miércoles, 1 de abril de 2026

0899: “Los relatos bíblicos”

 Gonzalo Garcés dice que él no tenía mucho que ver con la Biblia ni con la religión. Pero que la literatura lo llevó a revisar algunas historias y, bueno, se entusiasmó con lo que leyó y terminó escribiendo Los relatos bíblicos, un libro que ya agotó la primera edición, donde un poco cuenta y un poco da contexto y analiza. Es valorativo: dirá que es un libro que abre la cerradura de nuestra mente y, también, que Dios es una idea de futuro. Pero, también, que es un texto duro, realista, a veces pragmático. Y que allí encontró personajes que podrían estar en Breaking bad o en Game of thrones.


—¿Por ejemplo?

—Jacob, que es uno de los patriarcas del Antiguo Testamento, del Génesis, el fundador de las doce tribus de Israel. Y el tipo es un sinvergüenza. Estafa a su hermano, le saca el derecho de primogenitura, estafa a su propio padre, que está ciego, y se tiene que escapar de su familia porque lo quieren matar -con toda razón, además. Y sin embargo, en el texto dice que Dios lo elige, cosa que te da que pensar. Es como si Dios pensara: “Bueno, en un sentido, si se trata de fundar una nación, si se trata de realizar un gran proyecto, más vale una persona que es un poco inmoral, pero que también es reflexiva, que también piensa en el largo plazo, que tiene garra, que tiene tanta hambre de vivir que está dispuesto a cometer crímenes. Y después, por el camino, ya va a aprender la ética. Pero lo primero es el hambre de vivir. Si la Biblia fuera el libro ñoño, edificante, que yo me imaginaba antes de leerlo, todo el tiempo nos encontraríamos con historias donde los justos son recompensados y los malos son castigados. Y eso no pasa. Todo el tiempo, Dios elige a estafadores como Jacob, a cobardes como Pedro el apóstol, a aventureros dudosos, políticos dudosos como David. Y tira abajo del colectivo a gente buena, indudablemente buena, como Esaú, como Urías, como Job.


—¿Por qué?

—Porque la Biblia es un mapa existencial de toda nuestra naturaleza, de todos nuestros impulsos contradictorios, de nuestro egoísmo en lucha con nuestra generosidad y de lo que podés esperar de la existencia como ser humano. Y lo interesante es que sigue siendo cierto exista Dios o no.


A partir de los rusos

Gonzalo Garcés nació en Buenos Aires, es escritor y anda por los 50 años. Colabora en medios, trabaja en la radio con Jorge Fernández Díaz, escribió, entre otros libros, Los impacientes -donde “los tres protagonistas de la novela luchan por superar la idea de adolescencia que su época les impone”- El futuro -un padre que llega a reencontrarse con su hijo, se encandila con una mujer y resulta que es... la mujer del hijo- y Hacete hombre, donde se pregunta qué es ser hombre hoy.

La religión, dijimos, no fue lo suyo. Su abuelo materno era judío y su madre se crio “en la cultura judía”. Por parte de padre, ateos españoles de origen católico. “Soy un tipo más bien individualista y entonces siempre me provocó mucho rechazo la idea de poner tu vida y tu voluntad en las manos de Dios, que es un concepto central en las religiones. Siempre me mantuve a mucha distancia y sigo siendo así. Lo que pasó es que me puse a leer la Biblia porque mis escritores rusos preferidos hablaban de la Biblia. Me dio curiosidad y, cuando entré, me encontré ontré con una de las sorpresas de lector de mi vida. Y es que había personajes que parecían sacados de la novela rusa o de Shakespeare, o de Breaking Bad, o de Game of Thrones, o de Taxi Driver".

El libro tiene como subtítulo “Las historias y los personajes que formaron a Occidente” y va desde el Génesis -dice que hay dos relatos de la Creación- hasta el Apocalipsis. En el medio, de todo: Adán y Eva; Caín y Abel, La Torre de Babel; Abraham y Sara, Jacob, Moisés, David y otros. Por supuesto, Jesús y pasión tienen varios capítulos. Los relatos de la Biblia, dice, “siempre refieren sucesos ocurridos siglos antes del momento en que se escribieron. Es decir que sus autores hablan del pasado lejano para responder preguntas de su presente”.

Y lee, por ejemplo, la salida de los judíos de Egipto y su camino a la Tierra Prometida en clave política: “En el relato del Éxodo vos tenés la primer Estado de Derecho de la Historia, cuando el gobernante también tiene que obedecer leyes. Y eso vos lo tenés con los diez mandamientos y con la ley que Moisés recibe en el monte Sinaí”.

O mira a Jesús como líder: “El modo de proceder políticamente de Jesús sigue siendo un modelo para cualquier movimiento que se proponga, eh, subvertir una sociedad. Es un modelo revolucionario".

Garcés no discute la veracidad de las historias sino que busca otra cosa. Lo del subtítulo: qué huellas de la formación de Occidente -la democracia, el Estado de derecho, la idea de individuo- despuntan en esos relato.

Una idea fuerte es que “Dios nos habla desde el futuro”. Eso, dice: que Dios es una idea que actúa como impulso.


—¿Cómo es eso de que Dios habla desde el futuro?

—En la Biblia, Dios es una voz que habla desde el futuro. Siempre es así. Siempre es una voz que te llama hacia lo desconocido, te llama a la aventura. Cuando Abraham, que es el primero que dialoga con Dios en la Biblia, escucha por primera vez esa voz, ¿qué le dice Él? Le dice (parafraseando): “Salí de tu casa, salí de tu confort y andate a esta tierra peligrosa y desconocida a correr aventuras”. Y no le dice nada más concreto. Le dice que va a tener una descendencia, justo a él, que no puede tener hijos. Esencialmente, es un Dios que te convoca a lo desconocido y a la aventura. Y si vos no creés en Dios _al menos de una manera ortodoxa- lo podés conceptualizar así: todos en algún momento sentimos que tenemos un potencial no realizado. Digamos que yo llego a un momento de mi vida en el cual me digo: “¿Esto es todo lo que hay?" Bueno, podemos ir un paso más allá y pensar que Dios es todos mis potenciales no realizados que me llaman hacia el futuro. Y después lo podés llevar al plano colectivo, es decir, Dios es todos los potenciales de mi comunidad, de mi tribu, de mi nación. Y cuando te querés dar cuenta, estás trabando relación con el futuro de una manera religiosa.


—Contame los de las dos creaciones del mundo.

—Eso no es interpretación mía. Si vos abrís la Biblia, tenés primero la famosa historia que empieza: “En el principio, Dios creó los cielos y la Tierra. pero la Tierra era oscura y caótica...” Después, Dios va creando todo con palabras. Dice: “Haya luz” y hubo luz, “Haya tierra” y hubo tierra. Las palabras crean la realidad. Y esa historia, en realidad, históricamente es varios siglos más reciente que la otra historia, que es más cortita y más primitiva.


—¿La del Edén?

—Sí, dice que Dios creó el Edén cuando todavía no había seres humanos para regar y cultivar la tierra. Y claro, es lindo, es encantador. Pero eso corresponde a ese momento que pasan las civilizaciones en su etapa primitiva, las culturas primitivas. Pero la historia, el génesis del caos, empieza en serio cuando los judíos pierden la tierra, pierden Jerusalén, pierden el templo, están exiliados en Babilonia, no tienen más nada y se dan cuenta de que aun así pueden existir como un pueblo fundado en dos cosas: en las palabras y en la esperanza de que aunque en el presente todo sea humillación y dolor, en elhorizonte espera algo bueno. Y eso yo en el libro lo llamo “Un arma secreta espiritual”, porque cuando vos pensás que algo bueno te espera, sos virtualmente indestructible.


—¿Encontraste patrones comunes a lo largo de la Biblia, siendo un texto de múltiples autores?

—Varias cosas. La primera es que el gran tema que atraviesa toda la Biblia es el sacrificio. Nosotros, en nuestra cultura del siglo XXI, cuando escuchamos “sacrificio”, visualizamos una persona que se golpea el pecho y dice: “Yo me sacrifico”, de un modo un poco feo, como sin razón. Pero en la Biblia tiene un sentido muy concreto. “Sacrificar” es hacer un esfuerzo a futuro. Y, claro, cuando vos querés algo del futuro, inevitablemente tenés que hacer una inversión, tenés que invertir tu energía, tu tiempo, tu amor, tus recursos materiales. En la Biblia eso es la constante.


—¿Dónde lo ves?

—Desde Caín y Abel, que hacen cada uno una ofrenda a Dios, solo que a Abel le va bien y a Caín le va mal. Y ahí la Biblia te plantea un nudo de la experiencia humana: si querés llegar a alguna parte, vas a tener que hacer un sacrificio. Pero ¿qué pasa si no te resulta? ¿Qué pasa si fracasás? Esa pregunta sirve para entender otros conflictos. Es la historia de Mozart y Salieri, es infinitas historias.


—Y Moisés...

—Moisés hace un sacrificio cuando deja su privilegio. Porque Moisé es un hombre de origen hebreo, supuestamente, pero criado en una familia noble egipcia, y deja ese privilegio para sacar a los hebreos de Egipto. A propósito de esto, hay una teoría que para mí es muy seductora y es que la palabra “hebreo” viene de “habiru”, que eran los trabajadores extranjeros, los jornaleros. En otras palabras, la clase baja de la clase baja, los que no tenían ningún derecho. Y a esos, medio desheredados, Moisés los saca para llevarlos a vivir en libertad.


—Un camino “sacrificado”, también.

—Tienen que pasar cuarenta años en el desierto sacrificando la comodidad, la seguridad, la certeza. Sacrifican todo para aprender a ser libres. Así que un tema es el sacrificio. El otro es que no hay un personaje en la Biblia que no tenga defectos gravísimos, pero gravísimos.


—Hablamos de...

—Ya te nombré alguno. Jacob: un chanta, un sinvergüenza, un estafador. Moisés es un líder, es el arquetipo del liberador, al punto que a Abraham Lincoln, que decretó la libertad de los esclavos en Estados Unidos, lo apodaban “Moisés”. Sin embargo, Moisés es lo menos perfecto que hay. Es un tipo iracundo que no sabe hablar, es tartamudo, está lleno de dudas, siente que no está para nada a la altura de la misión.


—¿Cuál más?

—Ni hablemos del fundador del reino de Israel, que es para mí es el personaje más fascinante de la Biblia por todas las aristas que tiene, que es David. Por un lado, David es un idealista que toca la lira, es un poeta, un tipo con una sensibilidad extraordinaria. Pero, al mismo tiempo, es el sujeto que tiene la sangre fría como para mandar a matar al rey que lo apadrinó, una de tantas historias donde el “pollo” del hombre fuerte lo termina reemplazando. Y que tiene esta historia extraordinaria con una mujer.


—Contala.

—Cuando David ya es rey, un día desde la terraza de su palacio ve a una mujer desnuda que se baña y se excita tanto con ella que la manda a llamar. Esta mujer es Betsabé... y está casada. Peor todavía, está casada con uno de los soldados más leales a David. Sin embargo, David está tan entusiasmado que se acuesta con ella, la embaraza y entonces manda a llamar a Urías, el marido de Betsabé, desde el frente de batalla, y trata de que se acueste con Betsabé para que parezca que el bebé es de él, del marido. Pero no funciona porque el tonto de Urías es tan leal que no quiere pasar la noche en la comodidad de su casa y durmiendo con su mujer mientras sus compañeros de armas están peleando. Y cuando David ve que ese truco no le va a funcionar, lo manda al frente con una carta sellada que tiene que entregarla a su general. Y la carta dice: “Pongan a este hombre, que trae la carta, a Urías, en lo más recio de la batalla para que sea muerto”. Y se queda con su mujer.


—Uf.

—Sin embargo, ese hombre que es desleal, que es inmoral y qie al mismo tiempo es capaz de esos arrebatos de poesía, ese es el fundador del reino, el que después, en el Nuevo Testamento, es el modelo de Jesucristo. En los Evangelios dice que Jesucristo “Ocupará el trono de David”. O sea la Biblia es un libro duro, no es un libro sentimental, no es un libro para almas sensibles, porque te muestra, todas las canalladas de las que sos capaz. Y no solo eso, las canalladas que a veces son necesarias para realizar grandes cosas


—¿Por qué funciona este texto? ¿Por qué es uno de los grandes relatos de la humanidad?

—Ningún libro puede seguir leyéndose después de veinte o treinta siglos si no contiene claves de la existencia que te sirven para vivir. Si fuera solo mandatos, lo habríamos desechado hace mucho. Si fuera solamente: “No hagas esto, hacé lo otro”, si estuviera en contradicción con nuestra naturaleza, lo habríamos descartado. Es una llave que sigue abriendo la cerradura de nuestra mente y de nuestro funcionamiento como seres humanos. Por eso perdura.


Por

Patricia Kolesnicov


sábado, 28 de marzo de 2026

0898: Como ella lo contó, nosotras lo contamos

 Como ella lo contó, nosotras lo contamos. Mima seguro que me iba a pegar y todo, pero cuando yo se lo conté todo se echó a reír y dijo que ya era hora de que Petra se aprovechara. Parece que ella quería decir que Petra era muy vieja y hacía como diez años que era novia de su novio, porque era eso lo que todo el mundo decía en el barrio y lo que mi madre dijo exactamente fue, «Bueno, parece que Petra se decidió a casarse por detrás de la iglesia». Yo sé que eso no quiere decir que Petra se casara por la otra parte de la iglesia, por el fondo, sino que quiere decir otra cosa, pero yo sé muy bien que no lo podía decir (como no podía decir lo que Aurelita y yo hacíamos debajo del camión) y le pregunté a Mima, «Mima, ¿cómo se casan por detrás de la iglesia? ¿Sin el cura?», y Mima soltó una carcajada y dijo, «Sí, niña, eso mismo: sin el cura», y por poco se ahoga de la risa ahí mismo. Entonces fue que llamó a las vecinas.

Así fue como Aurelita y yo empezamos a contar lo que pasó y cada vez que llegaba alguien a casa lo único que hacía era (ya para entonces Mima no daba café) dar las buenas noches o los buenos días o las buenas tardes y preguntar enseguida, «Niñas, vengan acá. ¿Qué cosa estaban haciendo ustedes debajo del camión?». Y

nosotras lo contamos y lo contamos, hasta que por poco contamos qué estábamos haciendo de verdad debajo del camión. Pero entonces Ciana Cabrera y su hija Petra se mudaron para Pueblo Nuevo, que no es en realidad otro pueblo ni es nuevo, sino un barrio que hay al otro extremo del pueblo mucho más pobre todavía, donde la gente vive en casas con piso de tierra y techo de guano y eso, y la gente del barrio dejaron de preguntarnos y Aurelita y yo decidimos ir a Pueblo Nuevo todos los días cuando salíamos del colegio, a que nos preguntaran, «Muchachitas, vengan acá, ¿qué cosa estaban haciendo ustedes debajo de ese camión?)».

Fue en Pueblo Nuevo que supimos que el novio de Petra no había vuelto más al pueblo los jueves ni los domingos y que luego volvió al pueblo nada más que los domingos a pasear por el parque y nos enteramos de que Petra no salía a ningún lado, porque la madre tenía la puerta de la casa todo el día cerrada y nadie la veía y la vieja no hablaba con nadie cuando salía a hacer los mandados y no se trataban con nadie, como antes, que siempre estaban haciendo visitas


miércoles, 25 de marzo de 2026

0897: NOTICIA

 Los personajes, aunque basados en

personas reales, aparecen como seres de

ficción. Los nombres propios mencionados

a lo largo del libro deben considerarse como

pseudónimos. Los hechos están, a veces,

tomados de la realidad, pero son resueltos

finalmente como imaginarios. Cualquier

semejanza entre la literatura y la historia es

accidental. 


ADVERTENCIA

El libro está en cubano. Es decir,

escrito en los diferentes dialectos del

español que se hablan en Cuba y la

escritura no es más que un intento de

atrapar la voz humana al vuelo, como aquel

que dice. Las distintas formas del cubano se

funden o creo que se funden en un solo

lenguaje literario. Sin embargo, predomina

como un acento el habla de los habaneros y

en particular la jerga nocturna que, como

en todas las grandes ciudades, tiende a ser

un idioma secreto. La reconstrucción no fue

fácil y algunas páginas se deben oír mejor

que se leen, y no sería mala idea leerlas en

voz alta. Finalmente, quiero hacer mío este

reparo de Mark Twain:


«Hago estas explicaciones por la

simple razón de que sin ellas muchos

lectores supondrían que todos los

personajes tratan de hablar igual sin

conseguirlo.»

GCI


«Y trató de imaginar cómo se vería la luz

de una vela cuando está apagada.»

Lewis Carroll


 TRES TRISTES TIGRES

https://libroschorcha.wordpress.com/wp-content/uploads/2017/12/tres-tristes-tigres-cabrera-infante-guillermo.pdf


miércoles, 18 de marzo de 2026

0896: la magia de Ray Bradbury

“Escribí el título, ‘El lago’, en la primera página de una historia que se terminó dos horas más tarde, sentado ante mi máquina en un porche, al sol, con lágrimas cayéndome de la nariz y el pelo de la nuca erizado”, confesó, por escrito, años más tarde. ¿Por qué el pelo erizado, y las lágrimas? Porque “por fin había escrito un cuento realmente bueno”. El primero en diez años. “Y no solo era un buen cuento sino una especie de híbrido, algo al borde de lo nuevo. No un cuento de fantasmas tradicional”, se dijo. Lo envió a su agente, Julie Schwartz, y le gustó pero no le mintió. Va a costar venderla, dijo. Es distinta, le dijo también. Y pienso en Ursula K. Le Guin y su pipa en conferencias de todo tipo, y en eso que nadie sabía cómo tratar –su propia literatura extraña–, y me digo que el género, o eso que se tiene como tal, se teme a sí mismo inexplicablemente, teniendo en cuenta de qué forma una y otra vez todo aquello que se tuvo por (RARO) o (NO CLASIFICABLE), acabó expandiendo un límite que no debería existir en un tipo de literatura que se jacta de (CREER) que todo, cualquier cosa, es (POSIBLE). Un tipo de literatura tan (ALTÍSIMA), en ocasiones, como el resto. ¿Que qué pasó con “El lago”? Oh, pasó que Weird Tales, la revista, consintió finalmente en publicarlo –después de, en palabras de Bradbury, dar “unas vueltas alrededor” y tocarlo “con una vara de tres metros”–, a cambio de que el escritor se comprometiese a enviar la próxima vez un cuento de fantasmas (TRADICIONAL), nada que resultase en absoluto ostentoso y único, algo aceptable, un animal dolorosamente domesticado.

Bradbury accedió. “Me dieron 20 dólares y todo el mundo feliz”, escribió al respecto, y añadió un: (YA SABEN CÓMO ACABA LA COSA). Fue precisamente aquel cuento el que llevó a editores de otras revistas a alzar la vista y preguntarse (¿QUIÉN ES ESE TAL BRADBURY?) y (¿QUÉ ES EXACTAMENTE LO QUE ACABO DE LEER?), y sin embargo, durante un tiempo, el propio Bradbury no se atrevió a escribir otra cosa que cuentos de fantasmas (TRADICIONALES).

Pero las palabras, los sustantivos, seguían ahí, acumulándose en ese pedazo de papel. (EL PRADO) (EL ARCÓN DE LOS JUGUETES) (EL MONSTRUO) (TIRANOUSARIO REX) (EL VIEJO) (EL TELÉFONO) (LAS ACERAS) (EL ATAÚD) (EL MAGO) (LA SILLA ELÉCTRICA). Eran, escribió, “provocaciones”. Les diré cómo funcionaba la cosa cada vez. Porque estamos aquí para explorar la mente de (RAY BRADBURY), y entender cómo se formó su otro mundo, ese otro mundo hecho de mundos, tan sólido –tan ficcionalmente real– que en breve llevará (UN SIGLO), (¡UN SIGLO!), recibiendo visitantes, y acogiendo habitantes, acogiendo lectores y lectoras que no seríamos los mismos si no hubiéramos pasado un tiempo en (MARTE), oh, y no solo en (MARTE), en cualquiera de esos (HUESOS DE DINOSAURIO), en el sentido de viejas y valiosas cosas, rastros de otras épocas, que, decía, se amontonaban en su cerebro. “Si no hubiera urdido esas recetas para el Descubrimiento, nunca me habría transformado en el picoteante arqueólogo o antropólogo que soy ahora. Ese grajo que busca objetos brillantes, extrañas carcasas y fémures deformes en los túmulos de basura que tengo en el cráneo, donde, junto con los restos de las colisiones con la vida, se esparcen Buck Rogers, Tarzán, Johan Carter, Quasimodo y todas las criaturas que me dieron ganas de vivir para siempre". Piénselo, cada uno de los relatos en los que están a punto de (DESAPARECER) contiene pedazos de cosas vividas, y sentidas. Porque el descubrimiento –esas “recetas para el Descubrimiento”– era el descubrimiento de sí mismo.

“Si alguno de ustedes es escritor, o espera serlo, listas similares, sacadas de las barracas del cerebro, le ayudarán a descubrirse a sí mismo, del mismo modo que yo anduve dando bandazos hasta que al fin me encontré”. La cita está extraída de Date prisa, no te muevas, o la cosa al final de la escalera, o nuevos fantasmas de mentes viejas, ese pequeño ensayo brújula de título maravillosamente interminable. Cuenta en él Bradbury cómo edificaba cada relato a partir de esas palabras. Empezaba tratando de escribir un “largo ensayo-poema en prosa”, lo que no deja de ser una manera de (CONECTAR) con todo aquello que la palabra le sugería –con ese buscador de tesoros mental–, y “en algún punto de la mitad de la primera página, o quizás en la segunda, el poema en prosa se convertía en relato. Lo cual quiere decir que pronto aparecía un personaje diciendo (ESE SOY YO) o quizás (¡ESA IDEA ME GUSTA!). Y luego el personaje acababa el cuento por mí“. Así de sencillo. Observen lo que ocurrió cuando se topó con (ESQUELETO). ”Recordé las primeras obras de arte de mi infancia. Dibujaba esqueletos para asustar a mis primitas", recuerda. Le fascinaban los esqueletos. Y estaba dándole vueltas a qué podía hacer con ellos, cuando entró en la consulta de su médico, porque le dolía la garganta. Después de examinarle, el médico le dijo:

–¿Sabes qué tienes?

–¿Qué?

–¡Descubrimiento de laringe! Tómate una aspirina. ¡Dos dólares, por favor!

“¡Descubrimiento de laringe! ¡Dios mío, qué hermoso!“, pensó el escritor, que volvió a casa, dice, ”trotando, palpándome la garganta, y después las rodillas, y la medulla oblongata y las rótulas. ¡Moisés santo! ¿Por qué no escribir un cuento de un hombre aterrorizado que descubre debajo de la piel, en la carne, escondido, un símbolo de todos los horrores góticos de la historia, un esqueleto?“. Eso es ”El esqueleto". Ray Bradbury es el señor Harris gritando “¡Todos estos años he ido por ahí con un…, esqueleto dentro!“. He aquí la realidad que descubre bajo la realidad aparente. Una que empieza a crecer tras la revelación –no literalmente, solo en su cabeza–, y devora por completo aquello que había sido su vida hasta el momento. Podría decirse que cada uno de estos cuentos es el retrato de una obsesión, o la forma en que esa obsesión devora cada vez la mente del escritor, y en ese sentido, cada cuento de Ray Bradbury es a la vez la exploración de una (IDEA) en marcha, y el hallazgo de la (IDEA) en cuestión, oculta a simple vista, sin otro filtro que el del (ENTUSIASMO), y el momento. Piensen en “La multitud”. El relato que trata de qué sospechosa manera cualquier accidente está siempre rodeado por una pequeña multitud. Incluso los accidentes más remotos. Cuando Ray Bradbury se topó con la palabra en su lista, (LA MULTITUD), se teletransportó automáticamente al momento en que vio su primer muerto. Ray tenía quince años. Estaba en casa de un amigo y había oído un estruendo. Salió corriendo a la calle, y vio que un coche se había llevado por delante una valla, y luego había chocado contra un poste de teléfono y se había partido por la mitad. Había dos hombres muertos en el asfalto, y una mujer murió justo cuando él llegó y otro hombre al poco. Pasó semanas sin poder quitárselo de la cabeza. Pero no cayó en la cuenta entonces en el asunto de la multitud. El accidente había ocurrido en una intersección flanqueada, por un lado, por fábricas vacías y un patio de escuela abandonado, y por el otro, por un cementerio. Y, sin embargo, se había formado una pequeña multitud alrededor del accidente. Pero ¿cómo lo había hecho? La casa de su amigo estaba casi delante y él había salido corriendo nada más oír el ruido. ¿No había sido aquello raro? “Después de escribir apenas unos minutos se me ocurrió que esa multitud era siempre la misma multitud, que se reunía en todos los accidentes", dijo Bradbury al respecto. ¿Que quién la forma? Uhm. Lean el cuento. Y pregúntense por qué la realidad a veces parece algo que no podría, de ninguna de las maneras, ser. Y, sin embargo, ¿no estamos aquí?

Si el mundo se abre para dar con otro en su interior en buena parte de las historias del genio de Waukegan (ILLINOIS), y esa, se diría, es la constante en su narrativa –la de ofrecer una (SALIDA)–, ocurre que, cuando esta no deriva hacia algún tipo de (HORROR) o (PESADILLA) –tal vez se pregunten a qué viene tanta obsesión con las ferias, y les diré que lo que pasó fue que el niño Bradbury visitó una en la que había todo tipo de tarros con cosas espeluznantes siendo aún demasiado sensible a aquello en que los niños creen firmemente, la fantasía, o el relato que en algún momento se construyó para hacer del mundo un lugar menos tangible, para permitirnos soñar, o pasar miedo, alejarnos de lo posible, y quedó para siempre atrapado en ella, a conciencia, no la dejó marchar porque sabía que dejarla marchar era dejar marchar la parte que más brillaba de sí mismo–, deriva a algún tipo de (SUEÑO). Porque la narrativa de Ray Bradbury, estos cuentos, ya verán, son también sueños. Si quieren saber exactamente de qué hablo, apresúrense a buscar en el índice de este volumen ”Usher II [Abril de 2005]", y échenle un vistazo. Ahora saben que el adolescente Bradbury –oh, Bradbury decidió que sería escritor a los 12 años, una Navidad, después de recibir como regalo una máquina de escribir; antes, a los 11, había decidido que sería mago y recorrería el mundo con sus hechizos, y “me guste o no, al fin y al cabo soy una especie de mago”, se dijo en otro de sus famosos ensayos brújula¹– era lector de Edgar Allan Poe. También es probable que sepan que “La caída de la Casa Usher” es un relato de Poe, y un clásico. Verán cómo nuestro relato da comienzo de la misma forma que aquel, y que en él, un tal William Stendhal –fíjense en ese apellido, y tendrán mil pistas, (STENDHAL)–, contempla la casa que ha encargado a hacer a un tal Bigelow –un arquitecto–, en Marte. Es, por supuesto, una réplica de la Casa Usher, y es un sueño. Es decir, no es que no esté ocurriendo, sino que para Stendhal, poseerla lo es. Pero en el mundo en el que ese Stendhal y ese Bigelow viven hay algo llamado Climas Morales, y algo llamado Desmontadores y Equipo de Quemas. Y hasta aquí pienso contar. Porque ese pequeño y portentoso cuento contiene una distopía –el mundo en el que vivimos entonces, el futuro, la (PESADILLA)–, y a la vez, un sueño cumplido. La historia está construida, como es habitual, a partir de unos diálogos inquietantes por lo que tienen de inesperados, la situación en la que el escritor acaba de arrojarnos es (NUEVA), está aún solo en su cabeza, y ahí está ese tipo, o ese otro, con el teléfono en la mano, llamando a alguien para contarle algo que ha visto, o ahí está esa voz, que sale del mismísimo (TECHO) de la cocina, diciendo que “hoy es cuatro de agosto de dos mil veintiséis, en la ciudad de Allendale, California”, diciendo que “hoy es el cumpleaños del señor Featherstone” y “el aniversario de bodas de Tilita” y diciendo también que “hay que pagar la factura del seguro y también las del agua, el gas y la luz”. ¿Y no es maravilloso? Esa voz ha creado un mundo incierto. Un mundo desconocido. Misterioso. Y ¿saben qué? Ya estamos dentro. Y no sabemos lo que va a pasar a continuación. Porque esto es lo que ocurre con las historias de Ray Bradbury. Como en ellas (TODO) es (POSIBLE), no podemos anticipar nada, porque aún no sabemos cómo funciona el (MUNDO) que describen, y ¿a qué les recuerda eso? Uhm, venga, piénsenlo. ¿No les recuerda a lo que ocurría cuando eran niños, y niñas? ¿No era cualquier cosa posible cuando abrían una de estas (PUERTAS)? Y con (PUERTAS) me refiero a las cubiertas de libros como (ESTE), pequeñas casas a las que mudarse durante mucho tiempo, a veces durante todo el tiempo. Yo, como Bradbury, considero que “uno tiene que mantenerse borracho de escritura para que la realidad no lo destruya”. Y esa escritura es, primero, y sobre todo, la escritura de los demás. Esos a los que buscas desesperadamente. Amigos a los que conoces demasiado bien porque, como diría Stephen King, has estado en su cabeza. ¿O no es la lectura un acto telepático? ¿No están ustedes a punto de reescribir, o revivir, escuchar en su cabeza, las palabras que el genio de Waukegan, (ILLINOIS), el tipo de las gafas de pasta negras y la sonrisa inmutable, el hombre que escribió una novela –¡y no cualquiera, Farenheit 451!– en tan solo dieciocho días, alquilando por horas una máquina de escribir en la biblioteca pública porque si se quedaba en casa no escribía porque sus hijas querían que jugara con ellas y no sabía cómo decirles que no, pronunció, por escrito, en ese pasado que, aquí dentro, será para siempre (PRESENTE)?

Oh, sí.

Eso es justo lo que van a hacer a continuación.

Pero antes les diré algo más.

Fue Elizabeth Charlier, luego Elizabeth Brown, quien dijo que Fredric Brown odiaba escribir, pero adoraba haber escrito. Fredric Brown es probablemente uno de los escritores de ciencia ficción más divertidos de la Historia, y sin embargo, según Elizabeth, su segunda mujer, odiaba escribir.

A Ray Bradbury nada le gustaba más que escribir. Todo en su escritura es lúdico. El proceso mismo de la búsqueda de una idea, el (ALGO) sobre el que escribir, lo es. Piensen en ese pedazo de papel. Sigue sobre la mesa. “Soy una rareza de feria, el hombre con un niño dentro que lo recuerda todo”, escribió Bradbury. “A mí, fíjense ustedes, las historias me han guiado por la vida. Ellas gritan, yo voy detrás. Ellas echan a correr y me muerden los tobillos, yo respondo escribiendo todo lo que pasa durante la mordida. Cuando termino, la idea me suelta y se va”, escribió. “Así es la vida que he tenido [...] ¿Y el viaje? Exactamente la mitad terror, la mitad júbilo", escribió.

Como, exactamente, cada uno de estos cuentos.

Conjuren sus palabras, alerten a su personalidad secreta, saboreen la oscuridad.

Déjenme meterme en la piel del señor Bigelow, el arquitecto que ha fabricado la Casa Usher II en Marte, y decirles, como le dijo al señor Stendhal:

–Está terminada. Aquí tiene la llave, señor.

Y quedémonos callados, ustedes y yo, en la tarde quieta de agosto, mientras los planos susurran a nuestros pies sobre la hierba azabache.

Ya estamos ahí.

——————

¹ En concreto, en Cómo alimentar a una musa y conservarla, siendo la musa tu propio inconsciente, es decir, tú mismo, oh, en realidad, eso que Bradbury llama “tu personalidad secreta”, a quien debes suministrar una dieta equilibrada, de todo y cualquier cosa, sin prejuicios. “Esto no significa que en distintos momentos uno tenga que reaccionar a todo de igual forma. Para empezar es imposible. A los diez uno acepta a Verne y rechaza a Huxley. A los dieciocho acepta a Thomas Wolfe y deja atrás a Buck Rogers. A los treinta descubre a Melville y pierde a Thomas Wolfe“, dice el escritor. Pero, y he aquí lo importante: algo permanece. ”Permanece la constante: la búsqueda, el encuentro, la admiración, el amor, la respuesta sincera a los materiales accesibles, por muy raídos que parezcan, cuando un día se vuelve a mirarlos", dice, y les diría que le hagan caso, y también, que los cuentos que están a punto de leer no existirían sin esa mirada por completo limpia, y encantadoramente apasionada.


 

lunes, 16 de marzo de 2026

0895: El 16 de marzo de 1984

-¿Por qué, Gary, por qué lo hiciste? – le preguntó el policía de Baton Rouge que lo redujo, cuando el hombre tenía todavía la pistola en la mano.

-Si alguien se lo hiciera a tu hijo, vos también lo harías – respondió Gary Plauché sin ofrecer resistencia. 

A sus pies yacía el cuerpo agonizante de Jeffrey Doucet con un balazo en la cabeza. Todo quedó registrado por las cámaras del canal local WBRZ-TV, uno de cuyos periodistas le había avisado a Plauché el vuelo y la hora de la llegada del secuestrador y violador de su hijo Jody, trasladado por la policía desde Anaheim, California, para juzgarlo.


El secuestrador Jeff Doucet no era un desconocido para los padres de Jody. Todo lo contrario, era una persona de su confianza, a la que querían y respetaban. El chico tenía diez años cuando lo inscribieron, junto con sus tres hermanos, en las clases de karate que daba ese exmarine afable en su dojo de la ciudad. Los padres de Jody estaban separados y esa actividad le hacía bien a su hijo, que llegó incluso a ganar un trofeo en el torneo Fort Worth Pro-Am. Entrevistado por un diario local, Gary Plauché dijo entonces de Doucet: “Él es nuestro mejor amigo”.


El padre y el hijo

Durante el juicio contra Gary Plauché por el asesinato de Jeffrey Doucet, la presión pública se hizo sentir. Eran muchos los que justificaban que hubiese matado al secuestrador y violador de su hijo; otros no aplaudían su venganza, pero opinaban que no debía ir a la cárcel aunque hubiera hecho justicia por mano propia.


El padre de Jody fue acusado inicialmente de asesinato en segundo grado, pero aceptó un acuerdo que le permitió declararse culpable de homicidio involuntario. Fue sentenciado a siete años, con cinco años de libertad condicional y 300 horas de servicio comunitario, que completó en 1989. El juez Frank Saia dictaminó que enviar a Plauché a prisión no ayudaría a nadie y que prácticamente no había riesgo de que cometiera otro delito.


En un primer momento, Jody culpó a su padre por la decisión de matar a su abusador. “Después de que ocurriera el tiroteo, estaba muy molesto con lo que hizo mi padre. No lo quería a Jeff muerto. Solo quería que se pudriera en la cárcel. Con el tiempo pude superarlo y finalmente acepté a mi padre de nuevo en mi vida, y volvimos a la normalidad”, recordó muchos años después, cuando ya era un adulto.


Pasarían muchos años hasta que padre e hijo pudieran mantener este diálogo:

-Entiendo por qué lo hiciste. Ya no estoy enojado con vos – le dijo Jody.

-Te quiero – le respondió emocionado su padre.


Cuando Gary murió en 2014, a los 69 años, como consecuencia de un derrame cerebral, Jody lo lloró sin reparos. Los abusos a los que lo sometió Doucet y el asesinato por venganza cometido por Gary marcaron para siempre la vida de Jody Plauché, que se convirtió en un notorio activista contra la violencia y comenzó a recorrer el país dando charlas para padres sobre las formas en que pueden proteger a sus hijos de los abusadores sexuales. Termina esas conferencias siempre con la misma frase: “Pase lo que pase, nunca tomen la justicia por mano propia.”

 

martes, 10 de marzo de 2026

0894: debes saber esto.

Hace ya un titipuchal de tiempo hice mi servicio social en una comunidad rural, un pueblito situado a 70 kilómetros de Torreón.

Fue mi primer contacto como médico con las creencias y costumbres de la gente, y fueron también mis primeros pleitos en contra de los remedios tradicionales que pretenden curar, pero que son inútiles y a veces peligrosos. Siempre perdí esos pleitos y los sigo perdiendo ahora. 

Las creencias de la gente están muy arraigadas y suele tener más credibilidad la tía Gertrudis que hace barridas con pirul y huevo que el mediquillo ese, que ni sabe nada. La superstición es imposible de desterrar si la ignorancia no se combate desde la raíz. Y aún así, quién sabe…

El “remedio” de levantar la mollera del bebé es una de esas prácticas peligrosas, en primer lugar porque no sirve para nada y retrasa el tratamiento que puede salvar al bebé, y en segundo lugar porque puede causar lesiones a un niño ya enfermo de por sí, o puede lastimar a un niño sano.

Hace 30 años, vi  morir de deshidratación a más de un bebé, porque se “le cayó la mollera” y alguna curandera local, poseedora de “conocimientos ancestrales”, quiso levantar esa mollera volteando al niño de cabeza y con golpes en los pies, jaladas de los pelos, succiones con la boca sobre la cabeza y presionando con los dedos sucios en el paladar.

Eso pasaba hace 30 años y pasa hoy, y no solo en las comunidades rurales, también en las ciudades. 

La mollera es esa parte blanda de arriba de la cabecita de un bebé. Su nombre es “fontanela” que en latín significa ventana pequeña, y sí, eso es.

Para mí, tocar esa mollera con mis dedos, tan suave y frágil, invariablemente me deja una sensación de ternura. No me explico cómo alguien se atreve a maltratarla y como una madre lo permite… pero sigue sucediendo.

Los huesitos del cráneo de un bebé no están unidos al momento de nacer y dejan huecos en la cabecita del pequeño, esas son las molleras. Ventanitas recubiertas de piel y tejido blando, que al tocarlas con los dedos se sienten muy suaves. 

Es común que la mollera esté un poco sumida o un poco levantada, según la postura del bebé y esto es normal, siempre que el niño se encuentre en buenas condiciones.

Pero cuando por diarrea y vómito el niño se deshidrata, esa ventanita se hunde. 

Se hunde porque el niño está seco, porque le falta agua. Está deshidratado y el tratamiento es hidratarlo. 

Trágicamente el desconocimiento de los papás los lleva a que un curandero le “levante la mollera”. Entonces el niño es sometido a un procedimiento traumático e inútil. Cuando por fin llega al hospital puede ser demasiado tarde. 

Otras veces esa mollera está tensa y abombada, si eso se acompaña de malestar general, en un niño que no come, que vomita, tiene fiebre, está tieso o se ve mal, entonces la cosa es más grave, pues puede tratarse de una neuroinfección que si no se atiende de inmediato será fatal.

Lo que he aprendido a lo largo de los años, es que la mamá por más joven que sea, sabe por instinto lo que debe hacer. Sabe que el hospital y el médico es el camino correcto, pero la comadre metiche, la vecina de enfrente, o la tía que viene del rancho tienen más “experiencia”. Ahí empieza la tragedia.

Pon atención a la mollera de tus hijos y dile a tu doctor que te explique EN TU PROPIO BEBÉ, cómo es una mollera normal y qué signos debes vigilar. No pierdas tiempo. Tu comadre del piso de arriba no sabe medicina, ni tu tía Gertrudis tampoco, por favor, haz caso al médico.

Estamos viendo diarreas con vómito, habrá deshidratación. Por eso debes saber esto.


Alberto Estrada 

 

domingo, 8 de marzo de 2026

0893: sexo después de los 50

Naomi Watts tenía el parche pegado en el muslo y no sabía cómo sacárselo sin que él se diera cuenta. Era la primera noche con Billy Crudup y ella llevaba meses postergando ese momento, no por falta de deseo sino por lo que el parche significaba: menopausia, edad, cuerpo que se transforma, fin de algo. El adhesivo era muy fuerte y se había quedado demasiado tiempo en el baño. Cuando volvió, con la marca obvia en la piel, tuvo que decir la verdad. “Estoy en la menopausia y tengo este parche”. Y se encogió esperando lo peor. Él dijo: “Tenemos la misma edad. Esto es ciencia. ¿Cómo puedo ayudar?”. Esa noche, cuenta Watts en su libro Dare I Say It, fue muy buena.

La anécdota circuló en medios de todo el mundo porque tocó algo que millones de mujeres reconocen sin haberlo dicho en voz alta: la vergüenza de envejecer en la intimidad. No es una vergüenza de ahora. Es una vergüenza antigua, construida durante siglos, que le dice a las mujeres que su valor se agota con la fertilidad. Lo nuevo es que cada vez más mujeres la están nombrando. Y al nombrarla, la están desmontando.

Pero hay algo que todavía no se dice suficientemente. Algo que se esconde detrás de tanto relato de empoderamiento y liberación tardía: que no todas queremos lo mismo, que no todas envejecemos igual, y que el nuevo mandato de seguir siendo deseantes y sexualmente activas puede ser tan opresivo como el viejo silencio.


Lo que la biología dice y lo que no dice

La caída de estrógenos en la menopausia produce cambios reales en el cuerpo. La mucosa vaginal se adelgaza y puede secarse, la lubricación puede disminuir, y en algunos casos el deseo se modifica. Son datos clínicos verificables. Pero la ciencia de los últimos años también muestra otra cosa: que los factores biológicos no son los principales determinantes de la vida sexual de las mujeres maduras. Un estudio de la Universidad de Zúrich comprobó que el estado anímico, la autoimagen y la calidad del vínculo pesan mucho más que los niveles hormonales. El clítoris no pierde sensibilidad con la edad. El cerebro no deja de fantasear.

Esther Díaz lo vivió en carne propia. La filósofa que hoy tiene 85 años y sigue activa, pública y vitalmente encendida, cuenta que su vida sexual empezó verdaderamente a los 50. En la entrevista que le dio a Mil Horas no hay nostalgia ni resignación: hay una mujer que encontró su erotismo cuando dejó de cargarlo con las expectativas de los otros.

Flora Proverbio llegó a conclusiones parecidas desde otro lugar: la investigación. Para escribir Triángulos Plateados, entrevistó a más de setenta mujeres de América Latina, y realizó una encuesta con 1150 participantes. Lo que encontró fue un mapa diverso, contradictorio, lleno de matices. Hay mujeres que a los 60 están descubriendo el placer por primera vez. Hay otras que lo perdieron y no lo extrañan. Hay quienes redefinieron el erotismo alejándolo del coito y encontraron algo mejor. Y hay quienes están angustiadas no porque no tengan deseo sino porque sienten que deberían tenerlo. El título del libro —Triángulos plateados, los vellos púbicos poblados de canas— es una provocación: el cuerpo que envejece también puede ser el cuerpo del deseo.

En La Revolución de las Viejas, yo misma escribí sobre la menopausia desde adentro. Lo que aparece en ese capítulo no es un manual de instrucciones para seguir siendo sexy después de los 50. Es una pregunta más incómoda: ¿de quién es este cuerpo? ¿Quién decide qué se supone que tiene que sentir?

Así también es mi vida. En los chats de amigas, en las mesas y las fiestas, conviven las que están en Tinder, las que prueban conocer a alguien cada semana, y las que decimos: llegué por fin a una vida bonita, serena y armada, no necesito nada que venga a desordenarla. Y en ese “no necesito nada” hay también una biografía: la de quienes vivimos las relaciones con los hombres como fuente inagotable de intensidad, placer, diversión… y problemas. Y ahí aparece siempre la amiga que dice: “ya vas a volver”, como si hubiera algún lugar seguro al que volver, como si el desorden fuera la única forma legítima de estar viva.


El armario de los óvulos

Mientras el parche de Naomi Watts generaba titulares y conversaciones, algo mucho más cotidiano seguía pasando en silencio en consultorios de todo el país: mujeres que no le preguntan a su ginecólogo sobre la sequedad vaginal porque les da vergüenza, y ginecólogos que no preguntan sobre la vida sexual de sus pacientes de 65 años porque asumen que ya no existe.

Existe tratamiento eficaz, seguro y económico: óvulos y geles de estrógenos de aplicación local que actúan sobre la mucosa vaginal sin efectos sistémicos. Están disponibles en farmacias. Y sin embargo, para una proporción enorme de mujeres son completamente desconocidos. El tabú opera en los dos lados del escritorio.

Ingrid Beck y Mariana Carbajal lo documentaron en Encendidas, el libro que escribieron juntas sobre menopausia y salud femenina, y que se volvió una referencia insoslayable del tema: muchos ginecólogos no se actualizaron sobre climaterio, y sus pacientes lo pagan con años de incomodidad innecesaria. La frase que resume la situación no es elegante pero es exacta: deberían poner un cartel en la puerta que diga que no son especialistas en climaterio.

La asimetría con el tratamiento de la disfunción sexual masculina es tan grande que ya casi no sorprende mencionarla, aunque siga siendo escandalosa. La FDA aprobó el Viagra en 1998. Desde entonces, se desarrollaron y aprobaron al menos seis medicamentos distintos para la disfunción eréctil masculina. El primer tratamiento farmacológico para el deseo sexual hipoactivo femenino fue rechazado dos veces antes de ser aprobado con controversia en 2015. La disfunción eréctil fue tratada desde el primer día como un problema técnico con solución técnica urgente. La sexualidad femenina fue clasificada como un asunto “complejo”, “emocional”, “difícil de medir”. La diferencia no es científica. Es política.


El doble estándar que no necesita explicación

Alberto Cormillot fue padre a los 83 años. Costantini lo fue a los 78. Ambos recibieron cobertura periodística festiva, preguntas sobre la emoción de la paternidad tardía, alguna broma afectuosa sobre el esfuerzo requerido. Nadie cuestionó seriamente su vitalidad ni su derecho a rehacer la vida con mujeres décadas más jóvenes. Es el orden natural de las cosas.

Madonna tiene 67 años y sale con Akeem Morris, que tiene 29. La relación generó debates interminables en redes, análisis de sus fotos en busca de signos de decadencia, especulaciones sobre quién se beneficia de qué, preguntas sobre si ella está bien de la cabeza. Cuando los medios la tratan con algo parecido a la misma benevolencia que a Cormillot o a Costantini, es noticia.

Brigitte Macron tiene 24 años más que el presidente de Francia. Ha sido objeto de teorías conspirativas sobre su cuerpo, su identidad, su historia. DiCaprio sale con mujeres que no superan los 25 y el tema apenas merece una nota de color. La asimetría no requiere análisis: se ve sola. Un hombre mayor con una mujer joven es amor, experiencia, poder bien usado. Una mujer mayor con un hombre joven es patología, ridículo, objeto de escrutinio. Esther Díaz lo formula sin rodeos: la sociedad acepta que los viejos tengan mujeres mucho más jóvenes. No acepta lo contrario.


La trampa que nadie ve

Pero hay algo más, y es lo que más le cuesta decirse en voz alta a las mujeres de 60 y 70 que forman parte de la generación que hizo la revolución sexual.

Las boomers y la Generación X llegaron a la madurez habiendo peleado por el derecho al placer. Vivieron los años setenta y noventa convencidas de que el deseo era político, que el cuerpo era propio, que el silencio era complicidad. Esa convicción fue y sigue siendo un logro histórico. Pero tuvo, como todos los movimientos, sus propias contradicciones. Porque la misma cultura que las empujó a liberarse también instaló un nuevo modelo: la mujer mayor que sigue siendo deseante, activa, sexualmente vigente, “encendida”. Cambió el mandato, no la obligación de cumplirlo.

Hoy muchas mujeres de esa generación sienten angustia no porque no tengan deseo sino porque sienten que deberían tenerlo. Porque la cultura sex positive de los noventa —que fue liberadora en muchos sentidos— construyó también una nueva norma. Y las que no encajan en esa norma, las que en algún momento de sus vidas eligieron la pausa, el silencio, la resignificación del erotismo lejos del coito y lejos de la performance, quedan sin relato.

Beck y Carbajal lo capturan con humor en Encendidas: llegamos a la menopausia sin que nadie nos hubiera preparado, y encima con la presión de atravesarla bien, de manera positiva, de seguir encendidas. Como si apagarse a veces no fuera también una forma legítima de estar.

La clave está en esa pequeña palabra: si. El deseo en la madurez puede ser una fuente enorme de bienestar, dice Proverbio en Triángulos Plateados. Si nos interesa. Esas dos palabras cambian todo. No como obligación. No como prueba de que el envejecimiento no nos venció. Como elección, cuando es elección.


Cada cuerpo es un mapa distinto

Una de las cosas más difíciles de instalar en la conversación pública sobre sexualidad y vejez es la diversidad real. No hay una experiencia de la menopausia. No hay un modo correcto de envejecer el deseo. Hay mujeres que a los 70 tienen más vida sexual que a los 30. Hay mujeres que eligieron el celibato como forma de libertad. Hay mujeres que redescubrieron el erotismo lejos de la heterosexualidad. Hay mujeres que están recuperando el placer de a poco, después de años de incomodidad física que tenía tratamiento y nadie les ofreció. Y hay mujeres que simplemente no quieren, y que tienen tanto derecho a ese no querer como las otras a su sí.

Lo que el movimiento que empezó con Naomi Watts y siguió con Oprah y Michelle Obama y llegó acá con las voces de Proverbio y Esther Díaz y Carbajal y Beck está haciendo no es convencer a nadie de que tiene que tener sexo. Es abrir el espacio para que cada mujer pueda elegir, sin vergüenza y sin mandato, qué hacer con su cuerpo y su deseo cuando la vida se alarga.

Eso incluye quitarse el parche antes de que él lo vea, si eso es lo que necesitás esa noche. O dejárselo puesto. O no estar con nadie y no explicarle a nadie por qué. Incluye la sequedad vaginal que tiene tratamiento y el ginecólogo que tendría que haberlo dicho hace diez años. Incluye la filosofía que descubrió el orgasmo a los 50 y la periodista que escribió sobre la menopausia porque era la única forma de entenderla. Incluye el deseo que cambia de forma, que se vuelve más lento, más profundo, menos urgente o simplemente distinto. Y también incluye el silencio que es paz, no derrota.

La revolución que falta no es convencer al mundo de que las viejas también tienen sexo. Es que cada mujer pueda decidir, sin pedirle permiso a nadie, qué hace con el tiempo y el cuerpo que la longevidad le regaló.

Por

Gabriela Cerruti

 

jueves, 5 de marzo de 2026

0892: El diablo y el campesino

Se encuentra un campesino caminando por la orilla de un arroyo, quejándose de lo pobre que es, diciendo que la plata no le alcanza y que quisiera que su poco dinero se multiplicara. De repente aparece el mismísmo diablo y le plantea un desafío, justamente, para hacer que su dinero se multiplique.

El diablo le dice que, para duplicar su dinero, simplemente debe cruzar un puente que atraviesa el arroyo. Cada vez que pase, el dinero que lleve el campesino se duplicará. Puede hacerlo en cualquier dirección, pasar una y otra vez, las veces que quiera, pero con una condición: cada vez que pase, luego de corroborar que su dinero se haya duplicado, debe arrojar al arroyo 24 pesos.

El campesino rápidamente acepta el trato. Va, cruza el arroyo por primera vez y al llegar al otro lado comprueba que el dinero que llevaba en su bolsillo se había duplicado. Cumple con la condición del trato y arroja al arroyo 24 pesos.

Nuevamente cruza el arroyo, y al llegar al otro lado comprueba que su dinero se había multiplicado. Fiel a su palabra con el diablo, respeta el trato y vuelve a arrojar 24 pesos al arroyo. 

Por tercera vez, va el campesino y cruza el arroyo. Cuenta su dinero y ve que, nuevamente, este se había duplicado. Toma 24 pesos y los arroja al arroyo, pero se da cuenta de que esos eran sus últimos 24 pesos.

El campesino se había quedado sin dinero, entonces...



¿Lo resolviste correctamente?



 Antes de aceptar la jugarreta del diablo, el campesino tenía 21 pesos.

Cruza la primera vez: 21 x 2 = 42 Arroja 24 pesos al arroyo:  42 - 24 = 18

Cruza por segunda vez: 18 x 2 = 36 Arroja 24 pesos al arroyo: 36 - 24 = 12

Cruza por tercera vez: 12 x 2 = 24 Arroja 24 pesos al arroyo: 24 - 24 = 0

Hay múltiples formas de arribar a la respuesta correcta. La forma más sencilla era plantear el problema como una ecuación, considerando al dinero inicial como la incógnita.




Momento inicial: X

Cruza la primera vez: 2X Arroja 24 pesos al arroyo: 2X - 24

Cruza la segunda vez: 2 (2X - 24) = 4X - 48 Arroja 24 pesos al arroyo: (4X - 48) - 24 = 4X - 72

Cruza la tercera vez: 2 (4X - 72) = 8X - 144 Arroja 24 pesos al arroyo: (8X - 144) - 24 = 8X - 168

Sabemos, por la letra del problema, que al final el campesino acaba sin dinero, por lo tanto la ecuación se resuelve fácilmente:


8X - 168 = 0

8X = 168

X = 21

¿Cómo arribaste tú a la solución?

 

sábado, 28 de febrero de 2026

0801: El premio mayor a la ignorancia

 Vivimos en el único siglo donde la humanidad tiene toda la información del planeta en el bolsillo…

y aun así piensa menos que nunca.  

Nunca el ser humano tuvo tanto acceso al conocimiento. Y nunca fue tan fácil manipularlo.

Bibliotecas enteras caben en un teléfono. Pero la mayoría lo usa para ver bailes de 15 segundos.

La historia arde, la economía se desmorona, los países se polarizan… y el trending topic es un meme.

Eso no es casualidad. Eso es diseño.

El nuevo orden mundial no necesita cadenas, Necesita distracciones,

No necesita censura. Necesita entretenimiento,

No necesita quemar libros, Le basta con que nadie quiera leerlos  Y entonces pasa lo impensable.

Un artista urbano, construido por la industria del ruido, gana el premio más importante del planeta musical

Bad Bunny. El símbolo perfecto de la época

Y no, esto no es odio personal, Es lectura cultural

Porque no estamos hablando de talento o no talento Estamos hablando de qué se premia… y por qué 

Cuando Grammy Awards coronan algo, están mandando un mensaje global:

“Esto es lo que queremos que consumas.” “Esto es lo que vale.” “Esto es el modelo a seguir.”

Y por primera vez en la historia, el premio mayor no fue para la complejidad, ni para la poesía, ni para la música elaborada

Fue para el estribillo fácil Para la repetición hipnótica Para la letra que no exige pensar

Casualidad… no parece.

La estrategia es simple Mientras menos piensas, más obedeces

Un pueblo que reflexiona cuestiona. Un pueblo que cuestiona incomoda. Un pueblo que incomoda es peligroso.

Pero un pueblo entretenido…es manejable.

Dales ritmo Dales luces Dales farándula Dales ídolos de plástico

Y no preguntarán por inflación Ni por guerras Ni por corrupción Ni por quién mueve realmente los hilos,

Es el circo romano versión WiFi

Antes eran gladiadores

Hoy son premios, escándalos y canciones virales.

El método cambió La intención es la misma

El nuevo analfabetismo

El analfabeto del siglo XXI no es el que no sabe leer Es el que puede leer… y no quiere

El que prefiere coreografías antes que ideas

El que sabe el último chisme de un cantante pero no sabe quién gobierna su país

El que memoriza letras vacías pero nunca ha memorizado una frase que lo haga mejor ser humano.

Eso sí es peligroso.

Porque la ignorancia antigua era inocente

La de ahora es elegida

Y ahí está el premio…

Cuando vi ese Grammy histórico, no pensé: “Qué grande la música latina.”

Pensé: “Qué perfecto el experimento.”

El mundo celebrando el ruido mientras la profundidad muere en silencio.

El aplauso global al entretenimiento superficial mientras los libros acumulan polvo.

Es como si el sistema dijera: Tomen su trofeo. Canten ,Bailen. Disfruten

Nosotros nos encargamos del poder

La ironía final

Lo triste no es el artista

Lo triste es la masa

Porque nadie te obliga a ser profundo

Pero tampoco nadie debería celebrar quedarse vacío

Y mientras el planeta premia lo más fácil, los que piensan parecen raros, incómodos, “intensos”

Leer se volvió raro Reflexionar se volvió pesado Estudiar se volvió anticuado

Pero gritar un coro sin sentido… eso sí es moderno 

Yo lo resumo así , No estamos viviendo la era de la información. Estamos viviendo la era de la distracción masiva.

Y cada premio al ruido es un diploma más para la estupidez colectiva.

El verdadero galardón de este siglo no es un Grammy.

Es el Premio Mundial a la Humanidad Más Fácil de Manipular Y lo estamos ganando… año tras año.


domingo, 22 de febrero de 2026

0800: El erotismo como lenguaje propio

 En 1939 emigró definitivamente a Estados Unidos. Durante la década de 1940, enfrentada a dificultades económicas, comenzó a escribir relatos eróticos por encargo junto a Henry Miller para un “coleccionista anónimo” que pagaba un dólar por página. Al principio consideró esos textos como caricaturas extremas, ejercicios casi clandestinos. Pero con el tiempo supo que allí había descubierto un territorio literario propio.

El erotismo escrito por una mujer tenía otra textura, otra respiración. Anaïs Nin describía el deseo desde una perspectiva interior, alejándose de estereotipos y miradas ajenas. Sus relatos no se limitaban a la descripción física: exploraban la subjetividad del deseo, sus ambigüedades, su potencia emocional, sus contradicciones y los matices de la intimidad. En sus textos, el erotismo se vinculaba con la imaginación, el juego, la memoria y la búsqueda de identidad, convirtiendo la experiencia sexual en un camino de autoconocimiento y libertad.

Décadas más tarde, esa mirada singular encontró público y forma en volúmenes como Delta de Venus (1977) y Pájaros de fuego (Little Birds, 1979), consolidándola como la primera mujer occidental contemporánea en alcanzar reconocimiento masivo por su literatura erótica. Su obra abrió puertas a nuevas formas de narrar el deseo y sentó un precedente para autoras que, años después, se animarían a explorar territorios similares.

En una época en que la sexualidad femenina era tabú, Nin la convirtió en materia narrativa legítima. Fue rechazada por algunos editores por “indecente” y por otros por “demasiado femenina”... Pero ella persistió. Sabía que estaba nombrando una experiencia históricamente silenciada.

Su vida afectiva también desafiaba las convenciones. En 1955 se casó con Rupert Pole sin haberse divorciado de Hugo, llevando durante años una doble vida entre Nueva York y California. Esa poliandria, mantenida en secreto durante largo tiempo, alimentó tanto su obra como el mito que la rodeaba. Para ella, escribir erotismo era una forma de autobiografía y, al mismo tiempo, un gesto de resistencia cultural.


El poder de los diarios: una vida narrada sin máscaras

Si hay una obra que define a Anaïs Nin, son sus diarios. Ese mismo que comenzó en la infancia, se extendió durante más de sesenta años y alcanzó unas 35000 páginas manuscritas, hoy conservadas en el Departamento de Colecciones Especiales de la Universidad de California en Los Ángeles. Constituyen una de las autobiografias más vastas del siglo XX.

En ellos registró encuentros con escritores, artistas y psicoanalistas; confesó dudas, amores múltiples, contradicciones, ambiciones y fracasos. La franqueza con que se expuso resultó inusual para su tiempo. No solo narró acontecimientos: examinó sus propias motivaciones, desmontó máscaras, interrogó su identidad como mujer y como creadora.

Cuando en 1966 se publicó el primer volumen de sus diarios, el éxito fue inmediato. De pronto, aquella autora de círculos vanguardistas se convertía en figura pública. Sin embargo, esas primeras ediciones estaban censuradas: muchos de esos personajes aún vivían, y algunos episodios fueron suprimidos o alterados... Con el paso de los años comenzaron a publicarse versiones sin censura, que revelaron aspectos aún más complejos de su vida y ampliaron la comprensión de su obra.

El impacto fue más profundo y lectores de todo el mundo la descubrieron como una mujer apasionada que hablaba desde un territorio casi inexplorado: el interior femenino sin filtros morales impuestos.

En los años setenta su salud se resintió a causa de un tumor de ovarios. En ese tiempo, también recibió importantes reconocimientos: en 1973 fue distinguida con un doctorado honoris causa por el Philadelphia College of Art y al año siguiente fue elegida miembro del Instituto Nacional de las Artes y las Letras. Había pasado de autora marginal a figura central en los debates sobre erotismo, autobiografía y liberación femenina.

Murió el 14 de enero de 1977 en Los Ángeles. Sus cenizas fueron esparcidas en la bahía de Santa Mónica. Dejaba tras de sí novelas, ensayos y, sobre todo, sus diarios convertidos en una obra que redefinió la escritura íntima. Su vida también inspiró adaptaciones cinematográficas y teatrales, como Henry and June (1990), dirigida por Philip Kaufman, y continúa siendo reinterpretada en nuevas formas, incluso en novelas gráficas recientes basadas en sus diarios.

Sin proponérselo, Anaïs transformó lo íntimo en mundial; lo prohibido en poético y lo personal en político. Escribió para encontrarse y terminó encontrándonos a todos.

miércoles, 18 de febrero de 2026

0799: —¿Por qué necesitamos otro libro sobre cómo vivir una vida larga y saludable?

 —En su mayoría, los libros que tenemos son los equivocados. Estamos en esta tierra apenas unos 75, 85, quizás 90 años. Deberíamos aprovechar al máximo esos años, y obsesionarse con ganar unos días extra no es una buena manera de gastar tu tiempo. Hay que enfocarse en lo esencial. No te enfoques en la última moda, porque casi siempre va a estar equivocada, o fue descubierta en sapos o ratones. Yo no hablo de lo que pasa en ratones. Hablo de resultados en personas. Todas esas personas que escriben libros me enfurecen: te están vendiendo algo. Yo no vendo nada. No tengo suplementos, no tengo pruebas, no ofrezco consultas, no tengo alguna poción mágica que vaya a darte.

—Tu libro tiene solo seis reglas, empezando con “No seas un imbécil”. ¿Qué significa eso?

—Hay muchas cosas en la vida que tienen un riesgo irracional y no deberías hacerlas. Evidentemente sabemos sobre fumar. Aunque vapear tal vez sea más seguro que fumar, eso no lo hace seguro. Debemos pensar en eso.

—Creo que lo que [el Secretario de Salud y Servicios Humanos] Robert F. Kennedy Jr. está haciendo con las vacunas es horrible. No reconoce lo terribles que eran esas enfermedades infecciosas, ni cuánto tus abuelos probablemente estaban ansiosos por vacunar a sus hijos contra la polio, luego el sarampión y todas las demás enfermedades para las que tenemos vacunas. Una de las consecuencias del éxito de las vacunas es que no vemos esas enfermedades. Cuando se trata de la tenencia de armas, es algo basado en datos. Si tienes un arma para protegerte, tienes el doble de probabilidades de morir por un arma que tu vecino. ¿Por qué? Porque la mayoría de las muertes por arma de fuego son a manos de alguien que conoces, un familiar o amigo. La principal causa de muerte infantil ahora son las armas, porque se guardan en casa. Están cargadas, no se almacenan en un lugar seguro, no tienen seguros. Creo que los datos respaldan las restricciones a las armas, lo que conduce a que la gente viva. Soy médico, y que las personas vivan es mi principal objetivo.

—¿Por qué tu capítulo sobre cultivar relaciones viene antes que los de dieta, ejercicio y sueño?

—Existen innumerables estudios que muestran que las personas con más y mejores interacciones sociales viven más tiempo. Mucha gente piensa: “Esto es psicológico, está en la cabeza”. Bueno, está en la cabeza, pero eso no lo hace psicológico. Interactuar con personas disminuye el colesterol y el cortisol (hormonas del estrés), y baja la frecuencia cardiaca y la presión arterial. Son efectos fisiológicos. No tener amigos, estar socialmente aislado, equivale a fumar 15 cigarrillos al día.

—Escribes que “el helado mejora la salud de las personas”. ¿Cómo es eso?

—Todavía me gusta el helado –los gelatos, los helados especiales– y son productos lácteos, que son bastante buenos. Aportan proteínas y otros nutrientes y vitaminas, y pueden reducir el riesgo de problemas cardíacos. Si comes helado una vez a la semana, dos veces por semana, puede ser fantástico. La abuela de mi esposa, que vivió hasta los 101 años, solía tomarse una bola de helado todos los días. Ella decía: “Siempre hay un huequito para el helado”. Suponiendo que comes de manera nutritiva, no consumes muchos ultraprocesados y no tienes muchas calorías vacías como las gaseosas, no hay problema.

—Háblame del capítulo titulado “Expande tu mente”.

—[Se trata de lo que] el infierno es para la mayoría de las personas: el cuerpo está bien, el corazón funciona, los riñones funcionan, pero el cerebro no. Podrías seguir así durante años, pero no es vivir como lo imaginamos. ¿Entonces, cómo mantener el cerebro funcionando, sabiendo que habrá declive cognitivo, que las conexiones neuronales van a disminuir? Hay dos elementos clave. Uno es la reserva cognitiva: ¿empiezas con un alto nivel de función cerebral? Estamos en un momento donde la gente se obsesiona con el valor económico de la educación universitaria. Esa es una forma de verla. Pero también hay un valor cognitivo en la educación. Leer realmente a Dostoievski, y no solo el resumen de inteligencia artificial, es importante para tu cerebro. Crea conexiones, y cuantas más tengas, mejor. Luego está mantener el cerebro activo. Sabemos que el declive cognitivo comienza a finales de los 30 años, inicios de los 40, y realmente empeora cuando las personas se jubilan. Y la mejor manera de contrarrestar eso, además de hacer ejercicio, comer bien y socializar, es mantenerse mentalmente activo. Participa en clubes de lectura o haz voluntariado en una biblioteca o en escuelas. Empieza nuevos pasatiempos, comprometiéndote realmente con ellos.

—¿Qué le dices a la gente que odia hacer ejercicio?

—No hacer ningún ejercicio es peligroso. Lo que puedes hacer es no verlo como ejercicio, no como “ir al gimnasio”, no como “voy a salir a correr 10 kilómetros”. Puedes salir a caminar con otra persona, así será una actividad social. En invierno, hacer yoga o bicicleta estática 20 minutos al día te hará bien.

—¿Y el alcohol? Las directrices actuales me parecen confusas.

—Desde el punto de vista físico, beber alcohol probablemente no sea bueno. Es malo para el hígado y está asociado a un aumento del riesgo de al menos siete tipos de cáncer. Puede que exista un grupo de hombres mayores de 55 años, con alto riesgo de cardiopatía, para quienes algo de alcohol puede proteger, pero ese es el límite. Por otro lado, el 65 por ciento de la población bebe. Entonces, ¿cómo hacerlo de la mejor manera? Probablemente deberías apuntar a tres o cuatro bebidas a la semana, no más. Eso aplica tanto a hombres como a mujeres: esa división se basa principalmente en el peso, y yo no gastaría ni una sola neurona en preocuparme por ello. Tres o cuatro bebidas a la semana. No deberías beber cinco bebidas en una noche. No deberías beber solo.

—Tienes buen sentido del humor, ¿debería ser esa la séptima regla?

—Cien por ciento. Divertirse en la vida, tener cosas que esperar: tienes que pensar en algo nuevo todo el tiempo. Creo que el entusiasmo es un secreto de la vida porque es agradable, intelectualmente desafiante. Puedes compartirlo con otros. ¿Y qué puede ser mejor que eso?

Fuente: The Washington Post


sábado, 14 de febrero de 2026

0798: Amor en tiempos de ghosting, psicopatía y nexting

 Por estos tiempos, Cupido ya no lanza flechas; ahora lidia con algoritmos, manuales de diagnóstico y el peso de unas expectativas que nos impiden bajar la guardia y arriesgarse “por las dudas”. No es una exageración; es la radiografía del amor en 2026, donde los vínculos parecen haber perdido su brújula humana.


Se nota en el pulso de las redes. A la defensiva y casi con orgullo de su huida, Juan Carlos se descargó tras una primera cita: “Me habló de que quiere un hombre trabajador, resolutivo y con ganas de formar familia. Yo solo quería pasar un momento lindo y que fluya. Salí corriendo”. En la otra vereda, indignada en un video que no tardó en hacerse viral, Mariana sentenciaba: “Se hicieron todos ‘princesos’. Cualquier mención de futuro les parece intensidad”. Mientras tanto, Daniel procesa un duelo exprés: el chico que le aseguró que era “el hombre de su vida” desapareció tras una semana de promesas. “Me aplicó un ghosting de manual”, dice, con la mirada de quien ya no entiende las reglas del juego.


El laberinto de las etiquetas

A diferencia de la generación Baby Boomer, que gestionaba la incertidumbre con paciencia, hoy navegamos un campo minado técnico. Las palabras son nuestra coraza: nos protegemos tras las red flags para rendirnos a la primera. En lugar de buscar soluciones a problemas humanos, usamos el diagnóstico de las redes como salida de emergencia.


Al respecto, la Dra. Jenny Marques, especialista en conducta humana, advierte que este etiquetado es a menudo un mecanismo de defensa: “Utilizamos estas etiquetas para resguardar y esconder nuestro propio dolor ante realidades emocionales que no podemos controlar. Narcisistas y psicópatas han existido siempre, pero no es real la existencia de una epidemia; lo que sí existe son muchos seres heridos que se escudan en las redes sociales para evadir sus propios procesos”.


Mariana intentó aplicar el clear coding: honestidad radical para no estar con rodeos. A sus 37 años, sabe que el tiempo es su recurso más valioso y tener claridad la hace sentir segura y empoderada. Sin embargo, la sociedad actual penaliza esa seguridad y claridad llamándola “intensidad”. Por el contrario, Daniel, a sus 23, ya fue víctima de un love bombing que terminó en el vacío absoluto. Un silencio que lo obliga a preguntarse: “¿Qué hice mal?”, asumiendo la responsabilidad de una decisión que él no tomó.


Según Marques, esto ocurre porque la mayoría “de las personas no buscan una relación honesta, sino sexo, validación y gratificación instantánea. Si consigo honestidad o conversaciones incómodas, me voy a hacer el ofendido para que esto se acabe rápido y pueda seguir tras mi siguiente objetivo”.


La era del Nexting: Personas de un solo uso

El fenómeno que define este año es el nexting: trasladar el scroll infinito de los videos en redes sociales a las relaciones humanas. Ante la mínima grieta, simplemente hacemos “next” como quien pasa el dedo de abajo hacia arriba en la pantalla de su celular con la esperanza de que lo que venga sea algo mejor; aunque solo hayamos visto unos pocos segundos o una primera imagen, sin saber siquiera cómo termina. Si hay algo cruel que nos han dejado las redes, es la tonta idea de que siempre puede haber algo mejor después en un mundo sobrecargado de soledad.


Para legitimar este descarte, usamos a la psicología de internet como arma. Ya no decimos “no conectamos”; etiquetamos al otro como narcisista o psicópata para abandonar sin culpa. Es más fácil hacer ghosting a una etiqueta que a una persona de carne y hueso. ¿Para qué esforzarse si al abrir el celular siempre hay alguien más? Así nos convertimos en practicantes del breadcrumbing: goteos de atención para mantener al otro en reserva mientras exploramos más opciones, como quien recorre productos en una estantería.


Esta búsqueda incesante tiene una explicación neurológica. “La persona ha acostumbrado a sus químicos cerebrales a estar siempre en búsqueda del siguiente estímulo. El problema actual es la ansiedad que genera la estabilidad y la calma. Ante la posibilidad de construir un vínculo basado en la constancia y la presencia, la persona prefiere vínculos superficiales donde la profundización no le empuje a crecer, madurar y enfrentar sus heridas”, explica la especialista.


El triunfo de la soledad acompañada

El resultado de todas estas agotadoras e infinitas dinámicas sociales es el dating burnout: un agotamiento donde ya no se busca amar, sino dejar de sufrir el proceso de “selección”. El residuo de este sistema es una multitud de personas solas quejándose en redes. Es el triunfo de la soledad acompañada. Lo irónico es que quienes tienen claridad terminan señalados como “exigentes”. Se penaliza la transparencia en un mercado que premia la indiferencia, dejándonos con agendas llenas de nombres sin historias.


La anatomía de la excusa

¿Por qué reemplazamos la intuición por el diagnóstico? El etiquetado funciona como un analgésico. Decir “es un tóxico” duele menos que aceptar que no hubo química, que no supimos gestionar el rechazo o que no tuvimos las ganas de trabajar para que las cosas mejoraran. Preferimos tener la razón (diagnosticando a nuestro modo) que tener una relación conociendo al otro y a nosotros mismos.


Un acto de rebeldía

Este 14 de febrero, la verdadera odisea no es una reserva en un restaurante, sino bajar las defensas. En un mundo de nexting y diagnósticos exprés, el acto más revolucionario es la vulnerabilidad: permitirse ser visto, con virtudes y defectos, ante alguien que decida no hacer clic en la siguiente opción.

viernes, 13 de febrero de 2026

0797: “Me encanta la medicina occidental, solo que no quiero ser parte de ella”

 Contó entre risas, al recordar que necesitaba realizarse un test de tuberculosis cuando su hijo menor asistía a un jardín infantil cooperativo. En esa instancia, acudió al médico de su esposo, el diseñador de producción Bo Welch, quien decidió realizarle algunos exámenes básicos, entre ellos un electrocardiograma.


Durante el procedimiento, se dio cuenta que algo había llamado la atención de los profesionales.


O’Hara recordó que el médico intentó usar dos máquinas distintas de EKG y luego ordenó una radiografía de tórax. “Yo pensaba: ‘¿Qué está pasando?’” Poco después, el médico los llamó a su oficina con una revelación insólita: “‘¡Eres la primera persona que conozco [con situs inversus]!’”, le dijo.


Hasta ese momento, la actriz de Mi pobre angelito no tenía ninguna referencia familiar ni médica sobre la condición. “Tengo siete hermanos y mis padres ya habían muerto. Nunca había oído nada sobre esto”


O’Hara precisó que, en su caso, se trataba de dextrocardia, una forma específica de situs inversus en la que el corazón se encuentra ubicado en el lado derecho del pecho.


“Cuando el médico nos dijo que mi corazón estaba del lado derecho y que mis órganos estaban invertidos, mi esposo dijo de inmediato: ‘No, su cabeza es la que está al revés’”, recordó con humor. Cerró su anécdota levantando la copa: “¡Salud por la salud!”.


Qué es el situs inversus: datos médicos clave

El situs inversus es una condición genética poco frecuente en la que los órganos del tórax y del abdomen se desarrollan en una disposición especular, es decir, invertida con respecto a la anatomía estándar. Segun datos recuperados por People, afecta aproximadamente a una de cada 10.000 personas.


En la mayoría de los casos, las personas con situs inversus no presentan síntomas y llevan una vida completamente normal. Los órganos, aunque estén en una posición inusual, suelen funcionar con normalidad. Por ello, hay muchos que desconocen que tienen esta condición.


Las fuentes médicas consultadas coinciden en que esta anomalía no requiere tratamiento específico; pero sí es importante que los médicos estén informados del diagnóstico en caso de cirugías o procedimientos de emergencia. No es habitual que esté vinculado a complicaciones de salud.


martes, 10 de febrero de 2026

0796:FUNCIONA EL MUNDO… AUNQUE NO NOS GUSTE ACEPTARLO

 Es extraño.

Es incómodo.

Pero es real.

Al abogado le conviene que tengas problemas.

Al médico le conviene que te enfermes.

A la policía le conviene que existan criminales.

Al profesor le conviene que llegues sin educación.

Al arrendador le conviene que nunca tengas casa propia.

A la industria del sexo le conviene que no construyas familia.

Al dentista le conviene que tus dientes se dañen.

Al mecánico le conviene que tu carro falle.

Al fabricante de ataúdes le conviene que mueras.

Y al final…

solo el ladrón quiere que prosperes.

📌 LA VERDAD QUE CASI NADIE DICE

Muchos sistemas viven de:

✔️ Tus errores

✔️ Tus debilidades

✔️ Tus caídas

✔️ Tu ignorancia

✔️ Tu miedo

Tu dolor es negocio.

Tu fracaso es mercado.

Tu confusión es ganancia.

💥 SI QUIERES ROMPER LA CADENA…

No les des lo que esperan.

No te enfermes con lo que todos consumen.

No pienses como todos piensan.

No caigas en el juego que todos juegan.

Despierta.

Cuestiónalo todo.

Edúcate.

Cuídate.

Fortalécete.

🚀 EL VERDADERO DESAFÍO

Volverte tan fuerte,

tan sabio,

tan libre…

que nadie pueda lucrar con tu desgracia.

Ahí —y solo ahí— habrás ganado.

💎 RECUERDA ESTO:

La verdadera riqueza

no es dinero,

no es fama,

no es poder.

Es no ser esclavo

de un sistema

que se alimenta

de tu debilidad.

✨ Sé consciente. Sé libre. Sé dueño de tu vida. ✨


miércoles, 4 de febrero de 2026

0795: la minera y el pistolero

 "Una anciana se acercó y ató su vieja mula al poste de enganche.

Mientras ella estaba allí, sacándose un poco el polvo de la cara y la ropa, un joven pistolero salió del salón con una pistola en una mano y una botella de whisky en la otra.

Miró a la mujer y se rió.

Oye anciana, ¿alguna vez has bailado?

La mujer miró al pistolero y dijo: "No... nunca he bailado... Nunca quise hacerlo".

Una multitud se reunió mientras el joven pistolero sonreía y decía: "Bueno, vieja, ¡ahora vas a bailar!", y comenzó a disparar a los pies de la anciana.

La anciana buscadora de oro, para no perderse los dedos de los pies, empezó a dar saltitos. Muchos reían.

Cuando disparó su última bala, el pistolero, todavía riendo, enfundó su arma y se dio la vuelta para regresar al salón.

La anciana se volvió hacia su mula de carga, sacó una escopeta de dos cañones y amartilló ambos percutores. Los fuertes clics se oyeron con claridad en el aire del desierto, y la multitud dejó de reír al instante.

El pistolero también oyó los ruidos y se giró muy lentamente. El silencio era casi ensordecedor. La multitud observaba tensa mientras él observaba a la mujer y los enormes agujeros de esos dos cañones.

Los cañones de la escopeta no temblaron en sus manos mientras decía en voz baja: "Hijo, ¿alguna vez has besado el   *c* u*  l*   o**  de una mula?"

El pistolero tragó saliva con dificultad y dijo: "No, señora, pero siempre lo he querido".

HAY CINCO LECCIONES AQUÍ PARA TODOS NOSOTROS:

1- Nunca seas arrogante.

2 - No desperdicies munición.

3. El whisky te hace pensar que eres más inteligente de lo que eres.

4 - Asegúrate siempre de saber quién tiene el poder.

5 - No te metas con los viejos; ellos no envejecieron por ser estúpidos."


lunes, 2 de febrero de 2026

0794: No seas tan débil como para no saber poner a una mujer en su lugar cuando sea necesario.

Corregir una actitud negativa, establecer un límite firme, o incluso alejarte de una situación que no toleras no te convierte en un hombre malo. Te convierte en un hombre que se respeta. En uno que no permite que lo pasen por encima. Porque el respeto masculino no se obtiene a través de la sumisión, sino a través de la firmeza. A través de la capacidad de decir: “Hasta aquí. Esto no lo acepto”.

Los hombres débiles siempre terminan sufriendo. No porque el mundo sea injusto. Sino porque deciden callar cuando deberían hablar, tolerar lo que deberían rechazar, y seguir presentes donde ya han perdido el respeto. Especialmente en manos de mujeres, el hombre débil se convierte en un juguete emocional, un hombre que vive en función de no molestar, de no incomodar, de no perder lo poco que le dan. Pero el que vive para no perder, ya perdió.

No necesitas ser excesivamente comprensivo, ni andar caminando con cuidado para no “herir sentimientos”. No viniste al mundo para convertirte en una versión diluida de ti mismo. El hombre que dice “sí” a todo, que permite todo, que no corrige ni cuestiona nada, termina convertido en una sombra. Una figura sin liderazgo, sin presencia, sin esencia. Y lo peor es que después se pregunta por qué no lo respetan, por qué lo engañan, por qué lo abandonan. La respuesta es simple: no se respeta a sí mismo.

Las mujeres no admiran a los hombres que se arrastran detrás de ellas. Las mujeres respetan al hombre que se respeta, al que puede decir “no” sin miedo a perderla. Al que tiene la capacidad de irse si una línea se cruza. Al que no suplica, no ruega y no negocia con lo inaceptable. La admiración femenina no se gana con flores ni palabras bonitas, se gana con dirección, liderazgo y convicción.

Un verdadero hombre no necesita gritar, ni imponerse con fuerza bruta. Basta con que tenga claro quién es, qué tolera y qué no. Su energía habla por él. Su postura, su mirada, su silencio. Un hombre con principios no se deja mover por un par de emociones desordenadas. Él guía, él estructura, él protege. Pero jamás se traiciona a sí mismo por miedo a incomodar.

Ser amable sin límites, ser dócil por sistema, es una receta segura para perder tu identidad. Te volverás alguien fácilmente manipulable, fácilmente reemplazable y, eventualmente, despreciable. Porque lo que no se impone, se ignora. Y lo que se ignora, se destruye.

Así que lidera. Establece límites. Habla con claridad. No aceptes comportamientos que contradicen tus principios solo por mantener una relación. Porque si una relación exige que entierres tu dignidad, entonces no es una relación: es una sentencia.

Si estás listo para recuperar tu fuerza interna, tu voz, tu capacidad de liderazgo masculino, y dejar atrás la debilidad que este mundo intenta meterte en la mente… entonces tienes que leer esto.

Entra ahora a Dominio Total del Ser y empieza a convertirte en el tipo de hombre que ninguna mujer puede controlar, pero que muchas desean seguir.

 

miércoles, 28 de enero de 2026

0793: no sé si lo soñé o ..

 — Eso demasiado dinero para unas confituras.

— No importa, papá, compra todas las que quieras, así no tendremos que volver a detenernos.

— ¿Algo más, Señor? Son noventa y tres con noventa y cinco, Señor.

Pone todas las confituras en una bolsa y las cervezas en otra. El viejo le pide que se quede con el cambio.

— Gracias, señor.

Ambos sonríen y quizás hasta son felices: uno, porque desde ayer no vinieron clientes por ahí y ahora, de pronto, la suerte parece estar cambiando; el otro, el viejo llamado Eugenio, porque llevaba mucho tiempo sin salir de la ciudad y ahora recuerda que el mundo es un lugar agradable, lleno de vendedores correctos que saben hacerlo sentir importante.


La manija de la puerta está fría, tanto o más que el clima fuera de la tienda. Quizás debería ser interpretada como un aviso. La puerta parece gritar que se está mejor dentro de ese espacio diminuto lleno de olores dulces que hacen pensar en la niñez como si fuera asunto de hace un par de días. La puerta se resiste a ser abierta, es su último, desesperado e inútil intento por impedir que Eugenio entre a la fría realidad que le espera allá fuera. Este se vale de las fuerzas que aun conserva y consigue salir del espacio perfecto en el que se hallaba.


Fuera, el parqueo está vacío. La furgoneta del hijo es apenas una mancha blanca que, sobre la delgada línea de la autopista, corre veloz rumbo al horizonte. Se aleja por donde mismo vino, como si nada. Eugenio no sabe qué hacer, se queda paralizado, las bolsas se le caen de las manos y quizás el ruido de las botellas rompiéndose contra el suelo lo hacen reaccionar, como a esas atletas que esperan la señal de arrancada. Se apresura hasta la carretera, con toda la velocidad que le permite sus años y mueve los brazos para ser visto desde la distancia a través del espejo retrovisor. Grita el nombre del hijo, una y otra vez el nombre del hijo, y cuando el coche desaparece por completo en el paisaje, sigue gritando.


— Te vas a estropear la garganta, hombre de Dios — La voz viene desde la gasolinera. Pertenece a una mujer de edad indescifrable que está recogiendo los paquetes de confituras que se desparramaron por el suelo. Antes de guardarlos en la bolsa les sacude el polvo y sonríe mostrando el espacio vacío donde alguna vez hubo un colmillo superior y uno inferior. Su piel tiene ese brillo que aflora cuando no se ha recibido un baño caliente en mucho tiempo.


Las manos de Eugenio tiemblan, el pecho le duele, las orejas se le han puesto coloradas. Ha perdido las fuerzas. Se siente débil y en verdad lo está. ¿Cómo pudo?, piensa. Es consciente de que en cualquier momento puede desplomarse. El anciano se acerca a la mujer para pedirle ayuda, pero ahora el llanto no lo deja hablar.


— ¿Quieres un caramelo de menta? — le pregunta al viejo sin distraerse de su tarea de meter las golosinas en la bolsa. Este hace un gesto con la cabeza que significa que no. La mujer se encoge de hombros y se mete una gominola en la boca — . Están buenísimas — comenta mientras mastica y en su rostro hay una expresión alegre.


— ¿Cómo pudo? — balbucea el anciano y llega a su memoria el recuerdo de hace un par de noches.


El hijo se le quedo mirando y le pregunto:


— ¿Cuándo fue la última vez que fuimos juntos a la playa? — Entonces Eugenio no supo decir, porque los recuerdos se le confundían con los sueños. El hijo preguntaba otra vez, alzando la voz — . Vamos, papá, ¿cuándo fue?


Y el viejo no conseguía otra cosa que dejar la boca abierta y sonreír cuando le llegaba de golpe la imagen de su esposa, con aquel bañador a rayas rojas y blancas que resaltaba las virtudes de su cuerpo de muchacha, rayas rojas y blancas en contraste con la arena tan clara, con el cielo tan azul y con el agua tan azul. Entonces aún no era su esposa sino una vecina tres años mayor, que fumaba cigarrillos importados y nunca se fijaría en un niño como él. ¿Cuándo fue la última vez, papá?, parecían decir los ojos del hijo, como un ultimátum.


Recordaba al hijo haciendo castillos de arena, con el cabello mojado y los hombros tostados por el sol, pero no estaba seguro de si era su hijo, o su nieto, o un niño cualquiera que vio alguna vez. No podía recordar, y era extraño, porque la respuesta se le asomaba a la boca y se escondía con un absurdo que Eugenio no entendió hasta hoy.


— Fue hace mucho, papá — afirmó por fin el hijo y ya no hizo falta revolver ese pasado escurridizo — . Yo tampoco lo recuerdo, pero este fin de semana iremos. El aire del mar te hará bien, ya verás — esas fueron sus palabras.


lunes, 26 de enero de 2026

0792: Madame Queen.

 Llegó al puerto de Nueva York en 1912: una chica muy joven de las Antillas francesas, sin familia, sin dinero y con varios idiomas en la cabeza. A veces decía que venía de la Francia continental porque, en la América de 1912, ser “francesa” sonaba a sofisticación. Ser caribeña sonaba a servidumbre.

Limpió casas. Observó cómo se movía el poder por la ciudad, como electricidad en los cables. Ahorró cada centavo.

Para 1923, ya dirigía el mayor negocio de lotería clandestina de números en Harlem: una lotería simple donde la gente apostaba monedas a números de tres cifras. Era ilegal, sí, pero también funcionaba como el único “banco” al que muchas familias negras podían acceder cuando la banca legítima les cerraba la puerta.

Pagaba a los ganadores con justicia. Empleaba a cientos. Llevaba cuentas meticulosas. A finales de los años veinte, se decía que ganaba más de 200.000 dólares al año: millones en dinero de hoy.

Vivía en el 409 de Edgecombe Avenue, en un edificio donde también residieron W.E.B. Du Bois y el futuro juez del Tribunal Supremo Thurgood Marshall. Llevaba pieles. Harlem la llamó Madame Queen.

Luego la policía la arrestó en 1929 con pruebas dudosas. Tras ocho meses en prisión, no salió en silencio. Dio los nombres de los agentes que le exigían 6.000 dólares en sobornos. Su testimonio terminó con la suspensión de trece policías y un teniente.

Ahí empezó a comprar anuncios en los periódicos, no para vender nada, sino para enseñar. Explicó a su comunidad sus derechos legales. Cómo reconocer abusos policiales. Cómo defenderse sin violencia.

Una mujer negra usando la prensa dominada por blancos para desafiar a la autoridad blanca en 1930. “Revolucionario” se queda corto.

Y entonces llegó la amenaza real.

Cuando terminó la Prohibición en 1933, Dutch Schultz —un mafioso temido— miró hacia Harlem y su negocio de números. Su fama venía de lejos: historias de palizas, asesinatos y advertencias dejadas a la vista.

Su mensaje era simple: paga “protección” o muere. La mayoría pagó. Algunos huyeron. Otros acabaron fuera del juego.

Stephanie se negó.

Organizó a los operadores negros que quedaban en Harlem. Impulsó una campaña para apoyar a negocios y líderes negros. Atacó las operaciones de apuestas de Schultz. Y compró más anuncios en los periódicos, esta vez señalándolo por su nombre.

La mafia respondió. Orden de muerte. Hombres suyos secuestrados. Arrestos con cargos inventados. Se cuenta que una vez tuvo que esconderse en un sótano de carbón para escapar de sicarios.

La guerra duró cuatro años. Y, según ella misma, le costó 820 días en la cárcel y tres cuartos de millón de dólares.

Pero nunca pagó. Nunca huyó. Nunca se dobló.

Para 1935, las cuentas estaban claras: no podía derrotar sola a todo un sistema criminal. Tomó una decisión táctica: dar un paso atrás, no rendirse. Dejó el control operativo en manos de su lugarteniente, Bumpy Johnson, y se enfocó en inversiones y bienes raíces.

Y el 23 de octubre de 1935, Dutch Schultz fue acribillado en Newark. La Comisión, el órgano que mandaba en el crimen organizado, había ordenado el golpe: su violencia estaba dañando el negocio.

Mientras Schultz agonizaba en el hospital, llegó un telegrama: “Como siembres, así cosecharás.” Firmado: Madame Queen.

El mensaje salió en los periódicos. Al final, ella tuvo la última palabra.

Schultz murió al día siguiente. Stephanie vivió más de tres décadas después, en el mismo entorno de Harlem al que había llegado sin nada siendo adolescente.

Fue dueña de edificios. Escribió columnas políticas. Defendió el derecho al voto. En 1960, un perfil la describía como una empresaria acomodada que llevaba una vida lujosa.

Murió en diciembre de 1969, a los setenta y dos años.

La historia casi la borró. Recordaron a Bumpy Johnson. Recordaron a Dutch Schultz.

Pero quienes lo vivieron nunca olvidaron a la mujer del abrigo de piel que se negó a correr. La que convirtió su resistencia en registro público. La que demostró que el poder no viene solo del dinero o de las armas.

Cuando alguien intenta silenciarte con miedo, ¿bajas la cabeza… o compras el anuncio en el periódico?


viernes, 23 de enero de 2026

0791: “Necesitaba que me quisieran para poder ganar, y no tener que ganar para que me quisieran”

Pasé toda mi carrera deportiva sola. ¿Dónde estaba escrito que mi familia no podía verme perder? No lo sé, pero lo concreto es que nunca vinieron a verme jugar. Bah, solo una vez, a una final que perdí.


Había algo en nuestra dinámica familiar que me impedía invitarlos. Yo sentía que exponerme a que me vieran perder era un mal trago para todos. Si ellos no venían, yo estaba más cómoda, menos presionada. Mejor jugar mis partidos tranquila: si ganaba, les contaba y ellos se alegraban, y si perdía les ahorraba el mal momento.


Así fue toda mi carrera. Yo les contaba poco, y ellos no preguntaban ni venían. 

Socios del silencio.


Hoy miro hacia atrás y me doy cuenta de que jugué cientos de partidos y aunque gané la mayoría, siempre estuve sola. Compartí mis alegrías con pocas amigas reales y con muchos oportunistas. Si mis padres hubieran venido a verme, habrían visto muchas más victorias que derrotas. Y no puedo evitar preguntarme: ¿tan intolerable hubiera sido que me vieran perder? ¿Lo era para mí?


Nunca tuve paz. Cuando me iba bien, estaba sola. Y cuando me iba mal, sentía que no valía nada. Como si fuera poco, cada triunfo aumentaba la angustia por tener que sostener esos logros. Así se desarrolló mi carrera deportiva y mi vida. En soledad y bajo presión. El hecho de que haya sido exitosa solo potencia el sinsentido.


En el fondo, siempre me sentí obligada a ganar. Quizás por eso me pasé la vida ofreciendo mis resultados a cambio de atención. Mis logros eran cartas de amor que escribía para quien pudiera leerlas. Por eso prefería acumular victorias en soledad con las que eventualmente podía comprar amor, antes que exponerme a compartir derrotas que expusieran mi vulnerabilidad.


Mis padres me dieron mucha libertad aunque escasa presencia, bajo nivel de acompañamiento. Podrían haberme preguntado cómo estaba, si podían ir a verme jugar, o simplemente enseñarme que un resultado no les cambiaba nada lo que sentían por mí, que lo único que querían era acompañarme, caminar juntos. No fue posible, se ve que ellos tenían sus propios fantasmas.


Calculo que no se desesperaban si yo no obtenía resultados, pero tenían temor de hacerme sentir más expuesta, y quizás también de sentirse expuestos ellos. Con su ausencia querían ahorrarme el mal trago y, sin saberlo, lo potenciaban. Todos fuimos un poco analfabetos emocionales.


El objetivo estaba puesto en el resultado, no en el camino. Mucho menos en compartir ese camino.


¿Realmente valía la pena vivir así, buscando logros, cargando constantemente con el miedo a perder y sentir que no valía nada? ¿Acaso no es mejor cuando las personas que queremos están con nosotros, con todas las limitaciones y las frustraciones que impone la realidad? Como le escuché decir una vez a Marcelo Bielsa: “Necesito que me quieran para poder ganar, no que me quieran porque gané”.


Ahora puedo ver que yo no necesitaba que me aplaudieran. Solo me hubiera gustado que estuvieran. Que compartiesen mi alegría si levantaba la copa del primer puesto, y también una pizza en un bar cualquiera si perdía. Que me hicieran saber que verme perder no cambiaba nada. Que me abrazaran igual, o más fuerte.


Hoy, después de un largo recorrido, entiendo que el amor que no soporta verme frágil no es amor. El amor que hay que comprar no es amor.


Quiero que me quieran aun si no logro nada. Quiero poder perder y que no pase nada, que sea solo una derrota. Quiero que puedan verme rota y no salgan corriendo.


Quiero vivir menos sola. Quiero poder sentirme amada incluso cuando no gano. Sobre todo cuando no gano.



Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”.

 

sábado, 17 de enero de 2026

0790: la historia es vulgar; lamentable, pero vulgar

 B entiende que no debe telefonear nunca más a X. Un día llaman a la puerta y aparecen A y Z. Son policías y desean interrogarlo. B inquiere el motivo. A es remiso a dárselo; Z, después de un torpe rodeo, se lo dice. Hace tres días, en el otro extremo de España, alguien ha asesinado a X. Al principio B se derrumba, después comprende que él es uno de los sospechosos y su instinto de supervivencia lo lleva a ponerse en guardia. Los policías preguntan por dos días en concreto. B no recuerda qué ha hecho, a quién ha visto en esos días. Sabe, cómo no lo va a saber, que no se ha movido de Barcelona, que de hecho no se ha movido de su barrio y de su casa, pero no puede probarlo. Los policías se lo llevan. B pasa la noche en la comisaría. En un momento del interrogatorio cree que lo trasladarán a la ciudad de X y la posibilidad, extrañamente, parece seducirlo, pero finalmente eso no sucede. Toman sus huellas dactilares y le piden autorización para hacerle un análisis de sangre. B acepta. A la mañana siguiente lo dejan irse a su casa. Oficialmente, B no ha estado detenido, sólo se ha prestado a colaborar con la policía en el esclarecimiento de un asesinato. Al llegar a su casa B se echa en la cama y se queda dormido de inmediato. Sueña con un desierto, sueña con el rostro de X, poco antes de despertar comprende que ambos son lo mismo. No le cuesta demasiado inferir que él se encuentra perdido en el desierto


Por la noche mete algo de ropa en un bolso y se dirige a la estación en donde toma un tren con destino a la ciudad de X. Durante el viaje, que dura toda la noche, de una punta a otra de España, no puede dormir y se dedica a pensar en todo lo que pudo haber hecho y no hizo, en todo lo que pudo darle a X y no le dio. También piensa: si yo fuera el muerto X no haría este viaje a la inversa. Y piensa: por eso, precisamente, soy yo el que está vivo. Durante el viaje, insomne, contempla a X por primera vez en su real estatura, vuelve a sentir amor por X y se desprecia a sí mismo, casi con desgana, por última vez. Al llegar, muy temprano, va directamente a casa del hermano de X. Éste queda sorprendido y confuso, sin embargo lo invita a pasar, le ofrece un café. El hermano de X está con la cara recién lavada y a medio vestir. No se ha duchado, constata B, sólo se ha lavado la cara y pasado algo de agua por el pelo. B acepta el café, luego le dice que se acaba de enterar del asesinato de X, que la policía lo ha interrogado, que le explique qué ha ocurrido. Ha sido algo muy triste, dice el hermano de X mientras prepara el café en la cocina, pero no veo qué tienes que ver tú con todo esto. La policía cree que puedo ser el asesino, dice B. El hermano de X se ríe. Tú siempre tuviste mala suerte, dice. Es extraño que me diga eso, piensa B, cuando yo soy precisamente el que está vivo. Pero también le agradece que no ponga en duda su inocencia. Luego el hermano de X se va a trabajar y B se queda en su casa. Al cabo de un rato, agotado, cae en un sueño profundo. X, como no podía ser menos, aparece en su sueño.


Al despertar cree saber quién es el asesino. Ha visto su rostro. Esa noche sale con el hermano de X, entran en bares y hablan de cosas banales y por más que procuran emborracharse no lo consiguen. Cuando vuelven a casa, caminando por calles vacías, B le dice que una vez llamó a X y que no habló. Qué putada, dice el hermano de X. Sólo lo hice una vez, dice B, pero entonces comprendí que X solía recibir ese tipo de llamadas. Y creía que era yo. ¿Lo entiendes?, dice B. ¿El asesino es el tipo de las llamadas anónimas?, pregunta el hermano de X. Exacto, dice B. Y X pensaba que era yo. El hermano de X arruga el entrecejo; yo creo, dice, que el asesino es uno de sus ex amantes, mi hermana tenía muchos pretendientes. B prefiere no contestar (el hermano de X, a su parecer, no ha entendido nada) y ambos permanecen en silencio hasta llegar a casa.


En el ascensor B siente deseos de vomitar. Lo dice: voy a vomitar. Aguántate, dice el hermano de X. Luego caminan aprisa por el pasillo, el hermano de X abre la puerta y B entra disparado buscando el cuarto de baño. Pero al llegar allí ya no tiene ganas de vomitar. Está sudando y le duele el estómago, pero no puede vomitar. El inodoro, con la tapa levantada, le parece una boca toda encías riéndose de él. O riéndose de alguien, en todo caso. Después de lavarse la cara se mira en el espejo: su rostro está blanco como una hoja de papel. Lo que resta de noche apenas puede dormir y se lo pasa intentando leer y escuchando los ronquidos del hermano de X. Al día siguiente se despiden y B vuelve a Barcelona. Nunca más visitaré esta ciudad, piensa, porque X ya no está aquí.


Una semana después el hermano de X lo llama por teléfono para decirle que la policía ha cogido al asesino. El tipo molestaba a X, dice el hermano, con llamadas anónimas. B no responde. Un antiguo enamorado, dice el hermano de X. Me alegra saberlo, dice B, gracias por llamarme. Luego el hermano de X cuelga y B se queda solo.


Llamadas telefónicas Roberto Bolaño