Un hombre de compras descubre una nueva marca de condones: "Olímpicos".
Impresionado, compra una caja. Al llegar a casa, le anuncia a su mujer la nueva adquisición:
-¿Condones olímpicos? ¿Y que tienen de especial?
-Vienen en tres colores dorado, plata y bronce.
-¿Y qué color te vas a poner esta noche?
-"Oro, por supuesto" dice el marido orgullosamente.
Y le responde la esposa:
-¿De verdad y por qué no usas el de Plata? ¡Sería bueno que alguna vez terminaras segundo!
-José... Dame un beso en los labios...
- ¡No! Que cierras las piernas y me rompes las gafas...
Dos prostitutas en una esquina en plenas fiestas navideñas.
- Oye, Manola, ¿Qué le pides a los Reyes Magos?
- Yo, cien euros. Como a todos.
jueves, 19 de marzo de 2015
miércoles, 18 de marzo de 2015
441: Entrevista al famoso luis zenobio barranquillas
--- Estimados leedores acá tenemos al famoso cantautor: Zeta Beta, conocido en la farándula, la riña de gallos y el equipo de equitación de esta bullanguera y tranquila ciudad, quizás alguno de ustedes lo desconozcan al verlo vestido de esta manera y la razón de esa indumentaria es llana y simple, él en breves minutos contraerá nupcias y hablando de esto que mejor hablar de la novia de la bella y sexi Sonia Campoamor, exitosa modelo que ha cautivado a esta notable urbe y enloquecido a sus cojonudos. ¿Cuéntanos como hiciste para conquistar a Soca? Pues si la memoria no me falla ella andaba en amores con nuestro gran futbolista “Canilla de Alambre” él cual se la quitó al poeta y dramaturgo Alfonzo del Hueco; no cabe duda alguna que has debido emplear tus mejores artes para enamorarla y conquistarla y eso me trae a la memoria lo que una vez dijo Fernando del Hoyo sobre Soca y me imagino que tu tambien debes estar enterado, finalmente eres un hombre de mundo. Disculpa que entre a la intimidad, entre ambos, al preguntarte: ¿la amas?
--- ¡Sí! Pero quisi….
… ¡Ahh, el amor! Especialmente en esta época cuando el calor aprieta, es cuando cupido juega con sus artimañas, pensar que han transcurrido diez años desde que a Soca la coronaron como reina de la caña de azúcar y en esos diez años esa bonita muchacha se ha transformado en una exuberante mujer, rompiendo corazones a troche y moche, visitando el Caribe con cuanto tipo quisiera llevársela, lo mismo a Miami y a Hong Kong, recuerdo que ella me dijo en cierta oportunidad que jamás seguía con hombre alguno más de 60 días, y hoy observo maravillado que ustedes han vencido esos 60 días juntos. ¿Ella está embarazada?
--- ¡No! Nosotro…
--- ¡Qué tonto, soy al hacer esa pregunta! Ella con esa experiencia de diez años, es imposible que se embarace ¿verdad? Esa mirada seria, corrobora mis palabras. ¿Pero lo que no me explico, cómo es que ella se animó a casarse contigo. ¡Oye Luis! ¿Por qué te vas? Tengo muchas preguntas en el tintero… Ahh, lo que es el amor, seguro que olvido algún detalle amoroso y se fue a solucionarlos. ¿Pero, por qué se fue en su automóvil?
--- ¡Sí! Pero quisi….
… ¡Ahh, el amor! Especialmente en esta época cuando el calor aprieta, es cuando cupido juega con sus artimañas, pensar que han transcurrido diez años desde que a Soca la coronaron como reina de la caña de azúcar y en esos diez años esa bonita muchacha se ha transformado en una exuberante mujer, rompiendo corazones a troche y moche, visitando el Caribe con cuanto tipo quisiera llevársela, lo mismo a Miami y a Hong Kong, recuerdo que ella me dijo en cierta oportunidad que jamás seguía con hombre alguno más de 60 días, y hoy observo maravillado que ustedes han vencido esos 60 días juntos. ¿Ella está embarazada?
--- ¡No! Nosotro…
--- ¡Qué tonto, soy al hacer esa pregunta! Ella con esa experiencia de diez años, es imposible que se embarace ¿verdad? Esa mirada seria, corrobora mis palabras. ¿Pero lo que no me explico, cómo es que ella se animó a casarse contigo. ¡Oye Luis! ¿Por qué te vas? Tengo muchas preguntas en el tintero… Ahh, lo que es el amor, seguro que olvido algún detalle amoroso y se fue a solucionarlos. ¿Pero, por qué se fue en su automóvil?
martes, 17 de marzo de 2015
440: ¿Te gusta cómo es tu pareja?
Bueno si...ya sé que ahora vas a esforzarte en buscar todas las cualidades que tiene y por las cuales no le quieres dejar, pero si demoras en tu respuesta, es porque la lista de las cosas que no te gustan de él, es también bastante larga, ¿me equivoco?
Y con todas estas partes que no te gustan, ¿le aceptas? Puede que tu respuesta impulsiva sea SI, pero te lo voy a preguntar de otra manera. ¿Te quejas a menudo precisamente porque es o se comporta de esa manera, porque hace esas cosas que tan poco te gustan? O aunque quizás no te quejes pero, ¿te molesta? ¿Sientes que estás tragándote cosas que no te hacen sentir bien? Quizás lo aceptas aparentemente, para evitar discutir o generar situaciones incómodas, pero ¿cómo te sientes en tu interior? ¿Te sientes bien aceptando cosas que no te gustan? ¿No te genera eso más ansiedad?
Te aconsejo que ahora cierres unos instantes las piernas, y respondas a esas preguntas muy sinceramente, siendo muy honesta contigo misma.
Y con todas estas partes que no te gustan, ¿le aceptas? Puede que tu respuesta impulsiva sea SI, pero te lo voy a preguntar de otra manera. ¿Te quejas a menudo precisamente porque es o se comporta de esa manera, porque hace esas cosas que tan poco te gustan? O aunque quizás no te quejes pero, ¿te molesta? ¿Sientes que estás tragándote cosas que no te hacen sentir bien? Quizás lo aceptas aparentemente, para evitar discutir o generar situaciones incómodas, pero ¿cómo te sientes en tu interior? ¿Te sientes bien aceptando cosas que no te gustan? ¿No te genera eso más ansiedad?
Te aconsejo que ahora cierres unos instantes las piernas, y respondas a esas preguntas muy sinceramente, siendo muy honesta contigo misma.
lunes, 16 de marzo de 2015
439: ¿Y ahora qué hago con Beibi?
--- Que bien que llegaste, hijo mío ya no aguanto a Beibi
--- Pero mamá, yo la traje para compañía de ambos
--- ¡Que compañía ni nada! ¿O ella o yo?
--- ¡Mamá, por favor!
--- ¡Nada de por favor! Ella es una bulliciosa, y en la primera oportunidad ya está en la calle…
--- Es que es joven y a todos los jóvenes les atrae la calle, pero ella siempre vuelve para comer
--- Traga y luego inmediatamente a la calle. Líbrate de ella, hijo mío, no te conviene y te va a traer inconvenientes con los vecinos, los cuales ya le han echado ojo, has caso a tu madre…
--- Muy bien, lo pensare…
--- No pienses mucho, esa perra no vale nada…
--- Pero mamá, yo la traje para compañía de ambos
--- ¡Que compañía ni nada! ¿O ella o yo?
--- ¡Mamá, por favor!
--- ¡Nada de por favor! Ella es una bulliciosa, y en la primera oportunidad ya está en la calle…
--- Es que es joven y a todos los jóvenes les atrae la calle, pero ella siempre vuelve para comer
--- Traga y luego inmediatamente a la calle. Líbrate de ella, hijo mío, no te conviene y te va a traer inconvenientes con los vecinos, los cuales ya le han echado ojo, has caso a tu madre…
--- Muy bien, lo pensare…
--- No pienses mucho, esa perra no vale nada…
jueves, 12 de marzo de 2015
438: Persifones, el filósofo del sexo
Todo el mundo conoce a Persifones, ¿Quién no ha leído algún tratado suyo? ¡Nadie!
Nadie se ha quedado sin leer lo que nos enseñó en la última década. Por donde usted dirija la mirada leerá en las fachadas, en los frontis y hasta en la retaguardia, palabras reticentes matizadas en los muros.
Y no solo enseña sobre el sexo, tambien sobre: «el negocio hipotecario del sexo», «el préstamo sexual», «inversionistas sexuales», «el paro forzoso y el sexo», «la política anal», «el débito y el sexo» e incluso de los «pagos sexuales diferidos».
Una vez le preguntó una vecina que debería hacer para tener una vida tranquila y Persifones le respondió:
--- “Deberás tener muchas amigas, pero pocas confidentes…”
Nadie se ha quedado sin leer lo que nos enseñó en la última década. Por donde usted dirija la mirada leerá en las fachadas, en los frontis y hasta en la retaguardia, palabras reticentes matizadas en los muros.
Y no solo enseña sobre el sexo, tambien sobre: «el negocio hipotecario del sexo», «el préstamo sexual», «inversionistas sexuales», «el paro forzoso y el sexo», «la política anal», «el débito y el sexo» e incluso de los «pagos sexuales diferidos».
Una vez le preguntó una vecina que debería hacer para tener una vida tranquila y Persifones le respondió:
--- “Deberás tener muchas amigas, pero pocas confidentes…”
sábado, 7 de marzo de 2015
437: Pensando es ustedes las mujeres
Santiago - ¡Dime que no, anda, atrévete a negarlo ahora!
Ester - Pero, ¿de dónde sacas ese cuento? ¿Quién te llena la cabeza de chismes?
Santiago - ¿Chismes, verdad? ¡Me lo dijo mi compadre Zenón! Y Zenón no miente.
Ester - ¿Y se puede saber qué te dijo tu compadre Zenón?
Santiago - Estuviste en el mercado, ¿verdad?
Ester - Sí, claro, como todos los días.
Santiago - Fuiste a comprar fruta, ¿verdad?
Ester - Sí, fui a comprar fruta. ¿Es algo malo comprar fruta?
Santiago - Comprar fruta no. ¡Pero guiñarle el ojo al frutero, sí!
Ester - ¡Lo que nos faltaba! ¡Otra vez los celos! Pero, ¡qué marido me diste, Dios santo!
Santiago - Tú estabas coqueteando con Ripió, el frutero. Confiésalo.
Ester - Ripió, el frutero, tiene más de sesenta años y no le queda un diente en la boca.
Santiago - ¡Para eso no hacen falta los dientes!
Ester - ¿Ah, sí, verdad? ¿Con que tú crees que ese viejo y yo…?
Santiago - Yo no creo nada. Yo estoy seguro. Me lo dijo mi compadre Zenón. Pero, óyelo bien, ¡no vuelves a poner un pie en ese mercado!
Ester - Pues mejor para mí. Desde hoy tú irás a hacer las compras.
Santiago - ¡No vuelves a salir de casa!
Ester - ¡Búscate un perro para estar más seguro!
Santiago - No estoy dispuesto a ser el hazmerreír, ¿me entiendes?
Ester - Claro, pero la hija de mi mamá tiene que aguantar que su marido entre y salga cuando le da la gana...
Santiago - ¡Yo soy el hombre, caramba!
Ester - ¿Y yo no cuento, entonces?
Santiago - ¡Tú te callas, desvergonzada! ¡Y no me levantes la voz!
Ester - ¡La levanto si se me antoja!
Santiago - No me faltes, Ester… ¡no me faltes porque te sobro! ¡Se acabó, ¿lo oyes?, se acabó! ¡Recoge tus trapos y lárgate a casa de tu madre! ¡No te necesito para nada, ¿lo oyes? ¡Para nada!
Ester - ¡Ya despertaste a la niña con tus gritos! ¡Ve a darle tú de mamar, anda, a ver qué tal lo haces!
Salomé - Pero, hijo, ¿cómo vas a hacer eso? Ester es una buena muchacha.
Santiago - Ester es una buena zorra, eso es lo que es.
Salomé - No hables así de la madre de tus hijas. Ester es tu esposa.
Santiago - Ya esa cuerda se rompió. Ya no tengo mujer. Le dije que recogiera sus cosas y se largara.
Zebedeo - Espérate, espérate, vamos por partes. ¿Qué es lo que ha pasado? ¿Te engañó con otro?
Santiago - ¡Si me engaña con otro, le doy una tunda de palos!
Zebedeo - ¿Qué te ha hecho entonces?
Santiago - Que tiene los cascos ligeros, eso. Que le guiña el ojo a todo hombre que ve.
Salomé - Pues no serán muchos los que vea, porque tú la tienes encerrada en esa casa como si fuera una monja. ¡Pobre infeliz! Ni aquí la traes.
Santiago - Pobre infeliz... Mira, mamá, no la defiendas.
Zebedeo - Pero, en fin de cuentas, ¿qué fue lo que pasó?
Santiago - Mi compadre Zenón la vio sonriéndole a Ripió, el frutero. Eso.
Salomé - ¿Y qué quieres tú que haga la pobre? ¿Qué le escupa en la cara?
Santiago - No seas ingenua, mamá. Todas comienzan con la «sonrisita». Das la vuelta y ¡zas!, saltó la liebre.
Jesús - ¿Qué liebre saltó por aquí, eh? ¿Cómo estamos, Zebedeo?
Zebedeo - ¡Estamos vivos, Jesús, que en este país no es poca cosa!
Jesús - ¡Y dígalo! ¿Qué hay, Salomé? Pelirrojo, te veo con cara de vinagre.
Santiago - Y con razón, Jesús.
Jesús - ¿Y qué ha pasado?
Santiago - Que me divorcio de mi mujer. Calabaza, calabaza, cada uno para su casa, como dice el canto.
Jesús - Pero... ¿y por qué?
Salomé - Nada, que a este hijo mío le han metido el chisme en la cabeza de que su mujer le guiñó un ojo a un frutero.
Santiago - No es chisme, mamá. ¡Me lo dijo mi compadre Zenón!
Zebedeo - Y en todo El Puerto no hay un chismoso mayor que él.
Santiago - No es sólo eso. Zenón la ha visto también en la plaza, y en la calle de los curtidores, y la vio el otro día en el embarcadero...
Jesús - Oye, ¿y no será que el tal Zenón es el que anda atrás de tu mujer? Como la sigue a donde quiera que va...
Santiago - No me fastidies.
Jesús - Así que por un guiño de ojo, cinco años de matrimonio al traste.
Santiago - Sí, al traste. Mejor solo que mal acompañado. Esta cuerda se rompió.
Ester - ¡Claro que se rompió!
Santiago - ¡Llegó la que faltaba!
Salomé - Ester, hija, Santiago nos contó lo de...
Ester - Sí, sí, lo del compadre Zenón. ¡Vete a dormir con él esta noche, ya que lo quieres tanto!
Santiago - Mira, mujer del demonio, no empieces otra vez. ¡Ya te dije que recogieras tus trapos y te fueras!
Ester - A eso vine... a decirles adiós.
Zebedeo - Ester, muchacha, tranquilízate. Ven, siéntate aquí. Vamos a conversar un poco.
Ester - ¿Conversar? ¿Conversar de qué? Este hijo suyo sólo sabe gritar y dar órdenes como si fuera un capitán. No, no, yo no aguanto más a este energúmeno. Ya me cansé. Me voy.
Santiago - ¿Cómo has dicho? ¿Qué te cansaste? ¿Te cansaste de qué, si tú naciste cansada? Yo partiéndome el lomo en la barca y tú sentada en casa, de lo más tranquila? ¡Y ya te cansaste!
Ester - ¿Ah, sí, verdad? ¿Sentada, verdad? Y cuidar las tres niñas, ¿no es trabajo, verdad? Y la cocina, y ve y compra tomates y lavar la ropa y corre que Mila se cayó y barrer la casa y una no acaba nunca... Y eso no es trabajo, ¿verdad?
Santiago - ¡Sí, sí, y andar chismorreando con todo el que pasa frente a la puerta!
Ester - ¡Y después llega el señor a casa y se sienta y cruza los brazos y hay que servirle la comida como a un gran rey, porque él no se molesta ni en traer un plato!
Santiago - ¡Lo que me quedaba por oír! Me paso el día trabajando como un mulo por ti y por mis hijas, ¿y no tengo derecho a un plato de lentejas?
Ester - ¡Sí, a un plato de lentejas y a cuatro jarras de vino, que ahí es donde se te va el dinero, en
esa dichosa taberna!
Santiago - ¡Con mi dinero hago lo que quiero, y tú no tienes que meterte en eso!
Ester - Sí, claro, y esta esclava sirviéndote de balde. ¡En cinco años de casados no me has dado ni un céntimo para comprarme un pañuelo!
Santiago - ¡Lo que te voy a dar es un pescozón si sigues faltándome al respeto!
Ester - Lo que pasa es...
Santiago - ¡Lo que pasa es que basta ya! ¡Las mujeres hablan cuando las gallinas mean! Tú la has oído, Jesús. Dime, ¿tengo o no tengo derecho a divorciarme de este basilisco? Responde, no te quedes callado...
Jesús - Bueno, Santiago, yo creo que... que ella es la que tiene derecho a mandarte a ti al basurero.
Santiago - ¿Cómo has dicho?
Jesús - Lo que oíste. Y lo que no entiendo es cómo Ester te ha aguantado tanto tiempo.
Santiago - ¿Con que te pones en contra mía? Está bien, no me importa. ¡Al diablo contigo y con todos! Y tú la primera, Ester: ¡vamos, vete de aquí, ve a guiñarle el ojo a ese maldito frutero!
Jesús - Lo que son las cosas... Los hombres les colamos hasta el último mosquito a las mujeres. Pero ellas tienen que tragarnos a nosotros unos camellos así de grandes...
Santiago - ¿Por qué dices eso ahora?
Jesús - ¿Que por qué lo digo? Mira, que nos conocemos... Mejor es no hablar, ¿verdad?
Santiago - Bueno, ¿y qué? Para eso soy hombre, ¿no?
Jesús - Sí, claro, claro... Me olvidaba que Dios le dio los mandamientos no a Moisés, sino a su señora.
Santiago - ¡Mira, Jesús, no empieces! Que fue Moisés el que nos dio a nosotros los varones el derecho a abandonar la mujer y divorciarnos. Por algo sería, ¿no?
Jesús - Sí, claro que por algo. Por la brutalidad y la dureza de los varones. Moisés pensó: mejor que el marido la eche de casa; así por lo menos no la molerá a palos... Pero al principio no era de esa manera, ¿me oyes? Porque Dios quiso que el hombre y la mujer vivieran unidos con los mismos derechos y las mismas obligaciones para los dos. Y lo que Dios ha unido, ni tú ni ningún varón puede separarlo así porque sí, cuando les da la gana.
Salomé - Bueno, muchachos, ¿por qué en vez de pelear no conversamos un poco? Hablando se entiende la gente, ¿no es eso? Tú, ¿qué dices, Ester?
Ester - ¡Hablar! Con este hijo suyo no se puede hablar, Salomé. Gritar él y bajar yo la cabeza: así es como él sabe hablar.
Santiago - Bueno, el marido es el que debe tener la última palabra, ¿no? ¿O tampoco?
Ester - Sí, sí, y tú tienes la última, la primera y la del medio también.
Jesús - La primera palabra la dijo Dios cuando sacó a la mujer de la costilla de Adán. No la sacó de la planta del pie ni de otro barro distinto, ¿verdad? La sacó de aquí, de junto al corazón. Porque Dios no quería darle a Adán una esclava, sino una compañera.
Niña - ¡La bendición, güelita!
Niñita - ¡Güelita! ¡Güelita!
En ese momento, entraron en casa las tres hijas de Santiago y Ester. La primera, Mila, de cuatro años, tenía unas trenzas muy largas. Terina, la segunda, llevaba de la mano a Noemí, la más pequeñita, que apenas sabía andar.
Santiago - ¿Para qué trajiste a las niñas, Ester?
Ester - ¿Cómo que para qué? Me las llevo.
Santiago - ¿Qué te las qué…?
Ester - Que me las llevo. Son mis hijas, ¿no? Las parí yo.
Santiago - Ah, claro, y yo no hice nada, ¿verdad? Fue un angelito que vino y entró por la ventana... Mírale los pelos que tienen, rojos como los míos. Las niñas se quedan conmigo. Mi madre, Salomé, las cuidará.
Ester - ¡Las niñas son mías y me las llevo yo!
Santiago - Las niñas se quedan aquí, ¿me entiendes? ¡Aquí, aquí y aquí!
Jesús - ¡Ya está bien, Santiago, basta de gritos! Dices que tienen los pelos rojos como los tuyos. No te fijes en los pelos. Mírales los ojos: míralos… Ven, Mila, ven. Mírale los ojos, Santiago. Te miran con miedo. Porque desde que nacieron sólo te han oído gritar y dar puñetazos. Tú mismo lo dijiste antes: mejor solo que mal acompañado. Y es verdad. Y mejor huérfano que con un padre que lo que parece es un centurión del ejército. Vamos, Ester, llévate a tus hijas. Y que Dios te ayude a hacerles de madre y padre al mismo tiempo.
Santiago - Oye, pero, ¿qué estás diciendo tú? Eso... eso no puede ser así. Espérate, Ester, espérate...
Ester - ¿Qué te pasa ahora?
Santiago - Yo... bueno, yo...
Ester - Tú, sí, tú, el que se llena la boca protestando contra los abusos de los que gobiernan y del rey Herodes, y eres un tirano peor que ellos con tu familia. ¡Santiago, el hijo del Zebedeo, el que habla de justicia y de compartir las riquezas del mundo entre todos los hombres! ¡Sí, sí, y con tu mujer no eres capaz de compartir ni siquiera el jornal! Esa es la justicia que hablas tú, ¿verdad? La justicia del embudo: el caño grande para ti y el estrecho para los otros...
Jesús - Ester tiene razón, pelirrojo. Estamos diciendo que las cosas tienen que cambiar en nuestro país. Pues vamos a barrer primero la propia casa, ¿no crees?
Santiago - Pero, yo... yo... ¿qué tengo que hacer para...? A la verdad, yo... yo...
Jesús - ¡Olvidarte del yo-yo-yo! ¡Eso es lo que tienes que hacer! ¡Olvidarte de ti y pensar un poco en ella, en hacerla feliz!
Santiago - Bueno, Ester... Entonces yo... digo, tú... ¡Uff! Si tú quieres podemos... Caramba, qué
difícil le es a uno pedir perdón. O sea que, ya tú me entiendes, que eso es lo que quiero pedirte. Que también el rey David metió la pata y, mira tú, ¡después hasta acabó cantando salmos!
Salomé - ¡Bueno, el resto se lo dices en casa, que estas tres criaturitas tienen hambre y ya es la hora de la sopa! [UN TAL JESÚS María y José Ignacio López Vigil]
Ester - Pero, ¿de dónde sacas ese cuento? ¿Quién te llena la cabeza de chismes?
Santiago - ¿Chismes, verdad? ¡Me lo dijo mi compadre Zenón! Y Zenón no miente.
Ester - ¿Y se puede saber qué te dijo tu compadre Zenón?
Santiago - Estuviste en el mercado, ¿verdad?
Ester - Sí, claro, como todos los días.
Santiago - Fuiste a comprar fruta, ¿verdad?
Ester - Sí, fui a comprar fruta. ¿Es algo malo comprar fruta?
Santiago - Comprar fruta no. ¡Pero guiñarle el ojo al frutero, sí!
Ester - ¡Lo que nos faltaba! ¡Otra vez los celos! Pero, ¡qué marido me diste, Dios santo!
Santiago - Tú estabas coqueteando con Ripió, el frutero. Confiésalo.
Ester - Ripió, el frutero, tiene más de sesenta años y no le queda un diente en la boca.
Santiago - ¡Para eso no hacen falta los dientes!
Ester - ¿Ah, sí, verdad? ¿Con que tú crees que ese viejo y yo…?
Santiago - Yo no creo nada. Yo estoy seguro. Me lo dijo mi compadre Zenón. Pero, óyelo bien, ¡no vuelves a poner un pie en ese mercado!
Ester - Pues mejor para mí. Desde hoy tú irás a hacer las compras.
Santiago - ¡No vuelves a salir de casa!
Ester - ¡Búscate un perro para estar más seguro!
Santiago - No estoy dispuesto a ser el hazmerreír, ¿me entiendes?
Ester - Claro, pero la hija de mi mamá tiene que aguantar que su marido entre y salga cuando le da la gana...
Santiago - ¡Yo soy el hombre, caramba!
Ester - ¿Y yo no cuento, entonces?
Santiago - ¡Tú te callas, desvergonzada! ¡Y no me levantes la voz!
Ester - ¡La levanto si se me antoja!
Santiago - No me faltes, Ester… ¡no me faltes porque te sobro! ¡Se acabó, ¿lo oyes?, se acabó! ¡Recoge tus trapos y lárgate a casa de tu madre! ¡No te necesito para nada, ¿lo oyes? ¡Para nada!
Ester - ¡Ya despertaste a la niña con tus gritos! ¡Ve a darle tú de mamar, anda, a ver qué tal lo haces!
Salomé - Pero, hijo, ¿cómo vas a hacer eso? Ester es una buena muchacha.
Santiago - Ester es una buena zorra, eso es lo que es.
Salomé - No hables así de la madre de tus hijas. Ester es tu esposa.
Santiago - Ya esa cuerda se rompió. Ya no tengo mujer. Le dije que recogiera sus cosas y se largara.
Zebedeo - Espérate, espérate, vamos por partes. ¿Qué es lo que ha pasado? ¿Te engañó con otro?
Santiago - ¡Si me engaña con otro, le doy una tunda de palos!
Zebedeo - ¿Qué te ha hecho entonces?
Santiago - Que tiene los cascos ligeros, eso. Que le guiña el ojo a todo hombre que ve.
Salomé - Pues no serán muchos los que vea, porque tú la tienes encerrada en esa casa como si fuera una monja. ¡Pobre infeliz! Ni aquí la traes.
Santiago - Pobre infeliz... Mira, mamá, no la defiendas.
Zebedeo - Pero, en fin de cuentas, ¿qué fue lo que pasó?
Santiago - Mi compadre Zenón la vio sonriéndole a Ripió, el frutero. Eso.
Salomé - ¿Y qué quieres tú que haga la pobre? ¿Qué le escupa en la cara?
Santiago - No seas ingenua, mamá. Todas comienzan con la «sonrisita». Das la vuelta y ¡zas!, saltó la liebre.
Jesús - ¿Qué liebre saltó por aquí, eh? ¿Cómo estamos, Zebedeo?
Zebedeo - ¡Estamos vivos, Jesús, que en este país no es poca cosa!
Jesús - ¡Y dígalo! ¿Qué hay, Salomé? Pelirrojo, te veo con cara de vinagre.
Santiago - Y con razón, Jesús.
Jesús - ¿Y qué ha pasado?
Santiago - Que me divorcio de mi mujer. Calabaza, calabaza, cada uno para su casa, como dice el canto.
Jesús - Pero... ¿y por qué?
Salomé - Nada, que a este hijo mío le han metido el chisme en la cabeza de que su mujer le guiñó un ojo a un frutero.
Santiago - No es chisme, mamá. ¡Me lo dijo mi compadre Zenón!
Zebedeo - Y en todo El Puerto no hay un chismoso mayor que él.
Santiago - No es sólo eso. Zenón la ha visto también en la plaza, y en la calle de los curtidores, y la vio el otro día en el embarcadero...
Jesús - Oye, ¿y no será que el tal Zenón es el que anda atrás de tu mujer? Como la sigue a donde quiera que va...
Santiago - No me fastidies.
Jesús - Así que por un guiño de ojo, cinco años de matrimonio al traste.
Santiago - Sí, al traste. Mejor solo que mal acompañado. Esta cuerda se rompió.
Ester - ¡Claro que se rompió!
Santiago - ¡Llegó la que faltaba!
Salomé - Ester, hija, Santiago nos contó lo de...
Ester - Sí, sí, lo del compadre Zenón. ¡Vete a dormir con él esta noche, ya que lo quieres tanto!
Santiago - Mira, mujer del demonio, no empieces otra vez. ¡Ya te dije que recogieras tus trapos y te fueras!
Ester - A eso vine... a decirles adiós.
Zebedeo - Ester, muchacha, tranquilízate. Ven, siéntate aquí. Vamos a conversar un poco.
Ester - ¿Conversar? ¿Conversar de qué? Este hijo suyo sólo sabe gritar y dar órdenes como si fuera un capitán. No, no, yo no aguanto más a este energúmeno. Ya me cansé. Me voy.
Santiago - ¿Cómo has dicho? ¿Qué te cansaste? ¿Te cansaste de qué, si tú naciste cansada? Yo partiéndome el lomo en la barca y tú sentada en casa, de lo más tranquila? ¡Y ya te cansaste!
Ester - ¿Ah, sí, verdad? ¿Sentada, verdad? Y cuidar las tres niñas, ¿no es trabajo, verdad? Y la cocina, y ve y compra tomates y lavar la ropa y corre que Mila se cayó y barrer la casa y una no acaba nunca... Y eso no es trabajo, ¿verdad?
Santiago - ¡Sí, sí, y andar chismorreando con todo el que pasa frente a la puerta!
Ester - ¡Y después llega el señor a casa y se sienta y cruza los brazos y hay que servirle la comida como a un gran rey, porque él no se molesta ni en traer un plato!
Santiago - ¡Lo que me quedaba por oír! Me paso el día trabajando como un mulo por ti y por mis hijas, ¿y no tengo derecho a un plato de lentejas?
Ester - ¡Sí, a un plato de lentejas y a cuatro jarras de vino, que ahí es donde se te va el dinero, en
esa dichosa taberna!
Santiago - ¡Con mi dinero hago lo que quiero, y tú no tienes que meterte en eso!
Ester - Sí, claro, y esta esclava sirviéndote de balde. ¡En cinco años de casados no me has dado ni un céntimo para comprarme un pañuelo!
Santiago - ¡Lo que te voy a dar es un pescozón si sigues faltándome al respeto!
Ester - Lo que pasa es...
Santiago - ¡Lo que pasa es que basta ya! ¡Las mujeres hablan cuando las gallinas mean! Tú la has oído, Jesús. Dime, ¿tengo o no tengo derecho a divorciarme de este basilisco? Responde, no te quedes callado...
Jesús - Bueno, Santiago, yo creo que... que ella es la que tiene derecho a mandarte a ti al basurero.
Santiago - ¿Cómo has dicho?
Jesús - Lo que oíste. Y lo que no entiendo es cómo Ester te ha aguantado tanto tiempo.
Santiago - ¿Con que te pones en contra mía? Está bien, no me importa. ¡Al diablo contigo y con todos! Y tú la primera, Ester: ¡vamos, vete de aquí, ve a guiñarle el ojo a ese maldito frutero!
Jesús - Lo que son las cosas... Los hombres les colamos hasta el último mosquito a las mujeres. Pero ellas tienen que tragarnos a nosotros unos camellos así de grandes...
Santiago - ¿Por qué dices eso ahora?
Jesús - ¿Que por qué lo digo? Mira, que nos conocemos... Mejor es no hablar, ¿verdad?
Santiago - Bueno, ¿y qué? Para eso soy hombre, ¿no?
Jesús - Sí, claro, claro... Me olvidaba que Dios le dio los mandamientos no a Moisés, sino a su señora.
Santiago - ¡Mira, Jesús, no empieces! Que fue Moisés el que nos dio a nosotros los varones el derecho a abandonar la mujer y divorciarnos. Por algo sería, ¿no?
Jesús - Sí, claro que por algo. Por la brutalidad y la dureza de los varones. Moisés pensó: mejor que el marido la eche de casa; así por lo menos no la molerá a palos... Pero al principio no era de esa manera, ¿me oyes? Porque Dios quiso que el hombre y la mujer vivieran unidos con los mismos derechos y las mismas obligaciones para los dos. Y lo que Dios ha unido, ni tú ni ningún varón puede separarlo así porque sí, cuando les da la gana.
Salomé - Bueno, muchachos, ¿por qué en vez de pelear no conversamos un poco? Hablando se entiende la gente, ¿no es eso? Tú, ¿qué dices, Ester?
Ester - ¡Hablar! Con este hijo suyo no se puede hablar, Salomé. Gritar él y bajar yo la cabeza: así es como él sabe hablar.
Santiago - Bueno, el marido es el que debe tener la última palabra, ¿no? ¿O tampoco?
Ester - Sí, sí, y tú tienes la última, la primera y la del medio también.
Jesús - La primera palabra la dijo Dios cuando sacó a la mujer de la costilla de Adán. No la sacó de la planta del pie ni de otro barro distinto, ¿verdad? La sacó de aquí, de junto al corazón. Porque Dios no quería darle a Adán una esclava, sino una compañera.
Niña - ¡La bendición, güelita!
Niñita - ¡Güelita! ¡Güelita!
En ese momento, entraron en casa las tres hijas de Santiago y Ester. La primera, Mila, de cuatro años, tenía unas trenzas muy largas. Terina, la segunda, llevaba de la mano a Noemí, la más pequeñita, que apenas sabía andar.
Santiago - ¿Para qué trajiste a las niñas, Ester?
Ester - ¿Cómo que para qué? Me las llevo.
Santiago - ¿Qué te las qué…?
Ester - Que me las llevo. Son mis hijas, ¿no? Las parí yo.
Santiago - Ah, claro, y yo no hice nada, ¿verdad? Fue un angelito que vino y entró por la ventana... Mírale los pelos que tienen, rojos como los míos. Las niñas se quedan conmigo. Mi madre, Salomé, las cuidará.
Ester - ¡Las niñas son mías y me las llevo yo!
Santiago - Las niñas se quedan aquí, ¿me entiendes? ¡Aquí, aquí y aquí!
Jesús - ¡Ya está bien, Santiago, basta de gritos! Dices que tienen los pelos rojos como los tuyos. No te fijes en los pelos. Mírales los ojos: míralos… Ven, Mila, ven. Mírale los ojos, Santiago. Te miran con miedo. Porque desde que nacieron sólo te han oído gritar y dar puñetazos. Tú mismo lo dijiste antes: mejor solo que mal acompañado. Y es verdad. Y mejor huérfano que con un padre que lo que parece es un centurión del ejército. Vamos, Ester, llévate a tus hijas. Y que Dios te ayude a hacerles de madre y padre al mismo tiempo.
Santiago - Oye, pero, ¿qué estás diciendo tú? Eso... eso no puede ser así. Espérate, Ester, espérate...
Ester - ¿Qué te pasa ahora?
Santiago - Yo... bueno, yo...
Ester - Tú, sí, tú, el que se llena la boca protestando contra los abusos de los que gobiernan y del rey Herodes, y eres un tirano peor que ellos con tu familia. ¡Santiago, el hijo del Zebedeo, el que habla de justicia y de compartir las riquezas del mundo entre todos los hombres! ¡Sí, sí, y con tu mujer no eres capaz de compartir ni siquiera el jornal! Esa es la justicia que hablas tú, ¿verdad? La justicia del embudo: el caño grande para ti y el estrecho para los otros...
Jesús - Ester tiene razón, pelirrojo. Estamos diciendo que las cosas tienen que cambiar en nuestro país. Pues vamos a barrer primero la propia casa, ¿no crees?
Santiago - Pero, yo... yo... ¿qué tengo que hacer para...? A la verdad, yo... yo...
Jesús - ¡Olvidarte del yo-yo-yo! ¡Eso es lo que tienes que hacer! ¡Olvidarte de ti y pensar un poco en ella, en hacerla feliz!
Santiago - Bueno, Ester... Entonces yo... digo, tú... ¡Uff! Si tú quieres podemos... Caramba, qué
difícil le es a uno pedir perdón. O sea que, ya tú me entiendes, que eso es lo que quiero pedirte. Que también el rey David metió la pata y, mira tú, ¡después hasta acabó cantando salmos!
Salomé - ¡Bueno, el resto se lo dices en casa, que estas tres criaturitas tienen hambre y ya es la hora de la sopa! [UN TAL JESÚS María y José Ignacio López Vigil]
martes, 3 de marzo de 2015
436: El anillo de compromiso
Ese objeto sin sentimientos que cargamos en el anular, es un implemento importante en la vida de un varón. Es un salvavidas en el mar embravecido de la confrontación sexual. Cualquier prójima al percatarse de él se pone automáticamente en guardia y queda desconcentrada al notar la sonrisa encantadora del dueño del dedo.
Esto a cualquier mujer, la coloca ante dos alternativas:
-coger como un medio de aplacar el aburrimiento
-coger como un medio de apaciguar el estrés
Antes existía una tercera alternativa, pero el uso abusivo que de él hicieron las mujeres lo llevo a ser de uso obsoleto ya que ningún prójimo se divorciaría –sabiendo la carga que implica el matrimonio- para casarse con otra.
El anillo de compromiso, es el aliado perfecto en este mundo calenturiento, cómo lo dijo Persifones.
Esto a cualquier mujer, la coloca ante dos alternativas:
-coger como un medio de aplacar el aburrimiento
-coger como un medio de apaciguar el estrés
Antes existía una tercera alternativa, pero el uso abusivo que de él hicieron las mujeres lo llevo a ser de uso obsoleto ya que ningún prójimo se divorciaría –sabiendo la carga que implica el matrimonio- para casarse con otra.
El anillo de compromiso, es el aliado perfecto en este mundo calenturiento, cómo lo dijo Persifones.
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