Hace ya un titipuchal de tiempo hice mi servicio social en una comunidad rural, un pueblito situado a 70 kilómetros de Torreón.
Fue mi primer contacto como médico con las creencias y costumbres de la gente, y fueron también mis primeros pleitos en contra de los remedios tradicionales que pretenden curar, pero que son inútiles y a veces peligrosos. Siempre perdí esos pleitos y los sigo perdiendo ahora.
Las creencias de la gente están muy arraigadas y suele tener más credibilidad la tía Gertrudis que hace barridas con pirul y huevo que el mediquillo ese, que ni sabe nada. La superstición es imposible de desterrar si la ignorancia no se combate desde la raíz. Y aún así, quién sabe…
El “remedio” de levantar la mollera del bebé es una de esas prácticas peligrosas, en primer lugar porque no sirve para nada y retrasa el tratamiento que puede salvar al bebé, y en segundo lugar porque puede causar lesiones a un niño ya enfermo de por sí, o puede lastimar a un niño sano.
Hace 30 años, vi morir de deshidratación a más de un bebé, porque se “le cayó la mollera” y alguna curandera local, poseedora de “conocimientos ancestrales”, quiso levantar esa mollera volteando al niño de cabeza y con golpes en los pies, jaladas de los pelos, succiones con la boca sobre la cabeza y presionando con los dedos sucios en el paladar.
Eso pasaba hace 30 años y pasa hoy, y no solo en las comunidades rurales, también en las ciudades.
La mollera es esa parte blanda de arriba de la cabecita de un bebé. Su nombre es “fontanela” que en latín significa ventana pequeña, y sí, eso es.
Para mí, tocar esa mollera con mis dedos, tan suave y frágil, invariablemente me deja una sensación de ternura. No me explico cómo alguien se atreve a maltratarla y como una madre lo permite… pero sigue sucediendo.
Los huesitos del cráneo de un bebé no están unidos al momento de nacer y dejan huecos en la cabecita del pequeño, esas son las molleras. Ventanitas recubiertas de piel y tejido blando, que al tocarlas con los dedos se sienten muy suaves.
Es común que la mollera esté un poco sumida o un poco levantada, según la postura del bebé y esto es normal, siempre que el niño se encuentre en buenas condiciones.
Pero cuando por diarrea y vómito el niño se deshidrata, esa ventanita se hunde.
Se hunde porque el niño está seco, porque le falta agua. Está deshidratado y el tratamiento es hidratarlo.
Trágicamente el desconocimiento de los papás los lleva a que un curandero le “levante la mollera”. Entonces el niño es sometido a un procedimiento traumático e inútil. Cuando por fin llega al hospital puede ser demasiado tarde.
Otras veces esa mollera está tensa y abombada, si eso se acompaña de malestar general, en un niño que no come, que vomita, tiene fiebre, está tieso o se ve mal, entonces la cosa es más grave, pues puede tratarse de una neuroinfección que si no se atiende de inmediato será fatal.
Lo que he aprendido a lo largo de los años, es que la mamá por más joven que sea, sabe por instinto lo que debe hacer. Sabe que el hospital y el médico es el camino correcto, pero la comadre metiche, la vecina de enfrente, o la tía que viene del rancho tienen más “experiencia”. Ahí empieza la tragedia.
Pon atención a la mollera de tus hijos y dile a tu doctor que te explique EN TU PROPIO BEBÉ, cómo es una mollera normal y qué signos debes vigilar. No pierdas tiempo. Tu comadre del piso de arriba no sabe medicina, ni tu tía Gertrudis tampoco, por favor, haz caso al médico.
Estamos viendo diarreas con vómito, habrá deshidratación. Por eso debes saber esto.
Alberto Estrada
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