguras de cómo se ven, o en una etapa sensible hormonalmente como la menopausia, o simplemente el SPM, esto puede afectarlas más de lo que debiera.
“Soy fea”, “¿Habré engordado?” “Ya no soy su tipo”, “No me quiere más”, “¿Por qué no me mira a mí como las mira a ellas? Es inevitable que ellas sientan un poco de inseguridad y celos cuando él mira a otra, sobre todo porque ella da mucha importancia a ese tipo de detalles.
Sin embargo, en el 90% de los casos, ellos miran por el placer visual de hacerlo, pero su corazón y su afecto no están en juego. Quizá por eso a ellos les asombra tanto que ellas pongan en duda su amor por este tipo de cosas.
jueves, 3 de marzo de 2016
564: Sombra Nº 30 EL SEXO ORAL
La novia de Mr. Grey, que por lo visto es aún una ingenua niña a la venerable edad de veintiún años, en su primer examen, ejem, oral, saca un diez. Bueno. O el maestro Grey es un tipo fácil de complacer, o la novia había hecho exámenes de ésos a decenas, o nos hallamos frente a una invención literaria. Aaah, claro.
Porque, como pueden certificar todos los Gregorios de mundo, una felación no es algo que se improvise sobre la marcha (o sobre las rodillas). Y, en tal caso, la única explicación posible es que Grey tiene poderes paranormales, telepáticos, telequinéticos mayores que los de Uri Geller o los del mago Zurlì, y que es capaz de transmitir todo un manual de instrucciones con la mente.
Veamos ahora, en el mundo de las sombras de Gregorio, qué sucede realmente la primera vez que una señorita se aplica en una sesión de estimulación oral del pene.
Gregorio le está acariciando amorosamente el pelo a Lola. Lo extraño, piensa ella, es que se lo acaricia como si tuviera que clavárselo en el cráneo (¡ups!).
Pero ¿por qué le pesa tanto la mano a Gregorio?
Entonces, la diosa interior de Lola le susurra suavemente: «Eh, pssst. Baja la cabecita.»
«Ah, ¿es que Gregorio quiere eso?»
«Pues sí.»
Y Lola, diligente, se arrima a la pilila del maromo.
Al agachar la cabeza, sus cabellos crean una simpática cabaña que les impide verse entre ellos. «Mejor así», piensa Lola, un poco cohibida; en esa cabaña se siente segura. Pero Gregorio, con gesto viril, le coge el pelo y se lo levanta. Lola se siente un poco como la cabeza del tío aquel sobre la bandeja de Salomé. «Y además —se dice—, ¿no me verá la papada desde esta posición?»
Ahora, Lola y la pilila gregoriesca se encuentran frente a frente, bajo los ojos atentos del propietario legítimo del banano.
«¿Y ahora?», se pregunta Lola.
«Y ahora, haz como si fuera un helado, Lola», interviene la diosa interior.
«Sí, pero a mí, por ejemplo, el pistacho no me gusta.»
«¡Coño, Lola!», espeta la diosa de manera nada divina.
Lola lame, pero el sabor no se parece para nada al pistacho, ni a los demás sabores de la heladería de debajo de casa.
«Ahhh», prorrumpe Gregorio.
Lola, alentada por los gemidos, sigue tomándose el helado durante unos buenos cinco minutos. Luego, el helado empieza a deshacerse o, mejor dicho, a ablandarse.
«Eh, Lola, no puedes limitarte a lamerlo para siempre», dice la diosa.
«¿Ah, no? ¿Y qué debo hacer?»
La respuesta llega de las alturas: no de la diosa ni del Olimpo, sino de la mano de Gregorio, que, un tanto exasperado, empuja la cabeza de Lola hacia abajo.
«Dios mío, ¿tengo que metérmelo en la boca?», le pregunta Lola a la diosa.
«Venga, mujer», responde su divinidad, que está impaciente por irse de rebajas.
Lola procede, aunque —«Ahhh»— la alfombra de coco le está despellejando las rodillas hasta el hueso. «Ahhh», suelta también Gregorio, que agradece las arremetidas de Lola, además del suspiro.
«Venga, Lola, dale, muévete, que tengo que salir», la incita la diosa.
«Sí, pero, diosa, ¿qué ritmo debo llevar? Y los dientes, ¿dónde los pongo? Que no quiero hacerle daño a mi Gregorio, ¿eh? ¿Y con la lengua qué hago? ¿Y si me entran ganas de vomitar? Porque en el dentista, una vez que me puso aquella cosa gomosa para sacarme el molde de la boca, un poco más y vomito incluso el pavo de las Navidades del 93. ¿Eh, diosa?»
«Ahhhhhhh», se desborda de improviso Gregorio. Y luego comenta: «Buena chica, Lola, te mereces un diez.»
Sorpresa: Gregorio es tan mentiroso como Mr. Grey.
(50 sombras de Gregorio)
Porque, como pueden certificar todos los Gregorios de mundo, una felación no es algo que se improvise sobre la marcha (o sobre las rodillas). Y, en tal caso, la única explicación posible es que Grey tiene poderes paranormales, telepáticos, telequinéticos mayores que los de Uri Geller o los del mago Zurlì, y que es capaz de transmitir todo un manual de instrucciones con la mente.
Veamos ahora, en el mundo de las sombras de Gregorio, qué sucede realmente la primera vez que una señorita se aplica en una sesión de estimulación oral del pene.
Gregorio le está acariciando amorosamente el pelo a Lola. Lo extraño, piensa ella, es que se lo acaricia como si tuviera que clavárselo en el cráneo (¡ups!).
Pero ¿por qué le pesa tanto la mano a Gregorio?
Entonces, la diosa interior de Lola le susurra suavemente: «Eh, pssst. Baja la cabecita.»
«Ah, ¿es que Gregorio quiere eso?»
«Pues sí.»
Y Lola, diligente, se arrima a la pilila del maromo.
Al agachar la cabeza, sus cabellos crean una simpática cabaña que les impide verse entre ellos. «Mejor así», piensa Lola, un poco cohibida; en esa cabaña se siente segura. Pero Gregorio, con gesto viril, le coge el pelo y se lo levanta. Lola se siente un poco como la cabeza del tío aquel sobre la bandeja de Salomé. «Y además —se dice—, ¿no me verá la papada desde esta posición?»
Ahora, Lola y la pilila gregoriesca se encuentran frente a frente, bajo los ojos atentos del propietario legítimo del banano.
«¿Y ahora?», se pregunta Lola.
«Y ahora, haz como si fuera un helado, Lola», interviene la diosa interior.
«Sí, pero a mí, por ejemplo, el pistacho no me gusta.»
«¡Coño, Lola!», espeta la diosa de manera nada divina.
Lola lame, pero el sabor no se parece para nada al pistacho, ni a los demás sabores de la heladería de debajo de casa.
«Ahhh», prorrumpe Gregorio.
Lola, alentada por los gemidos, sigue tomándose el helado durante unos buenos cinco minutos. Luego, el helado empieza a deshacerse o, mejor dicho, a ablandarse.
«Eh, Lola, no puedes limitarte a lamerlo para siempre», dice la diosa.
«¿Ah, no? ¿Y qué debo hacer?»
La respuesta llega de las alturas: no de la diosa ni del Olimpo, sino de la mano de Gregorio, que, un tanto exasperado, empuja la cabeza de Lola hacia abajo.
«Dios mío, ¿tengo que metérmelo en la boca?», le pregunta Lola a la diosa.
«Venga, mujer», responde su divinidad, que está impaciente por irse de rebajas.
Lola procede, aunque —«Ahhh»— la alfombra de coco le está despellejando las rodillas hasta el hueso. «Ahhh», suelta también Gregorio, que agradece las arremetidas de Lola, además del suspiro.
«Venga, Lola, dale, muévete, que tengo que salir», la incita la diosa.
«Sí, pero, diosa, ¿qué ritmo debo llevar? Y los dientes, ¿dónde los pongo? Que no quiero hacerle daño a mi Gregorio, ¿eh? ¿Y con la lengua qué hago? ¿Y si me entran ganas de vomitar? Porque en el dentista, una vez que me puso aquella cosa gomosa para sacarme el molde de la boca, un poco más y vomito incluso el pavo de las Navidades del 93. ¿Eh, diosa?»
«Ahhhhhhh», se desborda de improviso Gregorio. Y luego comenta: «Buena chica, Lola, te mereces un diez.»
Sorpresa: Gregorio es tan mentiroso como Mr. Grey.
(50 sombras de Gregorio)
miércoles, 2 de marzo de 2016
563: Frases
Como daba besos lentos duraban más sus amores.
Amor es despertar a una mujer y que no se indigne.
Daba besos de segunda boca.
El primer beso es un robo.
Cuando una mujer te plancha la solapa con la mano ya estás perdido.
Cuando la mujer pide ensalada de frutas para dos perfecciona el pecado original.
El amor nace del deseo repentino de hacer eterno lo pasajero.
En la manera de matar la colilla contra el cenicero se reconoce a la mujer cruel.
Aquella mujer me miró como a un taxi desocupado.
Hay matrimonios que se dan la espalda mientras duermen para que el uno no le robe al otro los sueños ideales.
Si os tiembla la cerilla al dar lumbre a una mujer, estáis perdidos.
El beso es hambre de inmortalidad.
Como con los sellos de correo sucede con los besos que los hay los que pegan y los que no pegan.
Lo malo de que llore una mujer es que después no querrá salir de paseo.
La larga cola de la novia es la vereda que conduce hasta ella al novio desorientado.
La mujer que después de la riña cierra su puerta, no temáis que se suicide. Se está probando un brassier.
El ruido de los pies descalzos de una mujer sobre los baldosines da una fiebre sensual y cruel.
Hay pensamientos pacificadores, como éste: "El sexo daría interés a un peñasco."
La novia que regala una cartera a su novio le comienza a administrar.
Lo malo del deseo es que vuelve sin avisar.
El sexo es sombra.
Tetas: el misterio móvil.
No hay nada más conmovedor que la risa de una mujer bella que ha llorado mucho.
El beso es un paréntesis sin nada adentro.
Amor es despertar a una mujer y que no se indigne.
Daba besos de segunda boca.
El primer beso es un robo.
Cuando una mujer te plancha la solapa con la mano ya estás perdido.
Cuando la mujer pide ensalada de frutas para dos perfecciona el pecado original.
El amor nace del deseo repentino de hacer eterno lo pasajero.
En la manera de matar la colilla contra el cenicero se reconoce a la mujer cruel.
Aquella mujer me miró como a un taxi desocupado.
Hay matrimonios que se dan la espalda mientras duermen para que el uno no le robe al otro los sueños ideales.
Si os tiembla la cerilla al dar lumbre a una mujer, estáis perdidos.
El beso es hambre de inmortalidad.
Como con los sellos de correo sucede con los besos que los hay los que pegan y los que no pegan.
Lo malo de que llore una mujer es que después no querrá salir de paseo.
La larga cola de la novia es la vereda que conduce hasta ella al novio desorientado.
La mujer que después de la riña cierra su puerta, no temáis que se suicide. Se está probando un brassier.
El ruido de los pies descalzos de una mujer sobre los baldosines da una fiebre sensual y cruel.
Hay pensamientos pacificadores, como éste: "El sexo daría interés a un peñasco."
La novia que regala una cartera a su novio le comienza a administrar.
Lo malo del deseo es que vuelve sin avisar.
El sexo es sombra.
Tetas: el misterio móvil.
No hay nada más conmovedor que la risa de una mujer bella que ha llorado mucho.
El beso es un paréntesis sin nada adentro.
martes, 1 de marzo de 2016
562: Cuando se acaban las palabras
—Felipe me ha escrito.
— ¿Cómo sabía dónde estabas?
—Le hablé por teléfono el día de mi partida, para despedirme. Me cuenta que lo echaste.
—Sí. No me arrepiento. No puedo querer a alguien que no estimo.
—No sé si obras de muy buena fe.
— ¿Cómo?
—Te colocas en un plano moral, cuando es sobre todo en el plano afectivo que te sientes traicionada.
—Las dos cosas.
Traicionada, abandonada, sí; una herida demasiado sangrante como para que soporte hablar de ella. Volvimos a quedarnos en silencio. ¿Iba a instalarse definitivamente entre nosotros? Una pareja que continúa porque ha empezado, sin otra razón: ¿era eso lo que estábamos a punto de volvernos? ¿Pasar todavía cinco años, diez años, sin agravio particular, sin animosidad, pero cada uno en su enojo, atado a su problema, rumiando su fracaso personal, toda palabra transformada en vana? Habíamos empezado a vivir a destiempo.
— ¿Cómo sabía dónde estabas?
—Le hablé por teléfono el día de mi partida, para despedirme. Me cuenta que lo echaste.
—Sí. No me arrepiento. No puedo querer a alguien que no estimo.
—No sé si obras de muy buena fe.
— ¿Cómo?
—Te colocas en un plano moral, cuando es sobre todo en el plano afectivo que te sientes traicionada.
—Las dos cosas.
Traicionada, abandonada, sí; una herida demasiado sangrante como para que soporte hablar de ella. Volvimos a quedarnos en silencio. ¿Iba a instalarse definitivamente entre nosotros? Una pareja que continúa porque ha empezado, sin otra razón: ¿era eso lo que estábamos a punto de volvernos? ¿Pasar todavía cinco años, diez años, sin agravio particular, sin animosidad, pero cada uno en su enojo, atado a su problema, rumiando su fracaso personal, toda palabra transformada en vana? Habíamos empezado a vivir a destiempo.
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