jueves, 16 de octubre de 2025

0764: SI LA GENTE SUPIERA…

Que puedes cepillarte los dientes con aceite de coco y mantener tu piel firme con solo plátano o miel.

Que no hay champú más poderoso que el bicarbonato de sodio, ni mejor acondicionador que un poco de vinagre.

Que el agua de hiedra deja el cabello fuerte y brillante, y que la yema de huevo supera a cualquier tratamiento caro.

Que puedes aclarar tu cabello con manzanilla, oscurecerlo con cáscaras de nuez, cubrir las canas con agua de papa, y darle reflejos naturales con canela, miel y limón.

Que con las cáscaras de cítricos puedes limpiar tu hogar, tu vajilla y hasta tus zapatos sin químicos.

Que no necesitas plástico para vivir limpio, ni basura para sentirte parte del mundo moderno.

Que lo orgánico se devuelve a la tierra… como todo lo que tiene valor.

Que una mezcla de alcohol, vinagre y peróxido elimina hongos mejor que cualquier producto de farmacia. Que el ajo, el aceite de coco o el orégano son armas naturales de defensa, no simples ingredientes.

Que puedes preparar tu propio antibiótico con lo que la tierra te da: ajo, vinagre y miel.

Si la gente supiera…

que no se necesita mucho para vivir bien.

Que salir del sistema no es esconderse ni huir, es elegir con inteligencia.

No se trata de pelear con nadie, sino de tomar el control.

Porque una persona que entiende esto…

no depende del sistema, se convierte en su propio sistema.

 

viernes, 10 de octubre de 2025

0763: La historia censurada de las ollas de barro

 1️⃣Durante siglos, las ollas de barro fueron el corazón de la cocina

Con ellas se cocinaba lento, parejo y sin tóxicos.

Guisos, frijoles, moles, atoles, caldos… todo sabía diferente. Más profundo. Más vivo.

2️⃣La arcilla no era solo un recipiente: era parte de la medicina.

Porque cuando el barro es curado correctamente, libera minerales como hierro, calcio y magnesio al alimento.

3️⃣Pero con la llegada del siglo XX, la industria comenzó a promover aluminio, acero esmaltado y más tarde, teflón.

Se vendieron como “modernos”, “prácticos” y “seguros”.

El barro fue desplazado como si fuera cosa de pueblos ignorantes.

4️⃣Lo que no dijeron es que el teflón libera gases tóxicos a altas temperaturas.

Y que el aluminio, cuando se desgasta, puede filtrarse al alimento.

Hay estudios (Exley, 2013; Krewski et al., 2007) que lo vinculan con problemas neurológicos y degenerativos.

5️⃣Mientras tanto, las ollas de barro —hechas a mano y con tierra— nunca necesitaron químicos para ser efectivas.

Solo requerían respeto: curarlas bien, usarlas con fuego bajo, cuidarlas como herencia.

6️⃣La industria nos convenció de que lo “rústico” era sucio y lo brillante era mejor.

Pero no todo lo nuevo es progreso.

Mucho se perdió cuando dejamos de usar utensilios vivos para usar superficies recubiertas con plásticos y metales artificiales.

7️⃣Hoy, muchas familias y chefs están regresando a la cazuela de barro.

Por sabor, por salud, y por conexión con la tierra.

8️⃣ Conclusión:

El barro cocina con alma.

Y lo que alimenta el alma, también cura el cuerpo.

Volver a las raíces no es retroceder: es recordar lo que el marketing nos hizo olvidar....


martes, 7 de octubre de 2025

0762: el Sargento García

Inolvidable, inoxidable y siempre vigente serie televisiva de Disney “El Zorro”, se transformó en uno de los intérpretes fundamentales en la producción que marcó a varias generaciones de telespectadores. La interpretación de Guy Williams como El Zorro fue complementada con el trabajo de un elenco destacado, donde la presencia de el sargento Garcia aportó una dosis relevante de humor, simpatía y humanidad al relato


Entre los personajes habituales de la serie, el del Sargento García se destacó por su afición a la buena comida y bebida, evocando figuras clásicas como el fraile Tuck de la saga de Robin Hood. A pesar de sus intentos ocasionales de aprovechar ciertos beneficios ―como obtener un vaso de vino―, el guion infantil y familiar de la serie supo tratar esas características con sutileza, mostrando a García como alguien influenciable y sencillo, más que un simple objeto cómico.


La relación desarrollada entre García y Don Diego de la Vega -la identidad pública de El Zorro- derivó a menudo en situaciones donde este último empleaba la debilidad del sargento por el vino como recurso para obtener información clave.


El aspecto físico 1,88 metros y pesaba alrededor de 154 kilogramos, fue fundamental para dotar al personaje de García de una fuerza escénica inolvidable. El propio actor empleó una navaja especial para mantener la característica barba descuidada de su personaje.


Henry Calvin nació con el nombre de Wimberly Calvin Goodman, Jr., el 25 de mayo de 1918 en Dallas, Texas. Sus padres fueron Wimberly Calvin Sr. y Alma Goodman. Durante la niñez, participó activamente en el coro de la iglesia bautista local, destacándose en el canto y logrando oportunidades como solista. Su formación transcurrió tanto en la primaria Winnetka como en la secundaria Sunset de la misma ciudad texana. Inicialmente, Calvin orientó sus estudios hacia el periodismo en la Universidad Metodista del Sur (Southern Methodist University, SMU), llegando a desempeñarse como redactor deportivo en el Dallas Star. Simultáneamente, el canto seguía presente en su vida, pues actuaba como solista en diversos templos religiosos. Gracias a estas experiencias musicales, Calvin fue obteniendo papeles en compañías de teatro locales. De su propia perspectiva sobre este proceso se recoge la frase: “Supongo que ahí comenzó todo… De repente descubrí que realmente quería dedicarme al mundo del espectáculo y abandonar el periodismo, así que fue exactamente lo que hice”. El año 1939 lo encuentra en Nueva York, donde se desempeñó como solista en el Radio City Music Hall. Sin embargo, debió interrumpir sus aspiraciones artísticas tras la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. Calvin se alistó en el Ejército, comenzando como soldado raso y llegando a ostentar el grado de primer teniente en una unidad de artillería de campaña, sirviendo en el frente del Pacífico hasta 1945.


Tras finalizar la guerra, Calvin retomó su trayecto escénico y se instaló en los escenarios de Broadway, logrando papeles destacados. Apareció en obras como The Chocolate Soldier (1947), Sally (1948) y Happy as Larry (1950), y en ese mismo año fue conductor de un programa radial para la cadena NBC. Seguiría desempeñando el papel de Big Ben, presentador de circo en el programa infantil Howdy Doody en 1952. El mayor hito de su etapa en Broadway fue su interpretación como el Gran Visir de la policía en el musical Kismet (1953-1955). Durante ese período, en paralelo a su trabajo teatral, participó activamente en proyectos radiofónicos, televisivos y cinematográficos.


La transición definitiva al mundo audiovisual se produjo tras varios papeles entre 1948 y 1953 como actor de reparto, lo que lo llevó a firmar contrato con United Artists y mudarse a la costa oeste de Estados Unidos. En 1956 actuó en Crime Against Joe y en el western The Broken Star, junto a Howard Duff. Sin embargo, el salto definitivo al reconocimiento internacional vino de la mano del papel del Sargento Demetrio López García en la serie El Zorro. 

jueves, 2 de octubre de 2025

0761: Comencé a vivir a los 58 años.

 Sí. A los 58.

Cuando ya nadie espera que una mujer “cambie de vida”.

Cuando todo mundo te dice que te conformes, que agradezcas lo que tienes, que te sientes en la mecedora a ver pasar los días.

Pero yo no quise conformarme.

Hasta los 58 fui lo que me enseñaron a ser:esposa abnegada, madre sacrificada, mujer de silencios.

Fui la que sostenía todo… menos a sí misma.

Me casé joven, como se usaba antes.

Me enamoré de un hombre que nunca supo lo que yo valía.

Me volví sombra. Rutina. Fondo.

Me tragué las lágrimas en los baños, me tragaba el coraje en la cocina.

Hacía malabares con los hijos, con la comida, con las cuentas, con la tristeza…

Y aun así, él decía que “ya no era la misma”.

Tenía razón. Ya no era la misma.

Era más cansada, más gris, más vacía.

Y un día, sin aviso, se fue.

Así, sin más.

Yo esperé que doliera.

Pero no dolió.

Lo que sentí fue otra cosa…

una especie de respiro que me asustó.

Un silencio que me envolvió como una sábana limpia.

Por primera vez me vi sola.

Pero no vacía.

Sola… y viva.

Descubrí que no sabía quién era.

No recordaba mi color favorito.

No sabía qué me gustaba desayunar si no cocinaba para alguien más.

No sabía qué hacía yo con mis manos cuando no estaban ocupadas sirviendo a otros.

Y ese descubrimiento fue duro.

Pero también hermoso.

Un día no hice la cama.

Otro día salí sola a caminar.

Otro más me compré un boleto de tren sin consultar a nadie.

Y cuando me senté frente al mar por primera vez sin prisa, sin nadie a quien atender… lloré.

Lloré por todas las veces que me olvidé de mí.

Lloré por la mujer que fui.

Y también por la que estaba naciendo.

Porque sí… renací a los 58.

Hoy no tengo pareja.

Pero tengo paz.

Hoy no hago comida por compromiso, sino por antojo.

Hoy no limpio para que otro valore, limpio para mí, para sentirme cómoda.

Ya no espero a que alguien me dé permiso.

Ya no me visto para gustar.

Ya no me acomodo a una rutina que no me representa.

Me reconecté con amigas.

Me hice otras nuevas.

Me volví mi mejor compañía.

Y aprendí a disfrutarme.

Una vecina me dijo una vez:

—¿Viajar sola a tu edad?

Y yo le sonreí.

Porque por primera vez en mi vida, me sentía cuerda… y feliz.

Hoy me miro al espejo y sí, claro que veo las arrugas.

Pero ya no me molestan.

Porque cada una cuenta una historia de lucha.

Y también de libertad.

Porque aunque florecí tarde…

florecí completa.

Y ahora lo sé:

Nunca es tarde para regresar a ti.

Nunca es tarde para comenzar de nuevo.

Y si ese nuevo comienzo es contigo… entonces vale la pena.

lunes, 29 de septiembre de 2025

0760: “Un Don nunca usa pantalones cortos”

 En la historia de la televisión moderna, pocas anécdotas han influido tanto en la cultura popular como la misteriosa llamada telefónica que recibió James Gandolfini durante su etapa al frente de Los Soprano. “Un Don nunca usa pantalones cortos”, fueron las espeluznantes palabras que escuchó el actor desde el otro lado.


Un simple comentario anónimo no solo alteró la actitud del actor hacia su personaje, sino que además dejó una huella duradera en la representación del jefe mafioso dentro de la serie y, por extensión, en la ficción televisiva.


El mensaje inesperado en la madrugada

De acuerdo con el relato recogido en el libro Woke Up This Morning, escrito por Michael Imperioli y Steve Schirripa junto al propio Gandolfini, la llamada tuvo lugar una noche mientras el actor seguía encarnando a Tony Soprano.


Sin previo aviso, su teléfono sonó. Al contestar, una voz desconocida le transmitió un mensaje contundente: “Un Don nunca usa pantalones cortos”. La conversación no se extendió más allá; fue un saludo breve, la advertencia y, enseguida, el silencio.


Impactado por la naturaleza del mensaje, Gandolfini compartió el incidente con compañeros y miembros del equipo de producción. La reacción general osciló entre la sorpresa y la incredulidad, mientras la anécdota comenzaba a circular fuera del set. El contenido de la advertencia, sumado al tono casi ritual con que fue pronunciada, captó la atención del grupo, que enseguida comprendió la seriedad con la que algunas personas ajenas a la ficción contemplaban la imagen del capo mafioso.


Cultura y vestimenta: la importancia de los detalles

No era casual que la advertencia hiciera referencia a un código de vestimenta. En la mafia tradicional, tanto en la vida real como en la representación mediática, la formalidad y el decoro siempre fueron aspectos centrales.


Para los conocedores de la historia criminal estadounidense, la figura del Don se asocia irremediablemente con trajes oscuros, camisas bien planchadas, miradas férreas y, por supuesto, jamás pantalones cortos. Romper esa regla equivaldría a quebrar parte del mito.


El equipo creativo de Los Soprano decidió incorporar este detalle al guion. El resultado fue una escena icónica de la cuarta temporada, en la que Carmine Lupertazzi, jefe de otra familia criminal, le dice a Tony Soprano: “Un Don no usa pantalones cortos”. Así, aquello que comenzó como una advertencia anónima terminó grabado en la memoria colectiva de los seguidores, reforzando el carácter distintivo de la serie.


De la llamada a una escena memorable

La influencia de la llamada en la narrativa de Los Soprano fue evidente inmediatamente. La frase se integró de manera natural en un contexto donde la autenticidad y la precisión cultural definían el éxito de cada episodio.


La escena no solo sirvió como homenaje a los códigos reales de la mafia, sino que aportó una dimensión nueva al personaje de Tony Soprano: la de un hombre sometido también a las presiones simbólicas del mundo criminal.


Esa incorporación, lejos de ser un simple guiño, consolidó el tono realista y detallista que distinguió a la serie durante sus seis temporadas. En lugar de limitarse a retratar la brutalidad y los negocios ilícitos, Los Soprano exploraba los matices de la vida cotidiana en la mafia, donde incluso el vestuario podía convertirse en símbolo de respeto y jerarquía.


Tony Soprano, el jefe que rompió moldes

El suceso sirvió para enfatizar la naturaleza única de Tony Soprano como figura central. A diferencia de otros capos mafiosos del cine o la televisión, el personaje interpretado por Gandolfini se mostraba vulnerable, humano y, en cierta manera, rebelde hacia algunos de los rituales más estrictos de la tradición criminal.


Que Tony Soprano pudiera ser cuestionado por su vestimenta revelaba una faceta inédita del jefe mafioso: alguien capaz de transgredir normas sin perder autoridad, pero acusado de hacerlo por quienes guardaban celosamente la ortodoxia.


En ese sentido, la escena inspirada en la llamada no solo aportó humor, sino también profundidad psicológica. El público encontró en Tony Soprano una figura contradictoria: el líder imponente que dudaba, el criminal que consultaba a su terapeuta, el Don que podía cometer pequeños errores de etiqueta.


Un legado en la cultura televisiva

La llamada anónima transformó más que una escena; alteró la percepción global de la mafia en el universo de Los Soprano y en la televisión contemporánea.


La frase: “Un Don nunca usa pantalones cortos” trascendió la anécdota para convertirse en parte de la mitología de la serie.


Sirve aún hoy como ejemplo de cómo factores externos, fortuitos e insospechados pueden influir en el arte de narrar y enriquecer personajes hasta dotarlos de vida propia.


De este modo, la advertencia telefónica queda registrada como un momento clave para entender por qué Tony Soprano y la serie alcanzaron un lugar destacado en la historia cultural reciente: por su capacidad de fusionar realidad, código y ficción en un relato que aún resuena entre quienes buscan comprender los matices del poder y sus símbolos.


martes, 23 de septiembre de 2025

0759: Vergüenza es hacer cualquier cosa y no tener vergüenza: por qué queremos parecer buenos

“Es preciso decirlo, morir de vergüenza es un efecto que raramente se consigue”, dijo una vez Jacques Lacan para referirse a la situación del mundo contemporáneo, en el que nos avergonzamos de todo, pero nadie deja la vida en eso. A los minutos, cualquier incidente es olvidado y no es extraño que haya celebrities que se catapultan a la fama por actos que, en otro tiempo, habrían sido para ponerse colorados.


Por ejemplo, hace unos pocos años una célebre modelo y actriz fue tapa de una revista para adultos con un desnudo que –para la edición– implicó un sombreado en su zona baja e íntima. Esto la llevó a declarar que “de ninguna manera [sus] genitales eran negros”. Muy singularmente, su desnudez no le producía vergüenza alguna.


En el mismo seminario del que proviene la frase del comienzo, Lacan sostiene que hoy existe un “avergonzarse por no morir de vergüenza”. En otra época quedó el honor, el respeto y la dignidad. Hoy nos avergonzamos por lo que molesta nuestra imagen, por lo que hiere el narcisismo, por lo que nos baja el precio ante el ideal de turno.


En la sociedad actual, ya no se trata de ser bueno, sino de parecerlo. El ideal de ser una buena persona –constitutivo de la modernidad– quedó en el camino. Ahora es preciso que se nos vea haciendo cosas buenas, exhibirlas para que sean convincentes. Así es que vivimos en la pronunciación permanente, poniéndonos del lado de la grieta que creemos correcto.


El problema es que cada pronunciamiento dura lo que dura la causa de la semana, dado que a la siguiente el tema es otro y hay que volver a pronunciarse, cambiar el marco de la red social, indignarse donde haga falta y que, por supuesto, nada cambie. Porque no nos jugamos la vida en lo que hacemos, solo reclamamos una pertenencia.


En el siglo XIX, Dostoievski nos enseñó que un culpable puede hacer de todo para que, finalmente, le llegue un castigo. En el XX, Kafka puso de manifiesto que la culpa puede no estar ligada a ningún acto y vagar errante, para conocer sus motivos inconscientes. En el XXI, la culpa cedió su lugar a la vergüenza como afecto fundamental del sujeto.


Por Luciano Lutereau

 

 

jueves, 18 de septiembre de 2025

0758: Charles Bukowski

Me trasladaron a una habitación con un negro y un blanco. El blanco tenía rosas frescas todos los días. Cultivaba rosas que vendía a las floristerías. No cultivaba rosas entonces, sin embargo. El negro había reventado como yo. El blanco estaba mal del corazón, muy mal. Allí estábamos, y el blanco hablaba de criar y cultivar rosas y de que ojalá pudiese fumar un cigarrillo, Dios mío, cómo necesitaba un cigarrillo. Yo había dejado de vomitar sangre. Ya sólo la cagaba. Tenía la sensación de haber conseguido salir del agujero. Acababa de vaciar una pinta de sangre y habían retirado la aguja.

—Te conseguiré unos cigarrillos, Harry.

—Oh Dios mío, gracias, Hank.

Me levanté de la cama.

—Dame dinero.

Me dio unas monedas.

—Si fuma morirá —dijo Charley. Charley era el negro.

—Cuentos, Charley, un par de cigarrillos no hace daño a nadie.

Salí de la habitación y crucé el vestíbulo. Había una máquina de cigarrillos en el vestíbulo de recepción. Saqué un paquete y volví.

Luego, Charley, Harry y yo nos pusimos a fumar. Era por la mañana. Hacia el mediodía pasó el médico y le colocó una máquina a Harry. La máquina escupía y pedorreaba y gruñía.

—¿Ha estado usted fumando, verdad? —dijo el doctor a Harry.

—No, doctor, de veras, no he fumado.

—¿Quién de ustedes compró esos cigarrillos?

Charley miró al techo. Yo miré al techo.

—Si fuma usted otro cigarrillo, morirá —dijo el médico.

Luego, cogió su máquina y se largó. En cuanto se fue, saqué la cajetilla de debajo de la almohada.

—Dame uno —dijo Harry.

—Ya oíste lo que dijo el médico —dijo Charley.

—Sí —dije yo, exhalando una bocanada de maravilloso humo azul—. Ya oíste lo que dijo el médico: «Si fuma otro cigarrillo, morirá».

—Prefiero morir feliz a morir amargado —dijo Harry.

—No puedo hacerme responsable de tu muerte, Harry —dije—. Le pasaré los cigarrillos a Charley, y si él quiere darte uno, es asunto suyo.

Se los pasé a Charley, que tenía la cama del centro.

—Bueno, Charley —dijo Harry—, pásamelos.

—No puedo hacerlo, Harry. No puedo matarte, Harry.

Charley me devolvió los cigarrillos.

—Vamos, Hank, déjame fumar uno.

—No, Harry.

—¡Por favor, to lo suplico, sólo uno!

—¡Maldita sea!

Le tiré la cajetilla. Le temblaba la mano al sacarlo.

—No tengo cerillas. ¿Quién las tiene?

—Maldita sea —dije.

Le tiré las cerillas…

Vinieron y me enchufaron otra botella. A los diez minutos llegó mi padre. Venía con él Vicky, tan borracha que apenas si podía sostenerse en pie.

—¡Querido! —dijo—. ¡Querido mío!

Dio un traspié contra el borde de la cama.

Miré al viejo.

—Hijo de puta —dije—. No tenías que haberla traído borracha.

—Querido, ¿no querías verme, eh? Dime, querido…

—Te advertí que no te comprometieras con una mujer como ésta.

—Está hundida. Tú, cabrón, le compraste whisky, la emborrachaste y luego la trajiste aquí.

—Ya te dije que no era buena, Henry. Te dije que era una mala mujer.

—¿Pero es que ya no me amas, queridito mío?

—Sácala de aquí… ¡INMEDIATAMENTE! —le dije al viejo.

—No, no, quiero que veas qué clase de mujer tienes.

—Sé qué clase de mujer tengo. Ahora sácala de aquí inmediatamente, o si no te juro que me arranco esta aguja del brazo y te la clavo en el culo.

El viejo se la llevó. Me derrumbé en la almohada.

—Es guapa —dijo Harry.

—Lo sé —dije—, lo sé…

Dejé de cagar sangre y me dieron una lista de lo que tenía que comer y me dijeron que si bebía un sólo trago moriría. Me dijeron también que moriría si no me operaba. Tuve una terrible discusión con una doctora japonesa sobre operación y muerte. Yo había dicho «nada de operación» y ella salió de allí meneando el culo furiosa. Harry aún seguía vivo cuando me fui, tenía escondidos los cigarrillos.

Salí a la claridad del sol para ver cómo era. Estaba muy bien, perfectamente. Pasaban los coches. La acera era tan acera como lo había sido siempre. Dudé entre coger un autobús y probar a llamar por teléfono a alguien para que viniese a recogerme. Entré a llamar por teléfono en aquel bar. Primero me senté y fumé un cigarrillo.

El encargado se acercó y le pedí una botella de cerveza.

—¿Cómo va esa vida? —me preguntó.

—Como siempre —dije

Se fue. Eché cerveza en el vaso y luego miré el vaso un rato y luego me bebí la mitad de un trago. Alguien echó una moneda en el tocadiscos y hubo un poco de música. La vida parecía algo más agradable, mejor. Terminé por fin aquel vaso, me serví otro y me pregunté si aún se me alzaría el rabo. Eché un vistazo al bar: ninguna mujer. Hice lo mejor que podía hacer: alcé el vaso y lo vacié de un trago.

FIN


Charles Bukowski - Vida y muerte en el pabellón de caridad

Autor: Charles Bukowski

Título: Vida y muerte en el pabellón de caridad

Título Original: Life and Death in the Charity Ward