“Escribí el título, ‘El lago’, en la primera página de una historia que se terminó dos horas más tarde, sentado ante mi máquina en un porche, al sol, con lágrimas cayéndome de la nariz y el pelo de la nuca erizado”, confesó, por escrito, años más tarde. ¿Por qué el pelo erizado, y las lágrimas? Porque “por fin había escrito un cuento realmente bueno”. El primero en diez años. “Y no solo era un buen cuento sino una especie de híbrido, algo al borde de lo nuevo. No un cuento de fantasmas tradicional”, se dijo. Lo envió a su agente, Julie Schwartz, y le gustó pero no le mintió. Va a costar venderla, dijo. Es distinta, le dijo también. Y pienso en Ursula K. Le Guin y su pipa en conferencias de todo tipo, y en eso que nadie sabía cómo tratar –su propia literatura extraña–, y me digo que el género, o eso que se tiene como tal, se teme a sí mismo inexplicablemente, teniendo en cuenta de qué forma una y otra vez todo aquello que se tuvo por (RARO) o (NO CLASIFICABLE), acabó expandiendo un límite que no debería existir en un tipo de literatura que se jacta de (CREER) que todo, cualquier cosa, es (POSIBLE). Un tipo de literatura tan (ALTÍSIMA), en ocasiones, como el resto. ¿Que qué pasó con “El lago”? Oh, pasó que Weird Tales, la revista, consintió finalmente en publicarlo –después de, en palabras de Bradbury, dar “unas vueltas alrededor” y tocarlo “con una vara de tres metros”–, a cambio de que el escritor se comprometiese a enviar la próxima vez un cuento de fantasmas (TRADICIONAL), nada que resultase en absoluto ostentoso y único, algo aceptable, un animal dolorosamente domesticado.
Bradbury accedió. “Me dieron 20 dólares y todo el mundo feliz”, escribió al respecto, y añadió un: (YA SABEN CÓMO ACABA LA COSA). Fue precisamente aquel cuento el que llevó a editores de otras revistas a alzar la vista y preguntarse (¿QUIÉN ES ESE TAL BRADBURY?) y (¿QUÉ ES EXACTAMENTE LO QUE ACABO DE LEER?), y sin embargo, durante un tiempo, el propio Bradbury no se atrevió a escribir otra cosa que cuentos de fantasmas (TRADICIONALES).
Pero las palabras, los sustantivos, seguían ahí, acumulándose en ese pedazo de papel. (EL PRADO) (EL ARCÓN DE LOS JUGUETES) (EL MONSTRUO) (TIRANOUSARIO REX) (EL VIEJO) (EL TELÉFONO) (LAS ACERAS) (EL ATAÚD) (EL MAGO) (LA SILLA ELÉCTRICA). Eran, escribió, “provocaciones”. Les diré cómo funcionaba la cosa cada vez. Porque estamos aquí para explorar la mente de (RAY BRADBURY), y entender cómo se formó su otro mundo, ese otro mundo hecho de mundos, tan sólido –tan ficcionalmente real– que en breve llevará (UN SIGLO), (¡UN SIGLO!), recibiendo visitantes, y acogiendo habitantes, acogiendo lectores y lectoras que no seríamos los mismos si no hubiéramos pasado un tiempo en (MARTE), oh, y no solo en (MARTE), en cualquiera de esos (HUESOS DE DINOSAURIO), en el sentido de viejas y valiosas cosas, rastros de otras épocas, que, decía, se amontonaban en su cerebro. “Si no hubiera urdido esas recetas para el Descubrimiento, nunca me habría transformado en el picoteante arqueólogo o antropólogo que soy ahora. Ese grajo que busca objetos brillantes, extrañas carcasas y fémures deformes en los túmulos de basura que tengo en el cráneo, donde, junto con los restos de las colisiones con la vida, se esparcen Buck Rogers, Tarzán, Johan Carter, Quasimodo y todas las criaturas que me dieron ganas de vivir para siempre". Piénselo, cada uno de los relatos en los que están a punto de (DESAPARECER) contiene pedazos de cosas vividas, y sentidas. Porque el descubrimiento –esas “recetas para el Descubrimiento”– era el descubrimiento de sí mismo.
“Si alguno de ustedes es escritor, o espera serlo, listas similares, sacadas de las barracas del cerebro, le ayudarán a descubrirse a sí mismo, del mismo modo que yo anduve dando bandazos hasta que al fin me encontré”. La cita está extraída de Date prisa, no te muevas, o la cosa al final de la escalera, o nuevos fantasmas de mentes viejas, ese pequeño ensayo brújula de título maravillosamente interminable. Cuenta en él Bradbury cómo edificaba cada relato a partir de esas palabras. Empezaba tratando de escribir un “largo ensayo-poema en prosa”, lo que no deja de ser una manera de (CONECTAR) con todo aquello que la palabra le sugería –con ese buscador de tesoros mental–, y “en algún punto de la mitad de la primera página, o quizás en la segunda, el poema en prosa se convertía en relato. Lo cual quiere decir que pronto aparecía un personaje diciendo (ESE SOY YO) o quizás (¡ESA IDEA ME GUSTA!). Y luego el personaje acababa el cuento por mí“. Así de sencillo. Observen lo que ocurrió cuando se topó con (ESQUELETO). ”Recordé las primeras obras de arte de mi infancia. Dibujaba esqueletos para asustar a mis primitas", recuerda. Le fascinaban los esqueletos. Y estaba dándole vueltas a qué podía hacer con ellos, cuando entró en la consulta de su médico, porque le dolía la garganta. Después de examinarle, el médico le dijo:
–¿Sabes qué tienes?
–¿Qué?
–¡Descubrimiento de laringe! Tómate una aspirina. ¡Dos dólares, por favor!
“¡Descubrimiento de laringe! ¡Dios mío, qué hermoso!“, pensó el escritor, que volvió a casa, dice, ”trotando, palpándome la garganta, y después las rodillas, y la medulla oblongata y las rótulas. ¡Moisés santo! ¿Por qué no escribir un cuento de un hombre aterrorizado que descubre debajo de la piel, en la carne, escondido, un símbolo de todos los horrores góticos de la historia, un esqueleto?“. Eso es ”El esqueleto". Ray Bradbury es el señor Harris gritando “¡Todos estos años he ido por ahí con un…, esqueleto dentro!“. He aquí la realidad que descubre bajo la realidad aparente. Una que empieza a crecer tras la revelación –no literalmente, solo en su cabeza–, y devora por completo aquello que había sido su vida hasta el momento. Podría decirse que cada uno de estos cuentos es el retrato de una obsesión, o la forma en que esa obsesión devora cada vez la mente del escritor, y en ese sentido, cada cuento de Ray Bradbury es a la vez la exploración de una (IDEA) en marcha, y el hallazgo de la (IDEA) en cuestión, oculta a simple vista, sin otro filtro que el del (ENTUSIASMO), y el momento. Piensen en “La multitud”. El relato que trata de qué sospechosa manera cualquier accidente está siempre rodeado por una pequeña multitud. Incluso los accidentes más remotos. Cuando Ray Bradbury se topó con la palabra en su lista, (LA MULTITUD), se teletransportó automáticamente al momento en que vio su primer muerto. Ray tenía quince años. Estaba en casa de un amigo y había oído un estruendo. Salió corriendo a la calle, y vio que un coche se había llevado por delante una valla, y luego había chocado contra un poste de teléfono y se había partido por la mitad. Había dos hombres muertos en el asfalto, y una mujer murió justo cuando él llegó y otro hombre al poco. Pasó semanas sin poder quitárselo de la cabeza. Pero no cayó en la cuenta entonces en el asunto de la multitud. El accidente había ocurrido en una intersección flanqueada, por un lado, por fábricas vacías y un patio de escuela abandonado, y por el otro, por un cementerio. Y, sin embargo, se había formado una pequeña multitud alrededor del accidente. Pero ¿cómo lo había hecho? La casa de su amigo estaba casi delante y él había salido corriendo nada más oír el ruido. ¿No había sido aquello raro? “Después de escribir apenas unos minutos se me ocurrió que esa multitud era siempre la misma multitud, que se reunía en todos los accidentes", dijo Bradbury al respecto. ¿Que quién la forma? Uhm. Lean el cuento. Y pregúntense por qué la realidad a veces parece algo que no podría, de ninguna de las maneras, ser. Y, sin embargo, ¿no estamos aquí?
Si el mundo se abre para dar con otro en su interior en buena parte de las historias del genio de Waukegan (ILLINOIS), y esa, se diría, es la constante en su narrativa –la de ofrecer una (SALIDA)–, ocurre que, cuando esta no deriva hacia algún tipo de (HORROR) o (PESADILLA) –tal vez se pregunten a qué viene tanta obsesión con las ferias, y les diré que lo que pasó fue que el niño Bradbury visitó una en la que había todo tipo de tarros con cosas espeluznantes siendo aún demasiado sensible a aquello en que los niños creen firmemente, la fantasía, o el relato que en algún momento se construyó para hacer del mundo un lugar menos tangible, para permitirnos soñar, o pasar miedo, alejarnos de lo posible, y quedó para siempre atrapado en ella, a conciencia, no la dejó marchar porque sabía que dejarla marchar era dejar marchar la parte que más brillaba de sí mismo–, deriva a algún tipo de (SUEÑO). Porque la narrativa de Ray Bradbury, estos cuentos, ya verán, son también sueños. Si quieren saber exactamente de qué hablo, apresúrense a buscar en el índice de este volumen ”Usher II [Abril de 2005]", y échenle un vistazo. Ahora saben que el adolescente Bradbury –oh, Bradbury decidió que sería escritor a los 12 años, una Navidad, después de recibir como regalo una máquina de escribir; antes, a los 11, había decidido que sería mago y recorrería el mundo con sus hechizos, y “me guste o no, al fin y al cabo soy una especie de mago”, se dijo en otro de sus famosos ensayos brújula¹– era lector de Edgar Allan Poe. También es probable que sepan que “La caída de la Casa Usher” es un relato de Poe, y un clásico. Verán cómo nuestro relato da comienzo de la misma forma que aquel, y que en él, un tal William Stendhal –fíjense en ese apellido, y tendrán mil pistas, (STENDHAL)–, contempla la casa que ha encargado a hacer a un tal Bigelow –un arquitecto–, en Marte. Es, por supuesto, una réplica de la Casa Usher, y es un sueño. Es decir, no es que no esté ocurriendo, sino que para Stendhal, poseerla lo es. Pero en el mundo en el que ese Stendhal y ese Bigelow viven hay algo llamado Climas Morales, y algo llamado Desmontadores y Equipo de Quemas. Y hasta aquí pienso contar. Porque ese pequeño y portentoso cuento contiene una distopía –el mundo en el que vivimos entonces, el futuro, la (PESADILLA)–, y a la vez, un sueño cumplido. La historia está construida, como es habitual, a partir de unos diálogos inquietantes por lo que tienen de inesperados, la situación en la que el escritor acaba de arrojarnos es (NUEVA), está aún solo en su cabeza, y ahí está ese tipo, o ese otro, con el teléfono en la mano, llamando a alguien para contarle algo que ha visto, o ahí está esa voz, que sale del mismísimo (TECHO) de la cocina, diciendo que “hoy es cuatro de agosto de dos mil veintiséis, en la ciudad de Allendale, California”, diciendo que “hoy es el cumpleaños del señor Featherstone” y “el aniversario de bodas de Tilita” y diciendo también que “hay que pagar la factura del seguro y también las del agua, el gas y la luz”. ¿Y no es maravilloso? Esa voz ha creado un mundo incierto. Un mundo desconocido. Misterioso. Y ¿saben qué? Ya estamos dentro. Y no sabemos lo que va a pasar a continuación. Porque esto es lo que ocurre con las historias de Ray Bradbury. Como en ellas (TODO) es (POSIBLE), no podemos anticipar nada, porque aún no sabemos cómo funciona el (MUNDO) que describen, y ¿a qué les recuerda eso? Uhm, venga, piénsenlo. ¿No les recuerda a lo que ocurría cuando eran niños, y niñas? ¿No era cualquier cosa posible cuando abrían una de estas (PUERTAS)? Y con (PUERTAS) me refiero a las cubiertas de libros como (ESTE), pequeñas casas a las que mudarse durante mucho tiempo, a veces durante todo el tiempo. Yo, como Bradbury, considero que “uno tiene que mantenerse borracho de escritura para que la realidad no lo destruya”. Y esa escritura es, primero, y sobre todo, la escritura de los demás. Esos a los que buscas desesperadamente. Amigos a los que conoces demasiado bien porque, como diría Stephen King, has estado en su cabeza. ¿O no es la lectura un acto telepático? ¿No están ustedes a punto de reescribir, o revivir, escuchar en su cabeza, las palabras que el genio de Waukegan, (ILLINOIS), el tipo de las gafas de pasta negras y la sonrisa inmutable, el hombre que escribió una novela –¡y no cualquiera, Farenheit 451!– en tan solo dieciocho días, alquilando por horas una máquina de escribir en la biblioteca pública porque si se quedaba en casa no escribía porque sus hijas querían que jugara con ellas y no sabía cómo decirles que no, pronunció, por escrito, en ese pasado que, aquí dentro, será para siempre (PRESENTE)?
Oh, sí.
Eso es justo lo que van a hacer a continuación.
Pero antes les diré algo más.
Fue Elizabeth Charlier, luego Elizabeth Brown, quien dijo que Fredric Brown odiaba escribir, pero adoraba haber escrito. Fredric Brown es probablemente uno de los escritores de ciencia ficción más divertidos de la Historia, y sin embargo, según Elizabeth, su segunda mujer, odiaba escribir.
A Ray Bradbury nada le gustaba más que escribir. Todo en su escritura es lúdico. El proceso mismo de la búsqueda de una idea, el (ALGO) sobre el que escribir, lo es. Piensen en ese pedazo de papel. Sigue sobre la mesa. “Soy una rareza de feria, el hombre con un niño dentro que lo recuerda todo”, escribió Bradbury. “A mí, fíjense ustedes, las historias me han guiado por la vida. Ellas gritan, yo voy detrás. Ellas echan a correr y me muerden los tobillos, yo respondo escribiendo todo lo que pasa durante la mordida. Cuando termino, la idea me suelta y se va”, escribió. “Así es la vida que he tenido [...] ¿Y el viaje? Exactamente la mitad terror, la mitad júbilo", escribió.
Como, exactamente, cada uno de estos cuentos.
Conjuren sus palabras, alerten a su personalidad secreta, saboreen la oscuridad.
Déjenme meterme en la piel del señor Bigelow, el arquitecto que ha fabricado la Casa Usher II en Marte, y decirles, como le dijo al señor Stendhal:
–Está terminada. Aquí tiene la llave, señor.
Y quedémonos callados, ustedes y yo, en la tarde quieta de agosto, mientras los planos susurran a nuestros pies sobre la hierba azabache.
Ya estamos ahí.
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¹ En concreto, en Cómo alimentar a una musa y conservarla, siendo la musa tu propio inconsciente, es decir, tú mismo, oh, en realidad, eso que Bradbury llama “tu personalidad secreta”, a quien debes suministrar una dieta equilibrada, de todo y cualquier cosa, sin prejuicios. “Esto no significa que en distintos momentos uno tenga que reaccionar a todo de igual forma. Para empezar es imposible. A los diez uno acepta a Verne y rechaza a Huxley. A los dieciocho acepta a Thomas Wolfe y deja atrás a Buck Rogers. A los treinta descubre a Melville y pierde a Thomas Wolfe“, dice el escritor. Pero, y he aquí lo importante: algo permanece. ”Permanece la constante: la búsqueda, el encuentro, la admiración, el amor, la respuesta sincera a los materiales accesibles, por muy raídos que parezcan, cuando un día se vuelve a mirarlos", dice, y les diría que le hagan caso, y también, que los cuentos que están a punto de leer no existirían sin esa mirada por completo limpia, y encantadoramente apasionada.
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